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LOS BRUTOS fj n los tiempos actuales, en que casi todos los espíri tus se tienen por decadentes y el vigor físico va de capa caída en las personas, todavía nos es dable, de cuando en cuando, la satisfacción de encontrar algunos individuos vigorosos y fuertes, provocativos y audaces, bruscos y desconsiderados, refractarios á todo refinamiento social, que califican la educación de convencionalismo, y que son brutos, en- ífin, con una brutalidad sincera, que, por lo poco frecuente, merece toda nuestra consideración. Es muy probable que andando el tiempo, todo el mundo acabe por tener modales distinguidos, espíritu, sensible y bondadoso, carácter sufrido á fuerza de ser amable, hasta el punto de que podemos temer que los hombres brutos estén llamados, á desaparecer, como los elefantes, en un plazo de unos doscientos años. Debemos disfrutar por tanto en la contemplación de los últimos brutos que nos quedan, que afortunadamente no son en nuestra tierra tan escasos como algunos pesimistas supcnen. La acometividad primitiva y la rudeza ingenua de nuestros brutos, limpias de toda mezcla de trato social y de sutilezas de don de gentes, debería ser un motivo de orgullo para los que adornan su carácter con tan raras cualidades. Sin embargo, vemos con frecuencia que hay muchos brutos que fingen no serlo, y hasta un número infinito de brutos que ignoran de buena fe su condición de tales. Hay otros, sin embargo, que conocen su mérito y se muestran tan vanidosos de él, que va siendo más difícil ser presentado y hacer amistad co; un bruto de esos, que ser admitido en los salones de la alta sociedad. El que tiene un amigo que dobla una peseta con los dientes; que rompe el cuello de una botella, apretándolo con los dedos; que se come veinticuatro merengues, sin beber agua; que para un simón con una mano; que pega á un guardia de Orden público y que presume de haber tenido cincuenta juicios de faltas, se muestra quizá más orgulloso que el individuo que sale retratado en un periódico con una mano sobre un hombro de Bombita. Por eso es corriente que para ser amigo de un bruto y tener derecho á presenciar sus hazañas, sea preciso disponer de cierta fortuna, porgue el bruto no ejerce su ministerio si no se le agasaja previamente, paseándole en automóvil, pagando Ib que. se beba y abonando en el Juzgado de guardia lap multas consecuentes á sus hechos de armas. A cambio del sacrificio pecuniario que esto representa, el que disfruta la amistad de un bruto sabe que puede impunemente reírse del 8o por loo de las personas que integran el respetable público; y si se trata del arnigo íntimo, del inseparable del hombre bruto, su felicidad no tiene límites cuando al relatar éste á un tercero su última barbaridad, concluye su relación poiiiendo por testigo á su amigo del alma, el cual, casi siempre de carácter tímido, se envanece hasta el punto de adjudicarse una parte de gloria. -Ayer- -dice, p o r ejemplo, el bruto- -estábamoi bailando en la Bombi, con la Amparo y la Consuelo, cuando llegaron sus novios, tratando de llevárselas. ÍNÍO quiero decirte la que se armó. Enarbolé este bastoncíto (cógelo á peso) y. que te diga éste. Este, ó sea el eterno testigo de las hazañas, suelta una carcajada al acordarse de la sangre que echaban por las narices los pobres contrincantes del bruto, y exclama enfáticamente: -Los puso tibios. En estos meses de invierno, cuando ya huele á baile de máscaras, es cuando más se solicita la amistad del bruto, porque cuando se le tiene en un palco, en calidad de poder ejecutivo, cualquier mocosílío puede permitirse el lujo de hacer objeto de sus burlas á las parejas que bailan, y á lo mejor no falta un muchacho de ingenio que grita en el momento álgido de una polka: ¡A ver, ese, el de la bimba! Y ante este rasgo de agudeza, no sólo el bruto, sino todos los amigos del palco prorrumpen en carcajadas, en unas carcajadas definitivas; -categóricas, inolvidables; unas carcajadas de esas que se recuerdan diez años después, cuando se echa de menos con tristeza la gracia y el buen humor de entonces Yo envío desde aquí á todos los brutos el testimonio de mi consideraciórij porque me inspiran la simpatía de todo lo que está llamado á desaparecer. RAMIRO MERINO. Dibu. io de P. Sánehaz