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S o cuando hicieron el recuento de los desaparecidos! ¡1 en qué lamentable estado se hallaban los fugitivos! ¡Cuántos cojos, cuántos- mancoS; cuántos ciegos y tullidos! iDa por entre unas peñas, arrastrando el pobrecillo, un conejo, cuyas patas destrozó el plomo enemigo. ¿Qué va á ser de mí- -decía- de tal manera impedido, SI apenas ando una vara de terreno, ya me rindo? Así lloraba sus penas, cuando notó de improviso que un gato montes muy g r a n venía por su camino Estoy perdido- -decía- este tunante me ha visto, y sabiendo que no corro, se acerca muy despacito. En efecto, el gato andaba muy despacio, y llegó al sitio en que se hallaba el conejo y entonces se paró y dijo: i Ay de mí! ¿No hay quien ampare á este gato cieguecito, que hace dos horas que vaga por este monte perdido? El conejo, recordando que el gato era su enemigo, no le contestó, temiendo un ataque repentino; pero tanto gimió el gato, y él era tan compasivo, que le dijo: Pobre ciego, si no estuviera impedido, me ofrecería gustoso á servir de lazarillo; ñero estoy aquí tumbado con las- atas hechas cisco, y. por lo tanto, m. e encuentro inútil para el oficio. ¿Quien eres? -preguntó el gato- Pues un pobre conejillo; no le hagas daño á un inválido. No temas, porque has tenido piedad de mí, y yo la tengo también de tí. Ven conmigo. Súbete sobre mis lomos y démonos mutuo auxilio; mis piernas serán tus piernas; j t u s ojos serán los míos! U n compañero de colegio le hace creer que durmiendo con las botas puestas, crecerá medio m e t r o y tendrá bigote y barba en pocos días. -Entonces- -responde- voy á hacer la prueba en seguida. ¿E n qué consiste- -dijo u n a t a r d e Nicolasín á su tío- -que los niños n o s cansamos más pronto que vosotros los que sois grandes? -E s m u y sencillo- -repuso el t í o- cuando nosotros llegamos á casa n o s destornillamos los brazos y las piernas y las guardamos en una caja grande. Nicolasín q u e da un momento perplejo, y después a ñ a d e -S í ¡E s curioso! Sin embargo, los abuelitos... L o s abuelitos no pueden hacerlo- -dice e 1 t í o p o r q u e ya. los tienen m u y arrugados. -Pues yo he de probar lo que me tn. entas, p a r a n o ca. nsarme- -a ñ a d ió Nicolasín. U n d í a nuestro candido amigo detiene c o n asombro sus pasos al cruzar el jardín. U n pájaro revolotea por los macizos. Nicolasín se dispone á darle caza, pero el gorrioncillo huye. P o n l e un poco de sal en la cola- -le grita su madre. ¿P a r a qué, mamá? ¡Tonto, porque así podrás cogerle á tu g u s t o! Poco después la inadre de Nicolasín le llamaba para almorzar, y Nicolasín respondió: Cállate, que estoy aquí escondido; no grites, que espero que vuelva el pájaro para ponerle la sal en la cola. LOS CARACTERES A ÍM. AVISADOR EL CANDIDO EL TELEFONO i c o l a s í n es el niño más crédulo que habéis co nocido. Cualquier cosa que le digáis, él la escuchará con ía boca abierta y sus ojos azúleseos absortos... Decidle: -E s t a tarde ha volado un burro. ¿Sí? ¿C u á n d o? ¿Dónde tenía las alas? O t r o le dice: He visto una gallina de tres patas. í- ¿Y podría verla yo? i: Tn E u r o p a tenemos una idea muy restringida de la utilidad que se puede obtener del teléfono. Del pequeño y útil instrumento nos limitamos á servirnos sólo para nuestras comunicaciones, y á lo que aspiramos es á que éstas sean lo más rápidas posibles, no haciéndonos esperar mucho tiempo las telefonistas, L o s americanos, en cambio, no se conforman