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pero, ¿y mañana? ¡Mañana habrá que pedir fiado... si lo dan! -Nada de pedir fiado, Manuela- -replicó vivamente don Bernardo. ¿Y entonces... -No sé, pero ten fe en la Providencia; ella proveerá. -Y si no, proveeré yo, cortándole la cabeza á la única gallina que nos queda. -i No harás tal! Harto he hecho con dejarte entrar á saco en el corra! hasta que lo has dejado limpio de animales; pero á la gallina negra no la toques. ¿Qué harían los pollitos sin la madre? mal que hacemos en cabeza ajena- -redunda en nuestro mal por carambola dijo un gran poeta... que tú no conoces, Manuela. Nos comeríamos la gallina y perderíamos los pollitos. -Pero, ¿qué va á comer el señor mañana? ¿Espera usted cobrar alguna iguala? -No espero cobrar ninguna, que todas las he tanteado... y están verdes; pero tengo fe en la Providencia. ¿Cuántas cosas no hace ella? -Bien podía hacer que se supiera quién fué el que se llevó los dineros de su padre de usted, que bien buenos los ganaba en su comercio de granos. -Si los hubiera tenido, ¿quién se los iba á llevar? -Pues, mire usted que... ¡vamos! apostaba yr áque... -Vaya, vaya; déjate de malos pensamientos y acostémonos. Rezongando se entró Manuela por la alcoba para prepararle la cama á don Bernardo, que se acostaba al anochecer para levantarse con el alba, y rezongando fuese para la cocina, llevándose el servicio del chocolate. II Apenas había despuntado el día cuando Manuela echó pie á tierra. Lavó su cara, peinó su pelo y dirigióse, como siempre, á abrir la puerta de la corraliza para que el aire puro entrara en la casa. La gallina picoteaba ya por el suelo, en medio del clamoroso piar de sus pollitos. Detúvose unos instantes Manuela en la puerta, y ya iba á entrarse en la casa, cuando llamó su atención un objeto que brillaba en el suelo, á poca distancia do la encina, único árbol que sombreaba la corraliza al salir el so! Fuese hacia él y, recogiéndolo, quedóse la mujer medio muerta de asombro. ¡Válgame San Juan- -dijo al cabo de un buen rato- si esto no es una onza! Y sin más palabras ni más averiguaciones, metióse en la casa como ciclón que todo lo arrolla, y llegó hasta la habitación de don Bernardo á tiempo que éste salía. ¿Qué te sucede? -dijo éste, al verla tan descompuesta. -Mire, señor, mire bien y dígame si esto no es una onza de oro del más puro. -Onza es, y de Carlos III- -replicó el doctor, tomándola en sus manos. -Pues en la corraliza la encontré ahora mismo. ¿En la corraliza dices? -i En la corraliza! Miraba Manuela á don Bernardo; éste miraba á la onza y después á Manuela, y así estuvieron largo rato. ¿Tú piensas que pueden llover onzas de oro, Manuela? -Llover onzas, ¿eh? ¿Puedes tú creer que el vecino, el señor Juan, nos la haya tirado por encima de las tapias del corral? -i Antes se tira él de cabeza á un pozo! -Pues entonces, ¿quién pudo colocar esta onza en el corral? -Sola no ha venido- -replicó Manuela. -Sola, no, tienes razón; la trajo la Providencia. -i Pero si la Providencia no anda, señor! -Anda más de lo que á ti te parece. Vamos al corral y veremos de qué medio se ha valido para dejar allí esta moneda. Don Bernardo dirigióse hacia la corraliza seguido de Manuela, que ya iba algo inquieta con aquello de que la Providencia llevara onzas á los corrales. Llegado que hubieron don Bernardo y Manuela, nada lotó aquél de extraordinario en aquel recinto. Miró, escudriñó... y nada pudo observar, Al ver Manuela que su amo nada decía, habló ella. ¿Qué le parece, señor? ¿Hay huellas de que haya pasado por aquí esa señora? Don Bernardo lanzó de pronto una exclamación. La gallina negra, en uno de los rincones de la corraliza, escarbaba agazapada en un hoyo, echándose la tierra encima para quitarse el piojillo. ¡Mira! -dijo don Bernardo, señalando la gallina. ¿La gallina que escarba? ¡Pues vaya una novedad! Apuesto á que piensa usted que esa gallina es la Providencia... Manuela no pudo seguir hablando. La gallina, que escarbaba con verdadera furia en la tierra, acababa de lanzar, despedida por sus patas, una nueva onza, que rodo largo trecho por el corral. Abalanzóse á ella Manuela, gritando: ¡Los dineros, los dineros de su padre, que, como murió de repente, á nadie pudo decir que estaban aquí enterrados! -Y que la Providencia viene á decirnos donde están, en estos momentos angustiosos, por medio de una gallina. Necesitaba de alguien que escarbara en Ci c rincón y se ha valido del único ser que po: ia hacerlo. ¿Y si no hubiera tenido pollitos? -Ella se los dio para librarla de tu cuchillo. Más de trescientas onzas racó de allí Manuela, (jue escarbaba con más furia que la gallina. ¡Cómo llenó la despensa de comestibles! ¡La soga no podía con el peso de los embutidos! Y era de ver los trasudores que le entraban á la pobre Manuela cada vez que pensaba que las onzas hubieran podido seguir enterradas por su culpa hasta sabe Dios cuándo... GUILLERMO DL Z- CANEJA.