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íp r LA GALLINA NEGRA D uscA bien, Manuela; busca bien por la despensa, que no creo que Dios la haya dejado tan vacía qu no haya quedado algo con qrté remediarnos por esta noche. -No es menester que busque, señor- -respondió la aludida- que bien me sé de memoria lo que hay en ella. Botellas vacías hay en el primer vasar, si empezamos á contar por arriba; cartuchos que contenían judías, lentejas, garbanzos y sopas, en el segundo; una zafra de aceite oue se sale por la boca, no por que esté llena, sino porque para sacarle el poco que tiene menester es darle la vuelta, y bien se pueden rezar dos padrenuestros y un avemaria antes que caiga la primer gota. Olor hay á chorizos y longanizas, pero ese olor no es de los que ahora cuelgan de la soga que por dos veces va de una pared á otra, sino d e los que en otros tiempos colgaron. ¿No se te olvida nada, Manuela? -Sí, por cierto; cuatro onzas de chocolate de la última libra que me vendió el pillastre de Graciano. -Mujer... ¡no hables así! -i Que no hable así! Pues... ¿cómo quiere el señor que lo haga de ese ladronzuelo? ¡Decir que ya saldó la deuda! -Cierto que. según mi cuenta- -replicó don Bernardo, que así se llamaba el anciano interlocutor de Manuela- algo debía restar tí e la que Graciano tenía conmigo por las visitas que le hice durante su última enfermedad. ¡Y por la mía! Pero dígaselo á él, y le contestará que aún pasa en tres pesetas el valor de los géneros que nos ha dado. -Así será cuando él lo dice... -Pues no lo es; no lo es aunque lo diga él... y con él, todos los santos del cielo; que al céntimo he llevado yo la cuenta y por ella sale bien claro que aún le debe al señor más de cinco pesetas y media, y que ciegue ó me muera si no es verdad lo que digo. ¿Y qué hemos de hacerle, si él lo niega? ¿Qué hemos de hacerle? Diérame Dios unos pantalones en vez de esras faldas- -y Manuela sacudía las suyas- y J a se vería... Pero, ¡es claro! ¿Qué pun él temer cíel ancianito médico del pueblo? ¿Qué pué temer, si sabe que en vez de ir á pedirle lo que debe, es usted capaz de darle las cuatro onzas de chocolate si viene á decirle que le hacen falta? ¿Qué pué temer un demonio de un santo? -Vamos, Manuela, prepara el chocolate y dejemos lo demás á Dios... que El tiene su providencia. -Pues mire, que no sé á qué aguarda para mandarla por acá, porque ya estamos en las últimas. Y diciendo esto, Manuela se salió de la corraliza en que estaba hablando con su amo, que, sentado á la sombra de una añosa encina, descansaba de su visita á los enfermos. Una hermosa gallina negra iba de un lado á otro de la corraliza, seguida de una bandada de pollitos que sin cesar piaban por el calor de la madre. Contemplábalos don Bernardo con aire distraído. Pensaba en que su padre había tenido fama de rico en el pueblo, y que no obstante esa fama, cuando murió, toda la herencia que recogió fué la casa en que vivía y unas tierrecillas, que vendió, porque no habiendo de labrarlas él, que ya era médico, sólo disgustos había d e recoger si las arrendaba. Su padre, que ya era viudo hacía algunos años, murió de repente, y, si algunos intereses había en la casa, nadie supo lo que había sido de ellos. En todo esto, y algunas cosas más, pensaba el venerable médico titular de Najerillas, cuando Manuela, mujer regordeta y baja, entrada ya en años y de no muy buen genio, vino á sacarle de sus meditaciones, anunciándole que ya tenía el chocolate dispuesto. Levantóse don Bernardo ó e su asiento y, después de mirar por última vez á la gallina y sus pollitos, que ya se retiraban á la anchurosa cuadra que les servia de gallinero, fuese tras Manuela al comedor de la casa. -Tome, señor- -decía Manuela, cortando rodajas de un panecillo y subdividiéndolas á su vez en largos y estrechos pedazos- tome, y tenga cuenta con las indigestiones. -Otros cenarán menos, Manuela. -i Y otros más! -Nada nos ha faltado hasta ahora, Manuela- -replicó con tono bondadoso el doctor. -Nada nos ha faltado hasta hoy, porque el señor se ha gastado la miseria que le dieron por las tierras j