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¿P o r puntillo, acaso? i- or grí ritud... ¿l or gi atitud? -Sí; por gratitud- Mucho les debo... La paz de mi alma, 1 amor de los míos... ¡Acaso la vida! -Primo: eso es misterioso é interesante... -Pues todo ello proviene del discurso que, dirigiéndo: e á mí, pronunciaron cierta vez unas ostras, no tan mudas como suponía el primo íAguirre... -i Me harás reír! ¡El discurso de una ostra! ji Sería cosa graciosísima! -1 an divertida, que hizo correr por mi espalda el calofrío del terror; que hizo que mis cabellos se erizasen de espanto al asomarme al abismo en que estuve á punto de caer... Sima horrenda, insondable, devoradora... ¿Te acuerdas de Lina Cardona? ¡Desventurada! -Sí: desventurada... Hay calificaciones piadosa. clementes que no dejan de ser justas; y ésta, tratándose de quien se trata, es una de ellas. ¡Desventurada! No todos la califican así. -Recuerda que nada pudo probarse... -Acaso con ello se. prueba todo un mundo de horrores, escondido, amparado bajo el manto protector de esa falta de pruebas... Con ellas á la vista, patentes, acusadoras, se demuestra, si no la ii responsabilidad, el arrebato, el impulso ciego, el rapto de locura súbito, inesperado, irresistible... La ausencia de ellas, si no demuestra nada, no sólo no evita que un nombre quede empañado, que una honra quede manchada, que una buena fama quede en entredicho... sino que, á la vez, entre las sombras del misterio, indica, señala, demuestra... una exquisita perversidad, una fría preparación, una premeditación fija, cuidada, previsora, sabia... una habilidad hija del estudio, que ata cabos, que cierra puertas, que tapona salidas, que ciega resquicios... que prepara triunfadora esa falta de pruebas, que prueba, además, todo esto... ¡Por Dios, primo! Según eso, tú crees... -No, Laura; yo no creo nada. Yo no quiero creer nada... Pienso, razono, reflexiono, medito, deduzco... y me convenzo, ó, por lo menos, me persuado... ¡Sería horrible! -Ya conoces el dicho agudo de aquél á quien acusaban de la comisión de un horrendo delito: Hay dos testigos que han presenciado cómo usted consumaba el crimen... Yo presentaré doscientos, señor Juez, que no me han visto cometerlo. En esos doscientos testigos de descargo, está precisamente, la mayor prueba, el más formidable cargo contra el previsor inocente... ¿Recuerdas tú, Laurita, lo que hiciste el día 7 de Agosto de 1900... ¡Jesús, qué pregunta! ¿Quién se acuerda? ¿Lo ves? i ú careces de los doscientos testigos de lo que no has hecho aquel día... No llamarás á Fulano para que jure que te vio en misa; ni á Zutano para que asegure que estuviste en el Espolón; ni á Mengano para que atestigüe que te acompañó al teatro... -Me molesta que hables así; me duele... Hay ev tiis palabras tal acento de agresión, de acometividad, de... de odio, acaso... Me espanta que tú pienses también de ese modo... -De este modo, que es nuestro modo de petlsar, Laura; por el cual retiramos la mano, cerramos las puertas, negamos el saludo. á un inocente; á la inocente Lina Cardona... ¿Cuánto tiempo, cuántos años ha, que no la has visto? -Yo... ¿Qué he de decirte yo? Bien sabes que fué Manuel quien se opuso, quien me obligó á romper toda relación con ella... -Manolo murió... -Queda su memoria... -Todas tus amigas dicen lo mismo: Fué mi marido, no fui yo quien cortó por lo sano... Y lo sano, créeme; lo sano sois vosotras... -Y esto... ¿te lo han dicho las ostras también? -Sí; aunque te rías intentando echarlo á broma, las ostras me lo dijeron... Lina me tenía loco, bien lo sabes; me sorbió el seso con su belleza, y me atormentaba cruelmente con su coquetería y con sus exigencias ridiculas y mortificantes... gozaba viéndome padecer, haciéndome sufrir... Cierto día, próxima ya nuestra boda, paseando por la playa, antojósele comer ostras... Venía con nosotros Lili, la pequeña Lili, tan buena, tan mona, sepultada hoy voluntariamente en las Comendadoras, á pesar de creer en la inocencia de su hermana... Sentámonos en la terraza del hotel y nos sirvieron las ostras, recien arrancadas de su lecho de roca, olorosas, frescas, suaves, exquisitas... No llegó á media docena las consumidas por Lina. Las hallaba sosas, ásperas... pero siguió pidiendo más, y más, ordenando al mozo que las desbullase en nuestra presencia... Y tomando el molusco entre sus dedos de nieve, rociábalo violentamente con limón, exprimiendo sobre él los luquetes fragantes, gozando extasiada ante la brusca y dolorosa contracción del pobre ser, tan estúpido, que ni fingir sabía, ocultando su tormento... Y después de punzarlo con el tenedorcillo de plata, después de pincharlo, de herirlo hasta dejarlo convertido en una pulpa informe, tomaba otro, y otro, repitiendo con él la cruel operación; y tras éste otro más, demostrando su placer, el placer que en el dolor ajeno experimentaba, con el brillo de sus ojos fieros, con el aleteo de su nariz sensual, con la sonrisa de su entreabierta boca de húmedos corales... ¡Eso que haces, Lina- -le dije yo sin poder contenerme, -no está bien hecho! Y ella, ingenuamente, practicando el mal, acaso sin darle importancia, contestóme enfadada, rabicsilla: -No está bien, no... No sé hacerlo... ¡Se mueren en seguida! ¡Cuánto daría por ver la cara que ponen! Y entonces fué cuando me hablaron las ostras, las pobres ostras desbulladas, yacentes sobre la nítida servilleta que recubría la bandeja de plata. Entonces fué cuando de sus bocas, abiertas de par en par, oí brotar estas dolientes palabras: Ya lo ves, Hombre: Se ensaya en nosotras... Prepárate á saborear las corrosivas mordeduras del limón; prevente para gozar de las punzantes caricias del tenedor; disponte á gustar los fríos besos del cuchillo... Si yo no hubiese hecho caso á las ostras, si yo no hubiera roto con Lina... á estas horas, prima Laura, aquél pobre muerto, tan misteriosamente, tan naturalmente- ¡no hay pruebas en contrario! ¡acaso fuera yo! VICENTE DIEZ DE TEJADA. Dibujos de Méndez Bringa. -3 4 5 6 7 8-