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aquella mujer una mala hembra. Dios me perdone, señora, de las que dominan á los hombres. En cuanto vio que su marido y sus hijos estaban dispuestos á abandonar el trabajo, comenzó á decirles, á gritos, que la tarde estaba buena y que no querían salir á la mar porque eran unos holgazanes que sólo ansiaban un pretexto para irse á emborrachar á la taberna... En fin, gritó tanto, insultó tanto á su marido y á sus hijos, que éstos, por no oírla más, desvararon la barca, echaron al aire las velas y á escape abandonaron este puertecillo, remando, desesperadamente, para perderse, de vista. La mujer aquella aún quedó en la orilla increpando á los holgazanes. Todos los hombres, por no aparecer como cobardes, se hicieron á la mar. Una pobre madre que, como yo hoy, rogaba á su hijo que no saliera porque el corazón le anunciaba que iba á suceder alguna desgracia, viendo que éste no hacia caso de sus amantes ruegos, debido á las brutales imprecaciones de aquella mujer sin entrañas, la dijo, en un grito que le salió del alma: ¡Permita Dios que si mi hijo muere esta t ard e, mueras tú en seguida, y que tu alma, eternamente en pena, no pueda alejarse del sitio donde causas el mal, para que tengas siempre presente tu crimen! Aquella pobre madre se alejó llorando, sin volver hacia atrás la vista. Calló un momento mi interlocutora, y su mirada, ya por la edad apagada, se alzó hacia el ciclo, que permanecía claro y sin nubes. ¿Y la sombra que llora? -le hube de preguntar. Entonces siguió la narración. ¡Señora de mí alma! Todavía no se hubo hecho obscuro, -cuando la tormenta, escondida seguramente también buen número de víctimas. Desde entonces, y como si quisiera en algo remediar el mal que hizo, cada vez que algún nuevo temporal se avecina, se aparece su sombra dando lamentos y llorando. -Pero... ¿esa sombra que llora, cómo es? ¿De qué manera aparece? ¿Se la ha visto hoy? -Si, señora, hoy mismo. Es como una nube, muy densa y muy negra. A veces, esta nube descíend e tanto, que toca la tierra. Otras veces, en cambio, se remonta hasta el cielo. Poco después de aparecer, sin que nunca se sepa por dónde, se empiezan á oir sus lamentos, sus sollozos... Nos separamos. Ya, sin la compañía de la vieja, eché á andar. No sé por qué, ni aún hoy acierto á explicarme de ello la causa, aquel sencillo relato mei intimidó tanto. Lo cierto es que en mi imaginación quedaron perfectamente grabadas todas sus palabras, todas sus frases, la historia entera. Y en el soliloquio que cerebralmente mantuve, me hacía esta pregunta ¿Será verdad lo d e la aparición de la sombra que llora? No. Respondíame con gran acento de convicción. Y para dar mayor robustez á este vocablo negativo, pensaba, ya con las ideas sin disciplina, que ni los muertos resucitan ni los vivos se asemejan á sombras. En esto llegué á mi casa, que se encontraba como colgada de la cresta del monte más alto y en sitio desde el que, perfectamente, se vislumbraba el mar en toda su amplitud. Instantes antes de entrar en ella ya hirió mis ojos un relámpago. Todavía no había traspuesto el dintel de la puerta, cuando comenzaron á caer unas gotas grandes, grandes, que diríase eran lanzadas con violencia. En la terraza, desde la, que se dominaba el cíelo y H ifjamtr tras aquel alto monte, se presentó violenta. ¡Virgen del Carmen! i Qué noche! Nunca de ella me olvidaré, ronto estuvo Todo el pueblo en la costa, aguantando el viento y la lluvia, que, furiosa, azotaba los rostros. Desde allí, llorando unos, gritando otros, y desesperándose los más, contemplaban la tormenta. Era lo único que podían hacer. El socorrer á los que en el mar estaban era imposible, tan imposible como el que ellos se salvaran; unos no tenían elementos de socorro; los otros no los poseían de defensa... Este mar, señora, es terrible. Así es que ni uno sólo de los que en aquella maldita tarde salieron, volvió á su hogar... La mujer que con sus palabras tuvo la culpa de todo, desapareció. Cuando ya nadie acordábase del daño que con sus palabras hiciera, un dia apareció su sombra dando gemidos, que se percibían claramente, por estas orillas. Su aparición fué precursora de una terrible tempestad, que causó el mar, hasta aquella linca cu que ambos confundíanse, vi cómo se desencadenaba la tormenta, que fué una de las que más asolaron la comarca por aquellos tiempos, y de las que más desgracias causaron entre los pescadores. Me recluí tras los cristales de uno de los miradores. Mientras los ojos entreteníanse con la maravilla que la Naturaleza me ofrecía, la imaginación, sin yo quererlo, fué á rememorar las palabras de la vieja. En esto hallábame, cuando, de una nube más negra y más densa que las demás, oí salían, primero muy tenues, y luego más perceptibles, lairientos y sollozos y que poco á poco esta nube iba tomando el contorno de la sombra de una mujer. Intimidada, y no creyendo aún que fuera realidad, me llevé la mano á los ojos y aun cuando con ella los restregué seguí viendo á la sombra que llora, que, instantes después, pasó rozando los cristales, tras los que me encontraba... ANGEIES V I C E N T E