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Í T! M mmi EYi EKsmñ PAGINAS FEMENINAS M CRÓNICA DE PARÍS MIÉRCOLES 3 I DE ENERO A falta de una orientación precisa y decisiva, la moda evoluciona sin rumbo fijo, recogiendo impresiones del primer Imperio, del año 30 ó de las fantasías modernistas. La incoherencia, la impersonalidad de nuestras modas, demuestran que han sido creadas por un ser en absoluto extraño á las necesidades de la vida actual. Si las señoras quisieran comprender que lo que calificamos con una indulgencia ilógica como caprichos de la moda, son sencillamente demostraciones de la carencia total del sentido artístico, renunciarían á lo grotesco y extravagante de las exageraciones que las cautivan, optando por todo aquello que diese una idea justa de las mil pequeneces que forman la belleza estética. Entonces sería posible utilizar para la confección de modelos bonitos, sin contradicciones de buen gusto, la riqueza fabulosa de la industria moderna. La nota culminante de la semana son les petites robes para pasear á pie. Se parecen á los delantales de los chicos, y después de doblados ocupan menos sitio que un sombrero. Es preciso llevarlos sin abrigo encima, únicamente admiten una echarpe de piel; por lo tanto, tendremos que esperar á que el tiempo mejore para poderlos usar en París. Ninguna de las elegantes que van á pasar dos semanas en un castillo del Mediodía de Francia, debe prescindir de estos graciosos vestidos; pero es indispensable, según afirman los modistos, llevar la colección completa. Uno de terciopelo, por lo mucho que favorece; otro de paño claro, para los días hermosos; el de seda obscura, por ser menos negligé; el de taffetas claro, para la hora del te, y uno de tul bordado, para... variar. Los adornos, independientes del vestido, se prestan á modificar notablemente su aspecto. Pueden ser grandes cuellos de guipure, de tul, cor una guirnaldita de rosas rococó, ó de batista bor dada, y cinturón con lazo y caídas de seda deshilachada en los extremos; de terciopelo con borlas, ó de la misma tela, bordada de soutache por ambos lados, de modo que no tenga revés. En una palabra: se prestan á que cada una dé rienda suelta á su buen gusto. Las guarniciones de grebe, cuyo plumaje blanco y brillante es de una suavidad deliciosa, han reemplazado en varias toilettes á las de piel, por su cachet inédito y encantador. En la vida de campo no se puede prescindir de los trajes de noche: por el contrario, desde que la costumbre inglesa ha adquirido carta de naturaleza entre nosotros, se han hecho indispensables. La hora de comer es la más solemne y la predilecta para las muchachas, porque es el momento á propósito para causar sensación, al presen- tarse radiante de belleza, con el cuello desnudo y la cabeza libre del sombrero encajado hasta las cejas, que durante todo el día ha escondido, como el avaro esconde su tesoro, un pelo ideal, ondulado, con reflejos de oro ó de azabache. Las echarpes de armiño, ó, al menos, de tul, orladas de piel, son muy necesarias en previsión de los cambios de temperatura, demasiado frecuentes en esas mansiones señoriales, donde el confort moderno no existe en toda su extensión. Las chimeneas antiguas, monumentales, capaces de contener medio carro de leña, son muy bonitas, pero calientan poco, y aunque en los climas dulces no se imponga la necesidad de los caloríferos, el descenso de temperatura se hace muy sensible y, por lo tanto, es indispensable tener algo á mano con que cubrirse el escote en caso necesario. CONDESA D A R M O N V I L L E DISFRACES HISTÓRICOS A caba de llegar á mis oídos una noticia en ex tremo satisfactoria para la gente joven. Se anuncian dos bailes de trajes. ¿Puede darse felicidad mayor? Pero puesto que la buena nueva ha circulado con tanta anticipación, parece lógico, y hasta de justicia, que las muchachas correspondan á la amabilidad de las señoras en cuyas casas piensan divertirse tanto, contribuyendo al esplendor de la fiesta con el primor de sus disfraces. Los trajes de. capricho suelen ser, con honrosas excepciones, verdaderos mamarrachos, y, por lo general, los que se los ponen no carecen de ingenio ni de ilustración; pero se dejan dominar por esa picara indiferencia que les dice al oído: Para una sola noche no vale la pena de visitar Museos ni de consultar grabados. ¡Qué error tan imperdonable! Por un momento de pereza no les importa, durante toda una noche ¡cuatro ó cinco horas! estar haciendo sufrir á las personas que veneran el arte y respetan la historia. En París, en el hotel Meurice, ha tenido lugar un baile de trajes organizado por la alta sociedad parisiense, cuyo objeto ha sido reconstituir por completo, sin omitir detalle, las modas del primer imperio. La idea era preciosa y el resultado brillante. Las fotografías que reproducimos dan una impresión bastante aproximada de lo que ha debido ser la fiesta. Mlle. Dorigny y M. Frank Elmí estaban primorosamente vestidos. Mlle. Guerra y M. Fouquier parecían dos figuras auténticas de la corte de Napoleón, y otros muchos, que no es posible nombrar, representaban personajes históricos de la misma época. ¿Por qué no hacer en Madrid algo parecido?