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s- i -Pues no te pases fatigas que las hay escabechadas. ¿A mi escabechadas? Q u i t a La mujer le fué sacando otras en forma distinta, pero como á su marido ninguna le convenía, le dijo: ¿Cómo las quieres? y él, fingiendo una gran ira contestó: ¡Con... M grande! V dijo una porquería. Y su mujer, muy humilde, le contestó atenta y fina alzando la servilleta -Pues aquí las tienes, míralas. CH. ¿Qué habías de Kalíár, compadre, si ni en la cosa más mínima la puedes coger en falta? -Vaya si la cogería. ¿Tú quieres hacer la prueba? -Si que quiero, di en seguida de qué medio he de valerme. Vete a la pescadería, compra sardinas y llévalas á tu casa, y no le digas á tu mujer como quieres que las guise. Te las guillas antes de que te pregunte, y así luego en la comida, cuando te presente el plato, puedes fingir que te irritas porque no te las ha puesto con el guiso. que querías, y así la cogcí en falta alguna vez en tu vida. Quedó asombrado el tío Roque del talento que tenía su compadre, y convencido de que con aquella intriga logi- aría su capricho se marchó más que deprisa. Compró el pescado, y temiendo que su mujer, por lo lista, le estropease el proyecto, se lo entregó á- una vecina diciéndola: -Seña Tecla, lleve usted á la María, estas sardinas y adviértala que las ponga en la comida. Cuando recibió el recado la mujer, dijo en seguida: ¿No ha dicho cómo las quiere? -No ha dicho esta boca es mía. Y la mujer en la duda se fué luego á la cocina y cada par se lo puso en una forma distinta. Al acabar de arreglarlas puso la mesa bien limpia y dejó todo dispuesto por si el marido venía; pero unos momentos antes de llegar, una gallina subió á la mesa de un vuelo y allí soltó... una inmundicia La mujer toda apurada porque ya tiempo no había para evitar á su esposo tan poco grata noticia, puso deprisa y corriendo una servilleta encima. Llegó el tío Roque, sentáronse á la mesa y en seguida dijo el tío Roque: -No quiero sopa: vengan las sardinas. Rediez, ¿las has puesto asadas? no me hacen gracia maldita. -Hijo, no hay nada perdido- -le contestó la María. ¿Que no te gustan asadas? Pues aquí las tienes fritas. ¿Fritas? Fritas me revientan. C C M O SE H A C E UNA M U Ñ E C A 1 a ihamá y la niña están en el comedor. La niña, que se llama Joaquinita, y que es una nena tan preciosa como tú, lectorcita encantadora, da evidentes señales de aburrimiento. Hazme una muñequita, mamá- -dice la chiquilla de repente. Y la madre, que es muy complaciente, se dispone á hacerla. Para ello pespuntea sobre una cartulina blanca (figura I) el dibujo de media niña, dobla la cartulina por la mitad y recorta el dibujo. La muñeca está hecha. Luego, facilísimamente, le pinta una carita y unas botas. Joaquinita palmotea alegremente. Pero después, muy seria, exclama: -Mamá, la muñeca no tiene, camisa. Házsela. Y entonces lá madre, cuyo afán de m imar á la