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LA L I M O S N A ocasión un H ubo en ciertapor la cruel sultán llamadodeAliatar, temido perversidad sus instintos. Todos temblaban en su presencia, sabiendo que la menor infracción de las leyes rigurosas de etiqueta, minuciosamente observada en la corte, podía costarles muy cara. No pasaba día sin que discurriera nuevas maneras de atormentar á sus semejantes; por pequeñas faltas, los esclavos eran arrojados. vivos á un estanque, donde voraces truchas los engullían; los empalamieníos y decapitaciones, dados en castigo de leves delitos, eran frecuentísimos; cuando iba de caza, su mayor diversión consistía en azuzar los perros contra los viandantes que en el ca- mino encontraba; otras veces, cuando estaba alegre, manifestaba su contento clavando alfileres en las carnes de sus infelices servidores; mas con quien su saña no tenía límites era con los débiles y delsvalidos, odiados á muerte por. Aliatar, con furor nunca visto, como si los pobres merecieran otra cosa que compasión. En una ocasión en que se levantó del lecho malhumorado ordenó qUé en todos sus vastos dominios no diera nadie limosna á ningún pobre, advirtiendo que á los contraventores del inhumano mandato les serían cortadas las manos. Los pobres, desde entonces, morían desfallecidos en las calles, pues nadie les socorría, temerosos de las iras de Alistar, el cual, bárbaramente. se deleitaba contemplando las postreras convulsiones de los mendigos. Sucedió que un ermitaño que vivía alejado de la ciudad donde el sultán moraba, extrañado al ver que, contra la cuotidiana costumbre, no recibía el alimento llevado por los devotos puntualmente, impulsado por el hambre tuvo que ir á la población, siendo rechazado de todas las casas sin recibir limosna; pero una viuda, llamada Jarifa, partió con él el único pan que poseía, lavándole los pies humildemente. Aliatar, enterado de la caritativa acción de Jarifa, irritado, mandó que la prendiesen, y él mismo, con su propio alfanje, cortó las manos á la desdichada, y después, sin consentir que médico alguno la cúrase, la hizo expulsar de la ciudad, prohibiendo en absoluto que sacase consigo agua ni alimentos. Jarifa, -puesta su confianza en Dios, caminó por el desierto, llevando sobre los hombros á su hijita Fátima, y así anduvo durante dos días; al tercero, agotadas las fuerzas, abatida por la sed y el cansancio, aesfalleció y á duras penas pudo llegar casi arrastrándose á un oasis, en el que había un pozo lleno de agua y unas palmeras que pres- taban la suavidad de sU sombra y la sabrosa dulzura de susidátiles. Fátima, impaciente por beber inclinóse más de lo conveniente sobre el brocal, de manera que, perdiendo el equilibrio, cayó al fondo, ahogándose. Jarifa rompió en amargo llanto, lamentando el triste fin de su hijita, y cuando ya, desesperada, se iba á sepultar en el pozo para morir abrazada al cadáver de Fátima, apareció por ensalmo un viejo venerable, cubierto de radiantes vestiduras, aureolada: lá cabeza con lüniihoso nimbo, el cual, rezando una oración, íiizo aparecer en la supefficie á Fátima, completamente sana, al tiempo que á Jarifa crecíanle milagrosamente las manos. Besóle ésta los pies, y, al preguntarle quién era, contestó: ¡Soy e l p a n que partiste con el ermitaño! Y colmándolas de riquezas, desapareció. En cuanto al sultán Ahatar, pagó con creces sus fechorías; según cuentan, fué atacado súbitamente por una espantosa enfermedad, de la cual pereció entre terribles sufrimientos. La limosna sembrada en Ja tierra, obtiene sus frutos centuplicados en el cielo. FEDERICO R U I Z M O R C U E N D E EL ULTIMO PAVO Como es el doctor Fernández médico muy distinguido, y tiene muchos clientes y numerosos amigos, al llegar las Navidades se llena, su domicilio, de regalos y le falta- 123 466 7