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su pueblo, donde tos suyos, desconocedores de la proximidad del bisoño, coniplelaiiiente t noranlCB de la llegada de las tropas, se reunirían en torno al fuego sagrado del hogar para celebrar la Nochebuena, pensando en é l en el soldado ausente en d mozo arrancado al terruño, y á la familia y á los amores, por la dureza de una ley inflexible. ¡Cuati ajenos estarían los pobres viejecitos de que su hijo vigilaba allí, á dos pasos de ellos, paseando t la intemperie en aíjitelb helada noche en la que el frío mete al lobo en su cueva devolviéndoles desde su all. i atalaya los recuerdos, y los besos y las canciaí; que ellos, al a b n g o de la nieve, le enviaban desde la libia cocina en la que humeaban los ti? os, hervía a cena se templalja el vino y crepitaban, escandalosas, las castañas! V la íioche er oc p e r r o s lo i p e se dice de i Tan fácil como seria dar nna sorpresa á los yiejosL. Descend. T. gateando, imr los carcomidos sillares, asiéndose á los recios troncos de la yedra, salvar el foso, CL iado, cubierto ile nieve, cruzar los campos, atravesar el bosque, llegar a. 1 pueblo y asomarse ñ su casa... Darles un abrazo, uno sólo, apretado, largo, mudo, y tornar á desandar lo andado, satisfecho, alegre; trepar muro arriba, encaramarse al ¡idarve, sallarlo, meterse en el torreón de nuevo... y esperar gozoso la llegada del pelotón, vomitado por la sombras; arrojar sobre el la pesada carga del santo y seña y retirarse á dí nnir en el bland regazo de la paja seca, al tibio lieso de la hogurra, cuyos resplandores iluminaban los ciclos plomizos, foscos. ¿Y por que n o? ¿Por que no hacer lo dicho, tal como íii había neniado? Todo ello eí a cuestión üe Uu ue unu ULI. JLUA ininu -r i 4- f ir r. j iítjt- perros, El frío penetraba hasta los tuétanos mismísimos, pinchando las carnes con las finas agujas de la helada; el aliento se congelaba sobre el bozo, los pies se entumecían, las rodillas se insensibilizaban, agarrotábanse los dedos, el pecho dolía oprimido, y. ante los ojos, que horadaban las tinieblas, pasaban moscas de Inz, nublos de sangre, entre el zumbar monótono de los oídos, ni en ti dores de un torrente desatado allá abajo, al pie de la fortaleza. P e d r o Cruz se acogió á la garita, al inseguro torreón que parecía replegarse sobre sí mismo, ofreciendo á los álgidos soplos del Norte sus espaldas de piedra recubiertas de musgo... Desfallecido, reclinóse contra el muro, y el fusil se le escapó de las manos, tos bien aprovechados, El terreno, conocíalo ¿1 palmo á palmo; por el atajo del Tesoríllo, siguiendo la Llosa Cana, se plantaba en su casa cu cuatro saltos... Enemigos Dios los diera. ¿Dónde estaba el enemigo aquel, invisible, á quien con tanto celo perseguían ellt s en una época de calma y de paz? Cosas de los generales; acaso del R e y jquién sabe, sí de ¡a Francia ó de ¡a IH ijalQtcrra! Lobos sí que podía haberlos y toi arse con ellos en el camino, i Bah! Con su buen fusil, su valor bien demostrado en parecidas contiendas y su destreza para librarse de sus acometidas, ¿qué le importaba á él el lobo? En cambio, vería á los viejos... Bebería con ellos un vaso de vino tibio... Sabría de su Petra, tan guapelona, tan cariñosa. ¿L o haría? ¿Se arriesgaba?