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Y continuó su acicalamiento, en una tarea pulida y recalcitrante, suj etando un ricillo, clavando un alfiler, retocando ligeramente la boca y las pestañas, haciendo mohines ante el espejo. La hermanuca pequeña, embobada, asida á una jamba de la puerta, sumíase en la contemplación silenciosa y admirativa de todo aquello. Y la madre, una señora gruesa, bonancible, ingenua y candorosa, iba de un lado á otro, rondando á la señoritinga aquella tan guapa, que lucía un traje tan bonito, y que de fijo sacaría novio la muy picarona. Pero ya estaba rematada la obra del atavío. -iQué tal? ¿Qué tal? ¿Me lo preguntas á mí, coqueta? ¡Preciosísima! La hermanuca pequeña no le quitaba ojo al vestido aquel, tan lujoso, de colores tan gayos, que había visto urdir, parsimoniosamente, á lentas y seguras puntadas. Le parecía estar ante la presencia de un ángel, de un ser maravilloso, inconcebible. Y, por fin, Isabel, no sin tornar á mirarse al espejo, dudosa todavía de sí y de su indumentaria, exclamó resolviéndose: -Bueno, adiós, mamaita Que te acuestes. Ya sabes que las primas me traerán en su coche y me acompañarán hasta la escalera. No pases miedo por mí. Adiós. Y salió de la estancia chiquita y cruzó la casa humilde, haciendo ruido con su traje de seda, profanando la ruin gazmoñería de todo aquello... Cuando llegó á la puerta se detuvo tímida otra vez. Pero los ojos lucientes, arrobados, de su madre, la infundieron ánimos. ¡Vaya, no debía estar demasiado fea! Y se alejó... Pero al cruzar la acera y abrir la portezuela del coche, se ruborizó. Fué una bofetada, un empujón de lujo, algo que deslumhraba y ofendía, un montón de telas, de charoles, de pieles, de joyas, de flores vivificadas, esas maravillosas flores muertas, cadáveres augustos, ungidos y bellos como las momias de las princesas egipcias. Una voz, irónica, voz de querubín, había sonado: -Vas muy bien, Isabel. ¿Quién te ha hecho ese traje? Isabel estuvo á punto de mentir. Luego, retadora, dijo con ese orgullo sangrante de las pobres mujercitas laboriosas: -Yo lo hice. No tengo dinero para que me vista nadie. -Hija, no te ofendas. ¿Ofenderme? ¡Sí es la verdad! Isabel comprendió que durante aquella primera noche de baile iban á reproducirse muchos instantes como éste, iban á sonar muchas frases como ésta. Luego, había rodado el coche y se había detenido por fin ante un palacio suntuoso en cuya puerta se hallaban otros coches y automóviles de porte aristocrático. Antes de penetrar en el zaguán, Isabel tuvo una pregunta inocente: -Oye, Carlota, ¿me recibirán mal? ¿No les pa- recerá extraña mi presencia? Mira, todavía tengo lugar para volverme... Plabía dicho aquello con una humildad tan inocente, que todas las primas, aquellas primas ricas y un poco desdeñosas, rieron. -Eres una chiquilla. Viniendo con nosotras, ¿qué temes? Subieron. Las primas, Carlota, Genoveva, Paz vestidas de azul, de rojo y de verde, muy llamativas, muy guapas, iban delante, ligeras, airosas, mostrando sus zapatucos de charol al trepar aquellos escalones alfombrados de blanco terciopelo. Isabel, zaguera, iba con la tía Gertrudis, aterrada, sin darse cuenta. En el primer rellano se detuvo. -Tía, hice muy mal en querer venir á este baile. Voy á pasar un rato espantoso. Pegúeme ustedj ríase, haga lo que quiera de mí. Pero tengo miedo, mucho miedo. Después, no se dio cuenta de n ada. Recordó los dientes orificados de la tía Gertrudis que se habían mostrado al reír, unos escalones más, un vestíbulo cegador, unos criados estupendos, un salón muy grande... Después unas presentaciones frivolas en las que no escuchó nombres. Y luego, incapaz de seguir á las primas, que revoloteaban locuaces j alegres, junto á la tía Gertrudis, sufriendo... Pasó al principio desapercibida. Y esta fué su ventura. Estaba sentada, con los pies juntos, bajo la silla, y los ojos vagos, atolondrada por aquel estrépito, feliz viendo que nadie reparaba n ella para mofarse. Después comenzaron sus torturas Carlota se había separado de un grupo después d (cuchichear con otras damiselas y con unos garzones muy estirados, y se dirigía en su busca, sonriendo. Comprendió, desolada. Aquella inf aine había decidido reírse un poco á su costa. Tembló Pero cuando la prima se llegó á ella, invitándola, púsose de pie resueltamente y la siguió valerosa. No, no era posible llorar. Era mejor reír. Y se acercó al grupo. Comprendía... Comprendía que aquellos muchachos la despreciaban por cursi, ya que no poi fea. Entendía el fondo perverso de aquellas preguntas. Sorprendía el despiadado secreto de aquellas miradas y de aquellas risitas. Pero, galvanizada, más fuerte que sus nervios, contestó á todo sin inmutarse, rió y hasta dijo alguna vez alguna cosita. Sobre todo, cuando la dirigía la palabra aquel hombre tan guapo, Enrique, un marqués joven y decidor, muy elegante, que le había impresionado. De pronto vibraron notas de vals. Y entonces fuese dispersando el grupo. Los hombres se acercaban y se llevaban á las señoritas para bailar. Enrique sacó á Carlota. Se fueron otras dos madamitas. Se fué Paz. Se fué Genoveva. Quedaron Isabel y una colega desdeñada en mitad del salón, hablando mucho entre sí para espantar el ridículo. Reían, juntas, tenían en quien apoyarse, á quien mirar, justificación á una disimulada indiferencia por la danza. Reían como si en aquel momento