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Pedro Cruz agarró su fusil y tercióselo á la espalda; por entro dos derruidas almenas cabalgV sobre el adarve... tanteó... hincó un pie en el primer saliente... posó el otro en un hueco del muro, asióse con fuerza á las ramas embutidas en la muralla... Y, poco á poco, asegurándose, fué descendiendo silencioso, callado, hasta que sus pies tocaron la dura nieve, asentada sobre tierra firme... Bien conocía él aquello... ¡Ahora, andando! Hacia el Tesorillo, camino de la Llosa... Corría, volaba... Afortunadamente, la nieve estaba helada, compacta; él la sentía crujir sin aplastarse bajo sus ferrados zapatones... Adelante siempre... Ya estaba en la cerca; ya lo habían venteado los perros, que lo anunciaban ladrando... ¡Lobo tenemos! -diríanse los vecinos- Y Pedro Cruz, se reía del lobo, pues el lobo era él... ¡Adelante con los faroles! ¡Llegó! Llegó á la casa amada; á su casa; al dulce hogar paterno... j Mire usted que llorar por eso un hombre! ¡Ea! ¡Afuera lágrimas! No se trata de llorar, sino de reír... Tanteando, dio con la ventana de la cocina... Por sus rendijas se filtraba un hilo de luz... Abrió cautelosamente las maderas, y á través de la reja, halló los verdosos vidrios emplomados, cubiertos de escarcha... Ardía el lar: aquella gran mancha rojiza; ardía el candil: aquel puntito brillante... Oyó rumor de voces, de dulcísimas voces conocidas... ruido de platos... Cenaban. Los viejos celebraban la Nochebuena... Pedro Cruz sintió que de nuevo asomaba el llanto á sus ojos... Entre ellos y el resplandor del hogar se interpuso una sombra... ¡Qué bien la veía! Era el viejo: su padre, puesto en pie, con un jarrico en la mano, y la mano en alto, como ofreciéndolo á un ser invisible... El viejo iba á beber un trago a l a salud del hijo amado, de él: i de Pedro Cruz! Imposible resistir por más tiempo... La sombra acercó la jarra á sus labios, y el mozo, golpeando los vidrios, exclamó conmovido: ¡Padre! ¡Madre! ¡Soy yo! Avanzó la sombra, inundando todo el ventanal; crujió una falleba y las ventanas se abrieron. Apareció el anciano. ¡Soy yo, padre! -repitió el soldado al verlo. ¿Tú? -contestó el viejo retrocediendo espantado- ¿Tú, á estas horas, de uniforme y con armas? ¿Tú mi hijo, á cuya salud iba yo á beber ahora? Tú eres un miserable... Tú erea un cobarde... ¡Tú eres un desertor! ¡Huye, huye! Mañana sabré que te han pegado cuatro tiros... Que te han fusilado por la espalda, como á los traidores... Mañana mi corazón se llenará de sangre y mis canas de deshonra... ¡Vete! Y el anciano, tambaleándose de dolor, estrelló la jarra contra el suelo; y, mientras cerraba enérgico las vidrieras, Pedro Cruz pudo apenas ver como un relámpago, los espantados rostros de su madre, de sus hermanitos, que, horrizados, sobrecogidos, lo miraban... lo miraban... Pedro Cruz huyó despavorido, con el alma traspasada de angustia y con el corazón encogido por el miedo. Sí; su padre tenía razón; aquello era desertar... aquello era gravísimo... ¿Cómo no lo había él pensado? Su locura es de las que X pagan con la vida, en muerte afrentosa, infamante... ¡Cobarde él, que se las tenía tiesas con los lobos! ¡Desertor él, que había jurado morir defendiendo la bandera de la Patria! Y Pedro Cruz voló. Sus saltos eran vuelos. Emprendió una carrera desenfrenada, enloquecido, frenético... Y dejó atrás el Tesordlo, y salió del bosque, cuyas ramas se agarraban á sus ropas, impidiéndole huir; y cruzó el campo resbalando sobre la nieve, que cedía á su paso, para no dejarle avanzar; y llegó al pie de la fortaleza; hincando sus uñas eh las grietas, que se cerraban ante las garras del cobarde, fué avanzando y fué subiendo... y llegó á lo alto y se encaramó sobre el muro, y saltó á la barbacana, y desfallecido, moribundo, llegó al torreón desierto... Aún pudo oír los pasos del pelotón, que se acercaba á relevarlo... Cerró los ojos; el fusil escapósele de las manos... y rodó sobre la nieve... Cuando volvió en sí hallóse rodeado de soldados que lo manoseaban y de oficiales que lo atendían, junto á una hoguera, y con el físico al lado. Recordó y estremecióse de pies á cabeza... ¿Habría sido un sueño todo aquellof Con los ojos dilatados por el terror, balbuciente, ahilado, sólo pudo pronunciar estas palabras ¡No me he movido! ¡No me he movido! ¿Verdad que no me he movido? Y antes de desmayarse de placer, oyó que el médico le contestaba: ¡Por eso ibas á entregar el pellejo, torpe! ¡Por no naberte movido... te has helado! Aún falta lo mejor. Falta aquello que, al saberlo después de conocer el sueño, la alucinación, del muchacho, cuajó la sangre en nuestras venas y puso de punta nuestros cabellos al vernos suspendidos sobre el abismo de todo un mundo desconocido, si no ignorado. Pueden ustedes dudarlo; pueden ustedes no creerlo... pfero habrán de negar ustedes igualmente cualquier fenómeno telepático que se les ofrezca: desde la casualidad- ¡qué absurda palabra! -que hace que e r ruin de Roma asome al ser nombrado, hasta la corazonada que nos avisa, que nos previene, que nos informa empezando, si ustedes quieren, por; el sencillo y ya vulgarísimo caso de adivinación, de- transmisión de pensamiento que nos ofrece el niño, que, como en libro abierto, lee el del prestímano que lo acom- paña... Al día siguiente, el padre de Pedro Cruz, sabedor de la presencia de su hijo, pero no del accidente, acudió al castillo y nos pidió permiso para abrazar al soldado. Cuando el viejo vio al: mozo, encamado aún, precipitóse sobre él sollozando; y todos, todos, poseídos de la mayor estupefacción, le oímos exclamar, entre espantado y gozoso: ¡Qué horrible, hijo; qué horrible visión la de anoche! Te vi, te vi, como te estoy viendo ahora... Ibas de uniforme... coh armas... ¡Habías desertado! Iba á beber á tu salud... te vi en la venfana de la cocina... ¡y eí jarro se me escapó de las manos! Y después, volviéndose á nosotros, añadió con acento de convicción suprema: ¡Ya sabía yo que algo le ocurría á mi hijo! VICENTE DIEZ DE TEJADA. Dibujos de Méndez Brinca.