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mmudER mm H CRÓNICA D E PARÍS MlÉltCOLEB 3 DE ENER e l arte de los peleteros ha llegado á trabajar las pieles como si fueran telas, y han conseguido darles una flexibilidad deliciosa. Así es que las modistas las manejan con suma facilidad, plegándolas como terciopelo, y hacen toques verdaderamente preciosas, de nutria, armiño ó topo. Algunas no tienen forma de crenolina, ni alambres; se las da forma á capricho y se adaptan á la cabeza como las gorras de hombre. Su gracia principal estriba en el adorno, que debe consistir en algo muy frágil: plumas aigrettes ó marabout. Se colocan sin necesidad de alfileres, puesto que se encajan hasta las orejas; tienen la copa bastante alta y el ala vuelta y pequeña. Parece ser que estas toques de piel las pusieron de moda en Suiza algunas elegantes el año pasado, por ser de una comodidad práctica, insubstituible para las fervientes adoradoras de toda clase de sport. Otras formas más habülés se pliegan hacia atrás y se completan con una aigrette altísima. También he visto sombreros grandes, de ala plana, forrados de piel completamente lisa, como los de terciopelo ó raso. El tigre, que representa la nota original del momento, también se usa para sombrero; pero es indispensable bordarlo de shungs. No creo necesario decir que esta clase de sombreros es indispensable que vayan unidos á un abrigo de la misma piel. El entusiasmo por las pieles ha traspasado ya los límites de lo razonable, y esto me hace temer que un cambio brusco y radical nos obligue á desecharlas en absoluto, si Dios no lo remedia. Hasta en los adornos de cabeza es indispensable que figuremos, uniendo á la vaporosidad del tul la nota severa de un pequeño borde de zibelina, shungs ó visón, que en forma de turbante rodea la cabeza, sujetando ambos extremos con un broche de brillantes. Haciendo juego con este caprichoso adorno, se hará una echarpe de tul y piel, que bastará para imprimir en cualquier toilette una nota de extraordinaria elegancia. A imitación de los americanos, los modistos franceses han instalado en sus salones un verdadero teatro, en cuyo escenario los maniquíes, vestidos con las últimas creaciones de la moda, pueden evolucionar delante del selecto- públicO que acude para admirar las mil maravillas que sólo una imaginación de artista puede idear. F o c o s eléctricos, perfectamente calculados, inundan de luz el escenario, el cual se reproduce en diversos espejos colocados en la sala. Sentadas á conveniente distancia, las clientes ven, en todos sus detalles, las toilettes, y después pueden elegir, con perfecto conocimiento de causa, lo que juzgan más á propósito para sus figuras. Tanto las clientes, como los maniquíes y los modistos, están entusiasmados con esta innovación; los unos, porque se les facilita la elección de sus toilettes; las otras, porque aunque sea momentáneamente y por carambola, se sienten admi- radas, y los últimos, porque tienen un medio más para excitar el deseo de las señoras, casi siempre insaciable, tratándose de vestidos. Estos teatros se conocen aquí por el nombre de Salón des lumiéres LA CONDESA D A R M O N V I L L E EL VESTIDO DE CASA F o s frases que oí hace pocos días me sugirieron la idea de escribir estos renglones, teniendo por único objeto el deseo de rebatir una idea que me pareció absurda, y de la cual no pude protestar en el momento, para no incurrir en la incorrección de mezclarme en el diálogo de personas desconocidas. Eran dos amigas que hablaban de trapos, conversación favorita de las señoras, y una de ellas decía, refiriéndose á un vestido que en su tiempo debió ser bonito, pero c ue ahora es inadmisible Está completamente nuevo, y me lo pongo en casa- así aprovecho todas las cosas antiguas ó feas, y lo mismo hago con los muebles; los que están deslucidos y no sirven para los cuartos de recibo, encuentran albergue en el saloncito mío, donde estamos siemi re. ¡Qué error tan imperdonable! Nunca será exagerado, y mucho ícenos inútil, el cuidado extremo de toda mujer elegante para buscar armonía y seducción en el arreglo de su persona y del cuarto destinado á servir de marco á las escenas íntimas de la familia. La vida de sociedad las proporciona infinitas ocasiones para lucir sus encantos entre muchos; pero pensando lógicamente, las debe satisfacer mucho más la admiración de los suyos que de los extraños. Se me figura que al ponerse el vestido de casa se cambia la careta de amabilidad, la alegría, algunas veces ficticia, y el lujo exterior, por su personalidad real y verdadera; con esos mil detalles llenos de ternura, en que se unen la expansión para comunicar á los seres queridos todo lo que pueda aumentar su dicha, y la reserva para ocultarles aquello que sólo sirve para entristecerlos. Pues bien; al cambiárj- lo ficticio por lo real, es preciso que no desmetezcá el estuche que encierra á la mujer fiel y cariñosa y á la madre modelo del que sirve para hacer brillar á la frivola é insubstancial. No es posible evitar la primera impresión que producirá en un marido, por muy enamorado que esté de su mujer, el encontrarla con un vestido de mucho vuelo y mangas de farol, en un cuarto donde reina la más completa anarquía de estilos y de colores. Hasta los niños chiquitos, por instinto natural, dicen: Mamá está más bonita cuando va á paseo que cuando está en casa. Me parece estar viendo una sonrisa y escuchar una vocecita dulce, que en tono algo incrédulo, dice: Esto es absurdo, porque es muy caro vestirse á la última moda á todas horas. Precisamente, esa es la clave del enigma, y lejos de ser absurdo, es sumamente fácil para las personas de buen gusto. Con una falda antigua, un vestido de noche deslucido y los restos de alguna guarnición de piel.