Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Ricardo ganaba lo suficiente para sostener su casa con decoro y desahogada comodidad, pero nada más, y no tenía ahorros. Cuatro mil pesetas tiradas en un momento le colocaban realmente en una situación difícil; pero la dificultad y el apuro subían de punto ante la absoluta precisión de reunirlas y entregarlas en brevísimo plazo, dada la naturaleza de la deuda. Sus amigos no eran ningunos millonarios para quienes un sablazo de cuatro mil pesetas careciera de importancia. Además, era substituir una deuda con otra, cuyo pago tendría también que hacer en breve. ¿Su padre? Ah, no! i Eso, nunca! No podría de vergüenza. En toda su vida liabía tenido que confesarle una falta de esta naturaleza. Y si en la edad juvenil hubiera tenido disculpa, ¿con qué cara iba á decirle que entonces, con su experiencia de la vida, con su idea del honor, con las sagradas obligaciones de jefe de una familia, había hecho aquello? No, él no daba á su anciano padre ese disgusto. ¡Con las ideas que su padre tenía sobre estas cosas! Nada, nada; primero recurriría á un usurero, aunque le llevara unos intereses enormes. Pero este tal le exigiría garantías, ¡claro! ¿Y cuáles, que no le resultaran depresivas y aun vergonzosas ante sus jefes? Ricardo se desesperaba más cuanto más pensaba en la solución del conflicto. ¡Qué cosa tan rara! i Ni una sola de estas ideas, que ahora le espantaban, se le ocurrió en aquellos momentos en que se jugaba lo suyo y lo ajeno! ¿Dónde tenía entonces el sentido común? Y, después de todo, aquello había obedecido á una terquedad infantil y á una esperanza estúpida. Se había empeñado en que los reyes tenían que salir. No, la verdad 3 ra que había tenido una desgraci. -i increíble. El general que estaba á su lado lo bal a dicho: No he visto, en treinta años que llevo jugando, negarse todos los reyes como esta noche. ¡No ha salido uno desde las seis de la tarde! ¿No era lógico que saliera alguno? ¡Pero fíese usted de la lógica de la baraja! siempre. Ricardo alternó como púcío, porque la procesión iba por dentro, y todos los detalles alegres y tiernos de la fiesta infantil, contrastando con el estado de su espíritu, le punzaban el alma como agudas espinas. Pasó la noche de Reyes. Sobre las cabecitas de los niños dormidos revoloteó el luminoso enjambre de los sueños y vieron cruzar el espacio la fantástica procesión de los Magos, con sus servidores, sus caballos y sus camellos, desparramando generosos sus tesoros. Para Ricardo fué noche de tristísimo insomnio y aguardaba temeroso la mañana en que había de presenciar la alegría de sus hijos, i Qué diferencia de otros años! Aquel gozo infantil no llenaría su alma, como otras veces. Había en ella amargura, sonrojo y remordimientos, y apenas quedaba sitio para las tiernas y dulces emociones paternales. Dichosa edad, se decía. Vuestros padres se afanan en satisfacer vuestros anhelos y los veréis logrados al despertar. ¿Quién atendería estos anhelos míos? Varias veces logró conciliar el sueño, pero sólo por breves momentos, pues despertaba sobresaltado y volvía á sus desconsoladas reflexiones; pero la última vez fué mayor su sobresalto, porque hasta llegó á creer que alguien andaba por la alcoba. Aguzó el oído, y se acentuaron sus sospechas de tal suerte, que se incorporó y dijo: ¿Quién anda ahí? ¿Qué pasa? -exclamó su mujer, que despertó asustadísima. -Me alegro de que estéis despiertos- -respondió el abuelo en voz baja- porque los nenes se empiezan á rebullir y si no os dais prisa no vais á disfrutar del momento más bonito. ¡Ea, arriba! Apenas salió el abuelo de la alcoba, la mujer de Ricardo se vistió de prisa y fué presurosa al cuarto de los pequeños. Ricardo fué más lento, y el abuelo volvió á asomar la cabeza para decirle: ¡No seas posma! ¡Vamos, niño! j Niño! ¡En qué ocasión se le escapaba á su paUna nueva complicación apareció en el hori- dre aquella expresión cariñosa! Ricardo se aprezonte. El general era amigo de su padre y era fá- suró, temeroso de que su tardanza llamara la aten; il que le contara la cosa. ¡Ah, no! Era preciso, tan ción, pero no encontró las zapatillas. Fué á pourgente como encontrar el dinero, ver al general y nerse las botas y sólo encontró la izquierda; enrogarle que no dijera á su padre una palabra, cendió la luz eléctrica y vio la derecha en el gabiRicardo, presa de todas estas cavilaciones, se nete, cerca de la chimenea. Sin duda el abuelo, en sus idas y venidas, la había arrastrado con lo fué á la calle. Cuando volvió, á la hora de comer, le dijo su pies. Al ir á cogerla, vio que por ella asomaban unos naipes. ¿Qué broma era aquélla, ó por mejor mujer: -Estaba deseando que vinieras para saber si te decir, qué insulto, qué escarnio? Los cogió indignado y vio que eran los cuatro reyes de la baraja, ha dicho algo tu padre. y que entre ellos se ocultaban cuatro billetes de- ¿A mí, de qué? -preguntó alarmado. -De algo que le ocurra. Como estuvisteis solos mil pesetas. No sabía Ricardo lo que le pasaba; sentía una gran confusión, una gran vergüenza, y en el despacho... una alegría más grande que la confusión y la ver- -No, á mí no me ha dicho nada. güenza juntas. Fué al cuarto de los niños y en el- ¿Y no has notado en él algo extraño? dintel encontró á su padre, que con ojos llorosos- -íYo, no, ¿por qué lo dices? -No sé; pero ha estado aquí á traer los jugue- y boca. sonriente le entró en el cuarto á empujones, tes y me ha parecido que venía preocupado y tris- diciéndole: te, y como él siempre está animado y en este día- -Anda de prisa, que eres el único niño que parece un chiquillo, me ha extrañado más ver- falta. le así. Los pequeños le rodearon, gritando: A poco llegó el abuelo, que, por tradición tam- -Papá, papá, ¡al fin han venido los Reyes! bién, comía y pernoctaba en la casa de su hijo La emoción agitó como de costumbre todos los para asistir al despertar de los nietos el día de corazones é iluminó todos los semblantes, y LuReyes, y por mucho que le observaron marido y cianin, el chiquitín de la casa, dijo á su madre, mujer, no advirtieron ya en él seriedad ni disgus- riendo á carcajadas: to alguno. No se habló más que de los chiquillos, -Mira, mamá, mira qué risa; ¡papá, tan grande los juguetes, con el entusiasmo y la ilusión de de, tan grande, y dando besos al abuelo! CARLOS LUIS DE CUENCA. Dibujo de Méndez Bringa 3 4 5 6 7 8-