Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
un sol angustioso, en; la asfixiante quietud de aquella mañana, se sentía como desmayado, corno desleído, sin voluntad ni fuerzas; pero con un apetito formidable. CONTINUACIÓN Confortado por la esperanza de que en la caCon algunas dificultades siguieron el camino. sita, que ya se iba agrandando ante su vista, haLa rueda se moMji y oscilaba de derecha á izquierda, protestando bien claramente de aquel llaría satisfacción á su necesidad, hizo un supremo esfuerzo y caminó á buen paso hasta llegar clavo incómodo que la habían colocado, entorpedelante de una ventana que daba á la cocina, de ciendo sus movimientos. la que salía un olorcillo muy agradable. Hicieron alto en un ventorrillo, comieron co- ¿Podréis dar trabajo- -dijo suplicante Nicopiosamente, pues lá; jomada, un pOco penosa, les lás- -á un joven que no tiene, qué llevarse á la había despertado la voracidad dei apetito, y al siboca? guiente día, muy de mañana, se separaron. El Nadie contestó. hombre del cochecillo estaba ya á la vista de su Nicolás, un poco más reciamente, formuló otra pueblo, y Nicolás debía seguir su fortuna camino vez su solicitud y quedó aguardando. adelante. Una voz de mujer, áspera y poca piadosa, le Nicolás se encontró de nuevo ante el ignorado repuso: -r- iLargo, fuera de aquí; no queremos nada con vagabundos- ¡Por caridad! -Márchate antes de- que vengan los hombres de esta casa, porque, si te ven, será peor para ti. Nicolás se alejó triste, vacilante, con los ojos llorosos, y tendió. su cuerpo, rendido, á la sombra de una añosa encina. A poco sintió que de la casa partían grandes voces; la mujer que le rechazó tan cruelmente se lamentaba, quejumbrosa y desesperada, diciendo: ¡Pobre de mí! i Quién vendrá en mi ayuda! ¡Dios mío de mi alma! Otro que no hubiera sido tan bueno como Nicolás, habría pensado: Peor para ti. Tú no quisiste socorrerme, sufre y padece ahora, que yo no debo auxiliarte. Pero Nicolás era noble y geperoso, y de un brinco llegó á la casa. ¿Qué es eso, qué le ocurre, buena mujer? ¡Que se ha roto la espita- del toneí y el vino ¿orre, amenazando inundar la habitación! Y con la mano apretada fuertemente contra el onel, intentaba en vano contener la salida del liando, exclamando angustiosamente: ¡Jesús, Jesús, qué desgracia! Nicolás tuvo una idea salvadora; abrió su saquito, y tomando una buena parte de la estopa, se apresuró mañosamente á taptjnar el agujero del tonel, remediando la apurada situación de aquella mañana. ÍLI mismo sofocante calor, la interminamujer. ble cinta de la polvorienta carretera, de nuevo la E n aquel momento llegaron los hombres de sus fatigosa jornada. faenas der campo y preguntaron qué hacía en la Ninguno de los carruajes que sintió rodar á su casa aquel muchachillo. lado tuvo que detener su marcha. Todas las rueEntonces la mujer les contó la oportuna interdas giraban con íarmeza- bien encajadas én los vención de Nicolás, y cómo, gracias, á él, se había ejes. Y, además, ¿poseía nuestro pequeño héroe salvado el vino. más clavo que aquél? Hubiera sido inútil su deseo. Los hombres se mostraron muy agradecidos y Cerca del mediodía, sus ojos anhelantes descule dijeron á Nicolás: brieron una modesta casa á la derecha del cami- -Siéntate y come en nuestra compañía. Justo no, y vio con alborozo que de la chimenea cames que compartas con nosotros la pitanzai pesina salía en grandes vellones un humo blanco y Y Nicolás comió muy á gusto, reparando sus simpático, denunciador de íina pitanza abundanfuerzas, y aquélla noche durmió de un tirón, que te y sabrosa. bien lo había menester. Nicolás, después de seis horas de caminar bajo Continuará, LA FORTUNA DE NICOLÁS