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VEJECES QUE PASAN. LA BOTICA Y o asisto al desquiciamiento de las farmacias con una gran pena. ¿No habéis observado lo que ocurre? i No habéis reparado en esta gran desgracia que se cierne sobre las boticas y que las va destruyendo una tras otra? La botica se va transformando inicuamente. Penetrad en una. Y si después de haber escrutado su traza no sentís una gran melancolía dentro de vuestro corazón, es que no tenéis pizca de sentimentales, de artistas, de hombres amantes de lo clásico. Fué siempre la botica un lugar alegre y algarero. En el escaparate había un globo de cristal verde ó rojo, iluminado por una luz que atraía en la penumbra de la calle. Había en la muestra una serpiente muy retorcida. Al penetrar os asombraban los bustos en yeso de Galeno y de Hipócrates. Después, ya dentro de la botica, podíais contemplar unos largos anaqueles con tárrós idénticos. Estos enigmáticos, herméticos, misteriosos tarros, ostentaban en sus panzas unos rótulos puestos en latín y en abreviatura, tarros augustos que os hablaban de ciencias ocultas, incomprensibles. Había un fuerte y secular olor á potingues, á ungüentos, que os acogía como un efluvio de salud. Al respirarlo, teníais la sensación materna y piaáosa de poderos curar en seguida. Allá, en un rincón, estaba el boticario, un señor más bien viejecito que mozo, con un gorro y unas gafas, machacando substancias inverosímiles en el mortero. Y allí, finalmente, se vendían aquellas medicinas francas y honestas, la ipecacuana, el cerato, el aceite de ricino, amables y familiares medicinas que tantas veces nos administró, siendo niños, nuestra madre. Hoy, la botica cambió por completo. Vista por fuera semeja el vestíbulo de un casino elegante. Los escaparates tienen una sobriedad extranjera y postiza. Empujáis la puerta y suenan en el dintel unos endemoniados flecos metálicos que os infunden miedo. Ya dentro, las paredes están desnudas. Del techo, enredados en unos cordones de seda, penden grabados artísticos. Sobre una estantería, muy moderna y muy grácil, está la cabeza degollada del Dante ó el busto de una mujer esculpida por Donatello. El mostrador está limpio, bruñido, absurdo. Hay una máquina contadora. No huele á nada. No se ven tarros, ni sierpes, ni esculturas médicas, ni el menor símbolo farmacéutico. Generalmente, cuando llegáis, la botica está silenciosa y abandonada. Luego, un caballero muy elegante, joven, con traza de petimetre, llega rápido, interrumpiendo la panda quietud de una cortina lisa y glacial, y os saluda fríamente, alargando sus dedos ensortijados para coger la receta. Y, además, ya no se venden aquellas medicinas honestas, de nombre patriarcal, cuyo abolengo ha sido muerto y olvidado. Ahora se venden mixturas diabólicas que terminan en ito. y que á veces llevan apodos franceses, ingleses, alemanes, cosas que no son de nuestro viejo y amado solar. Yo asisto con una tristeza de lenta hecatombe á este aniquilamiento de la farmacia. La veo irse desvaneciendo poco á poco. Ya no hay tertulias en las reboticas, ni el boticario usa gorrito y gafas, ni se tiene por la belladona una credulidad sencilla y bonancible. Yo veo en esta desaparición de la rancia botica española algo muy del alma y del corazón, que huye, que fenece. Y, además, si al cabo hemos de morir, yo prefiero morirme con el grato recuerdo de una botica jocunda y algarera, donde había un globo d e vidrio, unos tarros misteriosos, un olor espeso á nigromancia, y un viejecito simpático y alegre que jugaba grandes partidas de tresillo y machacaba en el mortero, cantando alguna remota canción sentimental. Luis ANTÓN D E L OLMET,