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LA LEYENDA DE LA SOMBRA QUE LLORA. VA en la orilla, descubrí una escena que me intc resó en extremo. Una mujer, ác avanzada qdad y de pohrc aspecto, suplicaba á un hombre joven, ue, por la coiiicideacia de aigimas líneas faciales, parecía su hijo, que aquella tárele no saliera á pescar. El hombre joven le respondía que le descubriese la causa de su oposición á que él ganase el jornal del día. Entonces la vieja, al oir esta respuesta, se anegó en llanto. Y, con frases entrecortadas por los sollozos, le echaba en cara su desobediencia. Hubo un momento en el ue el joven, con un arranque brusco, se desprendió de los brazos que cariñosos le oprimían y se fué hacia su barca. Aquella ínujer, que parecía su madre, le siguió llorosa, con los brazos extendidos, en ademán de súplica, diciéridole ¡Esta tar (ic he visto á la sombra qiie lloi: El hombre aquel, entonces, rápido, se detuvo. En su rostro, antes tranquilo, observé que hátiale causado emoción el acento con que fué pronufipiada esta frase. ¿Qué misterio encerraba esta frase? Mi cu- riosidad me llevó á descubrirlo. Y, acercándome lentamente, interrogué á la mujer. ¿Es su hijo? ¿Qué le sucede? -i Señora! j Señora de mi alma! ¿Usted no sabe? ¡Es que se quiere suicidar! ¡Pasar esta tarde la barra es llamar á la muerte! i La tarde! ¿Qué tendría aquella tarde? Escudriñé el horizonte. Nada en él hacía prever cercana una tormenta. Era el trozo de cielo que abarcaba mi vista, de un azul claro. Y después de alzar la mirada, y luego de hacerla descender al mar, que permanecía sin la más leve onda, asemejándose á una vasta planicie, dije al joven: -Haga caso de lo que le dice su madre. ¡Que haga caso! ¡Que haga caso! -repuso el muchacho- o ve usted, señora, cómo está la tard. e? Ni una nube la empaña. Y como soy pobre y no tengo para vivir más que lo que gano, me hace falta el jornal que, vendiendo lo que pesco, pueda sacar. Logré convencerle después de indemnizarle de lo que dejara de gan; r. f. l pescador se alejó, con paso tardo, sin dejar de mirar al mar y al cielo, alternativamente. Ya á solas con la vieja, que, emocionada, me daba las gracias por lo que en su favor había hecho, le pregunté la causa de su oposición á que sú hijo saliera aquella tarde, tan diáfana y tranquila. Entonces la vieja exclamó: -i Verá la señora cómo antes de dos horas se ha desencadenado una gran tormenta! -rPero si nada da indicios de ella- -le argüí, Sí; hay indicios y bien seguros. Hoy ha aparecido la sotnbra que llora, ¿Qué sombra que Hora es esa? ¿Es acaso alguna leyenda del país? é es leyenda, señora. No es una leyenda. ¡Qué ha de ser! Fué, sí, un suceso muy triste que conmovió á ía cojnarca entera. Verá usted, y secándose el rostro, dijo: erá usted, señora, El dolor me hace que recuerde bien cuanto sucedió. Era ima tarde como la del día de hoy, serena, apacible, sin una nube en el cielo y sin el más leve rizaniiento en el agua. Los pescadores se preparaban á salir á su diaria faena. Uno de los que primeramente se hicieron al mar, volvió á poco. Había visto, en la lejanía del horizonte, un relámpago que era precursor de que se avecinaba la tan temida tempestad. Los demás compañeros, aún en tierra, al verle volver, le interrogaron, pues ellos, por limitar el cielo aquel alto monte, nada habían visto. Y de sus labios oyeron que aquella tarde, cuando el sol cayera, habría una violenta tormenta. No le creyeron. Pero quedaron todos atentos á ver si el relámpago, que no había visto más que uno, se hacía frecuente. La tarde, como ya le dije á la señora, se asemejaba á la de hoy... El hombre que se volvió á puerto, por temor al temporal, comenzó, acompañado de sus dos hijos, ya mozos, á recoger las velas y á empujar, la lancha hacia la arena. Algunos otros le imitaron... En esto, señora, por aquel camino de la derecha, que bordea el mar y pasa cerca de la ermita del Garmen, que desde aquí se descubre, apareció la mujer del hombre prudente, que, por leer en el cielo mejor que otros, no se quiso exponer ni exponer á sus hijos á una segura catástrofe. Era