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L o s primeros en entrar son unos magníficos personajes. Visten de azul; colgado á la bandolera un laúd lleva cada uno. CUPIDO. ¿Quién sois vosotros? L o s TROVADORES. -Nosotros somos los trovad o r e s los que de palacio en palacio cantarnos trovas los que cantamos siempre, aunque llore el cor a z ó n los que sólo amor buscamos y no lo hallamos jamás, y á ti, Dios nuestro, venimos á implor a r nos des princesas que sepan comprender nuestros cantos. C U P I D O -Y el corazón, ¿le dejáis? L o s TROVADORES. -Nosotros, á fuerza de amar y no saciarnos nunca, somos ya todo corazón, y queremos vivir, queremos ser libres, poder ir á donde nadie vaya. CUPIDO. -Luego queréis... Los TROVADORES. -Esas dos cosas. Poder ent r a r hasta en esta misma Gloria, todo paz y todo luz, y tener una, una dama por lo menos que pueda entender las ansias de nuestro corazón. C U P I D O -L o primero os lo concedo. Lo segundo... esperad ahí hasta el final de esta audiencia que también os podré espléndidamente complacer. Cupido, muy sonriente, á los angelitos más cercanos les dice al o í d o -Veis, tontines, si ya sabía yo que esto del corazón no podía faltar ni aún en nuestro mundo de juguete. U n grupo de hombrecillos gordinflones y barrigudos sucede al de los trovadores. -Nosotros, padre- -una estruendosa carcajada de Cupido interrumpe el discurso de aquellos seres- venimos á quejarnos de que nos hayáis puesto corazón. E n t r e nosotros hay varias especialidades unos somos prestamistas, otros comerciantes, otros especuladores. P a r a nuestros negocios resulta un enemigo el corazón; él nos hace perdonar deudas á veces cobrables, él nos obliga á vender al fiado á quien nunca paga. El corazón es enemigo nuestro y le dejamos. Y una infinidad de corazones negruzcos y deformes fueron cayendo en las bandejas. Cupido se entristece. Se ve casi vencido, y él mismo da la voz de ¡adelante! esperando triunfar esta vez. Correctamente formados entran hasta una docena de apuestos y engalanados muñequillos. Llevan trajes que brillan y relucen, colores rojos, azules, amarillos, gran penacho de pluma sobre casco de plata y larga espada al cinto. CUPIDO. ¿Vosotros también sois trovadores del a m o r? L o s GUERREROS. -Nosotros somos los que guerreamos en tu mundo. C U P I D O ¿P e r o también jugáis á las g u e r r a s? Los GUERREROS. -A veces jugamos, pero á veces, también, suelen los juegos terminar en veras, y queremos dejar el corazón porque cuando terminan en serio, su extremada sensibilidad llega hasta poner en peligro muchas veces nuestra vida. C U P I D O -E s t á bien. Podéis marcharos. ¿Quién viene ahora? U N ÁNGEL DESDE EL VENTANAL. -No se que se- ces había reinado, ahofá Sé há cóíitértido en el más descomunal escándalo y vocerío. L a pafiencia de los ángeles ha podido ir calmando aquel desbordamiento de locura. L A S MUJERES. -De entre nosotras hay muchas que queremos desprendernos del corazón, pero no te decimos que todas, porque algunas, desde que oyeron tu llamamiento, han cambiado ya mil veces de opinión. CUPIDO. (Rahiosillo, se destroza los puños á mordiscos) -Pero, ¿qué molestia os causa? L A S MUJERES. -En realidad, ninguna, pero es que teniendo corazón ocurre muchas veces que como él es bastante locuelo, suele enamorarse de lo menos conveniente para luego pasar una vida de paz y felicidad. CUPIDO. ¿Pero vosotras conocéis la felicidad y la paz sin el amor? L A S MUJERES. -Nosotras lo que queremos es dejar el corazón; no queremos enamorarnos. CUPIDO. (Para sí, musita) ¡I ero sabéis lo que es enamorarse! (y luego, en alta vos) Pues bien, podéis ir dejando vuestros corazones en aquellas bandejas. Y las mujeres, una tras otra, formando un cordón sin fin, iban pasando frente á las bandejas, que sostenían unos rubios angelitos, y sobre ellas dejaban sus corazones, y todos al caer sonaban como la voz brillante de una campana de oro llorando por difuntos. L a s mujeres seguían pasando. Cupido deseando que alguna se contuviera para en seguida llamar á los trovadores. Pero sus deseos no se lograban... Seguían pasando... Ya quedaban pocas. Pero, nada, todas, hasta la última pasó frente á los angeles y dejó caer su corazón. CUPIDO. (Saca de su aljaba unos viejos papeles; los mira con atención; se le ve ir llenándose de un gozo infinito, y poniéndose de pies sobre el trono. ¡M u j e r e s! ¡E s p e r a d! ¿Habéis venido todas? L A S MUJERES. -Creemos que sí. C U P I D O -N o es posible, falta una, pero me alegro, i P a r a ella también será este trozo de Gloria 1 Vosotras marchaos. (Dirigiéndose á los trovadores. Queridos míos, trovadores del amor, m a r chad á vuestro mundo, que en él habréis de encontrar la mujer que deseáis. Ella entenderá vuestras trovas, ella tiene corazón y ella sabe amar. L o s TROVADORES. -Pero dinos donde está; dinos si es rubia, si es m o r e n a si su risa es canción; si sus ojos son claros como la luz de este tu reino. C U P I D O -N o me preguntéis nada, porque nada sé. L o que de ella sé ya os lo dije. Id í n su busca que ella os a g u a r d a sus oídos anhelosos esperan vuestras trovas, y sus labios esperan vuestros besos... ¡Felicidad! Y los trovadores, sonando bonitamiente sus laúdes, fueron saliendo de la Gloria, mientras cantaban á esa dulce presentida de que les habló Cupido, á esa desconocida dama que sus cantos había de entender Dicen que ha pasado mucho t i e m p o que los trovadores aún siguen errantes buscando á su presentida, y es fama, que en la hora de ahorp aún no ha parecido. Mas no importa, ellos no desistirán de buscarla, que para eso tienen corazón y que para eso aprendieron que la felicidad y el amor se encuentran al mismo tiempo. ARTURO P É R E Z R O C A Dibujos d e Mdndez Bringa. rán. A juzgar por la algazara y alboroto que traen, gente de poca paz. C U P I D O Ah, sí! serán ellas. (Se dirige á los trovadores) Ahora os iré indicando qué mujeres p o d á n ser las inspiradoras de vuestros cantos. L a paz de gloria, la majestad aue hasta enton-