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¿Qué te ocurre, amiguito mío? -Nada. ¿Nada, y estás tan triste? p N dos balcones inmediatos se pasaban los días. -Tengo spleen, como un hombrecito británico. un jilguero y un canario, cada uno en su jau- -Y ¿por qué? Ambos poseemos agua en abunla. Al principio, como eran de distinta casta, midancia, alpiste y cañamones sin escasez y el cariño ráronse con cierta mal velada hostilidad. El cana- entrañable de nu- estras lindas amitas. rio se creía de una raza más distinguida. ¡Por algo- -Mira, tú no puedes saber nada de mi dolor era completamente amarillo, y por algo también, porque, entre otras cosas, tú ignoras en qué puecuando cantaba, lo hacía desgranando sus notas do fundarlo. ¿A que no sabes que rio sólo vive el largas, llenas y sonoras, que invadían el aire en pájaro de la bebida y del comer hasta el hartazgo? escalas de una fuerza prodigiosa! En cambio, el- -Me dejas turulato... jilguero se ufanaba de su pardo plumaje, con tan- ¿A que no sabes para qué te sirven esas alas to orgullo, por lo menos, como un cardenal de su ían doradas y tan hermosas? manto sedoso y rojo. -Para saltar por la jaula. ¡Y para algo más! Yo fui libre; yo crucé 1 espacio en toda su extensión; yo, cuando tuve sed, recurrí á una fontana que hacía saltar sus aguas blancas entre rocas verdosas, á la sombra de unos bravios chaparros; yo, al sentir el zarpazo del hambre, vi cómo el campo se abría cual un gigantesco comedero; yo tuvo un nido... ¡Ay! i Dichoso aquel que conserva la felicidad ó que no la gozó nunca, como tú! Y el jilguero, callando, hundió su cabecita blanquirroja bajo su ala izquierda, como no queriendo ver el día riente ni el cielo azul. ís- r LOS VECINOS JOSÉ A. LUENGO. días cacería C O MSeiscoto UdeTres PicosA M I G O S en O B deE N O S el sufrieron, por su desgracia, los pobres animalitos. Las batidas numerosas, los ojeos repetidos, los sacaban de las matas donde buscaban asilo, y al escapar, espantados, por los perros perseguidos, los picaros cazadores los recibían á tiros. De aquella inmensa catástrofe, los que se quedaron vivos, tendrán siempre la memoria que, irá de padres á hijos. Al cabo los cazadores que se habían divertido tomaron el, tren, dejando el coto otra vez tranquilo, y entonces los animales que habían sobrevivido á la terrible matanza, salieron de su escondrijo m Uy despacito y teriiblando al oír el menor ruido, temiendo siempre asechanzas y recelando peligros. ¡Qué escenas conmovedoras filtre aquellos pobres bicho? fí -n- fr Pero pasaron los días, y con su roce continuo fueron desapareciendo aquellas asperezas y hasta llegaron á entablar amistosos coloquios, en los que se revelaron sus mutuas afecciones, su cariño por éste ó el otro alimento, su predilección por los días azules, serenos y diáfanos, cuando la Naturaleza abre sus entrañas al sol y levanta los cálices de sus flores. como otros ta; ntds incensarios, cuyos perfumes embriagan el alma. El canario estaba siempre alegre. En cambio, el jilguerillo se ponía á lo mejor, y sin motivo aparente, en extremo triste. Esto extrañaba mucho á su vecino, el cual un día, viéndolo de tal guisa, como lo revelaban lo hueco de su plumaje, lo triste de sus pupilas y lo caedizo de SUÍ alas, no pudo conteneme, y asomando la dorada cabecita por los plateados alambres, le preguntó: -1, 3 4 5 6 7 8-