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bardes toreros! Si el general me concediera la gracia que le pido me comprometo á torear con los grillos que tengo puestos. Buena parte de los espectadores se puso de parte del preso, j pidió que el general accediese a lo que éste solicitaba. Un oficial interrogó al que tan temeraria promesa hacía y fué contestado ratificándose en ella y añadiendo que, condenado á muerte como es. taí) a, le importaba poco morir unas horas a n t e s ó después. Accedió el general con la condición de que le pusieran otros grillos distintos y que no tuviera más defens, a que una espada. Cuando el preso se presentó en la plaza, sujetos los pies con los grillos y encerrado en la pista, absolutamente solo con el toro, se produjo en los espectadores honda emoción, y el primer momento fué verdaderamente terrible. Gpn impetuosa bravura acometió al indefenso hombre y éste libró la cabeza coií un quiebro de cintura, dado con sobrada serenidad. El toro se revolvió rápidamente, acometió de nuevo y otra vez fué burlado por aguel valiente. Varias veces más repitió lo mismo, entre la admiración y el sobresalto de la mayor parte del público, y en una de las acometidas de la fiera se armó de espada y esperó á la res clavándola todo el acero, con tal acierto, que, después de dar una carrera se desplomó el fiero bruto al pie del palco aue ocupaba el general. El regocijo de la abigarrada multitud no tuvo límites; muchos individuos se arrojaron á la plaza y llevaron en hombros ante el palco al héroe de tan extraña aventura. Las damas arrojaron flores y joyas; los hombres los sombreros y algunas bolsas de -oro, y todos se confundían en un grito que era la petición de gracia para aquel condenado. El general le dijo: -Te concedo la vida y la libertad. -Un momento, mi general, no es esa la merced g ue os pido. -Ptaes, ¿que quieres? -ría libertad y la vida de mis compañeros también. Si no me la concedéis guiero morir con ellos. Al principio se negó Morilla; pero el clamoreo general y la intervención de las damas lograron ablandar el corazón de aquel tirano, y á los pocos momentos los sentenciados á muerte paseaban por la ciudad de Bogotá completamente Kbre mismo tiempo favorece á sus intereses. Es muy extraño encontrar un torero como eran la generalidad de los de hace treinta años, asiduos concurrentes á colmados y cafés can- nocido nunca el valor del dinero, y además tenían la desgracia de rodearse de chupópteros que ensalzaban ciertos rasgos estúpidos que pueden adniitirse una vez, pero que encontraron entusiastas trovadores M nm ir fi. d. m, LOS TOREROS ÉN EL CAMPO VJace ya muchos años que los dies tros a andonaron la vida de jar c i a y juerga por otrz que es mucho más piíovechosa para su salud y a! Cantes aue derrocfiában en invierno el dinero ganado en veranó, y no era menor el derroche que hacían de energías vitales, conducta que tenía explicación si se tiene en cuenta que hombres completamente intuitos y que, generalmente, procedían de la espuma del arroyo, se veían due. vos de grandes cantidades sin ha. ber- a- aun cuando se adoptasen como sistema. Aquel género de vida produjo el dicho popular: La ramera y el torero á la vejez los esnérd ciará significación de que, al faltar las facultades para trabajar, no tenían los diestros para comer. Hoy han aprendid otro géneiro