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EL JUGUETE DE LA GIGÁNTONA I J ace muchos años, había en Alsacia un casti lio llamado el castillo de Niedeik, mafisióñ de gigantes de amable carácter, siempre dispuestos y prontos á prestar su ayuda á. los hombres, cuando éstos 1 a pedían. El castillo ocupaba una gran exténsióii y estaba érüplazado en mitad de un bosque frondosísimo, lejos, muy lejos de la ciudad. Un buen día, la señorita gigantona, paseando, se alejó del bosque y al saHr de la floresta mos- Wv sa de tu alegría la traes oculta bajo tu delantal. -Padre mío- -repuso la giga; ntona- es que he encontrado un juguete precioso, uri juguete que anda, ün juguete viviente y dicho esto, la señorita sacó de su delantal el arado, las muías y el hombrecillo, que colocó sobre una mesa. Al verlo el padre gigante, movió la; cabeza indicando su contrariedad y dijo á su hija ¡Qué es lo qué has hecho criatura! Has arrancado de su campo, has interrumpido el trabajo de este bueno y honrado labrador y ci- ees haber traído un juguete. Escucha, hija raía. El labrador es el más útil de los hombres, porque con su tenaz esfuerzo, obliga á la tierra á rendir sus frutos, sin los cuales ni los demás hombres, líi ios animales, ni mucho menos nosotros los gigantes, podríamos vivir ni sustentarnos. ¿No siabes de dónde procede el pan que comes todos los días? El labrador, siembra y ara la tierra y gracias á él la primera materia, que es ef trigo, pasa luego á los molitíos y á los hornos, donde con otras materias se transforma en el pan que á la mesa te sirven. Así, que coge 1o que tú llamas el juguete viviente y déjalo donde lo encontraste, para que el labrador siga trabajando la tierra en provecho nuestro. La señorita gigantona, aunque no, halló; muy claras las Tazones, de su padre, y hubiera retenido en su poder el juguete, como hija obediente y respetuosa, se. apresuró á cumplir- el niaridato paternal. Cuando la señorita gigantona, á su regrieso, quiso contemplar. por última vez lá llanura cultivada desde los linderos del bosque vio cómo el labrador volvía nuevamente á disponer su yunta y el arado y á labrar amorosamente la tierra. ANDERSEN tróse sorprendida al contemplar una vasta llanura celosamente cultivada. Pero aún su asombro fué mayor, al observar cómo un aldeano labraba la tierra con una lucida yunta de muías. -i He aquí un juguete magnífico exclamó la señorita gigantona- Aguardarme- -dijo á su aya- que voy á cogerlo para llevarlo á casa. Y batiendo alegremente sus enormes manos se- dirigió presurosa hacia la tierra cultivada, y arrodillándose, guardó dentro de su delantal los bueyes, el arado y el labrador regresando contentísima al castillo. El padre gigante sentía gran curiosidad por conocer la causa de la alegría de su hija, que en vano pretendía disimular ¡porque bien claramente lo denotaban sus ojos. -Vamos á ver ¿qué te ha ocurrido en tu paseo de esta tarde? -preguntó el viejo á su. hija- Estás resplandeciente de, júbilo y adivino que la cau- FLORES DEL ALMA ¿Adonde vas, pobre niña, por la campiña nevada? El cierzo tu rostro azota y tus pies hiere la escarcha. ¿No ves toda la campiña silenciosa yscÜtaoria, qíie hasta los. fuertes- pastores se acogen á las cabanas? ¿Adonde vas con tu; pena que en tu rostro la delatan tus, labios coa sus- suspiros- y tus 0) jos con sus lagrimas? -Y 01 como todos los días, desde qtie mi idóliatrada madre murió, ávllevar flores á, Ia tiunbaen que descansa. 2 3.4 5 6 7 8