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Dedicaba éste á su llegada una media hora á los nietos, y en esta conferencia salían íi relucir los merccimicníos y faltas de lodo el año. así en estudios como en condvicta, para censurar á éste por su desaplicacióu. al otro por su carácter, cloíliar á otro por sus adelantos ó á la de mis allá por su bonísima pasta. Seguían ciertas dudas sobre lo que podría ocurrir con los regalos en vista de ciertos pecadilTos, para acabar despertando esperan 7 a de una amnistía general, porque los reyes, y, obre iodo, los Magoí leneu el santo privilegio dt perdonar. Pasada esta operación, se melia en el despacho con Ricardo y allí comenzaban a plantear su real y mágu o cometido de todos os años, y por eso el abiido. asi qne terminó su conferencia consuetudinaria con los niños, dijo á Ricardo: -i Vamos? Apeuas penetraron en el despacho. Ricardo cerró la puerta y dijo á su padre- -Papá me vas á hacer uii tüvor; te vas á ucu- se usted de todo. En este momento no... U tcd t paga y ya ajustaremos cuentas, ¿ch? -Bueno, hombre, bueno: no hay más qne h; blar- -dijo levantándose, y c marchó el buen stñor bastante preocupado. Más quedaba Ricardo, muchísimo más, y apenas salió su padre eciin el jieslillo de la puerta y, dejándose caer en una butaca, se cubrió el rostro con las manos, ¡Qué siluacióUH qué situación! repetía, y todo por una ímbecilidaih ¿De qué materia tan miserable es la vohmiad del hombre. í Ur: asi so quiebra y íe deshace en nn momento? De rliíqviillo. do estudiante, de hombre, en mi vida de íoliero, he confiado en mi fueran de voluntad y grai: ia a elía be resuelto muchas cosa i en mi v hi. y ahora, á los cuarenta años, casado, con cinco liijos. se me ha ocurrido la uíajadería de poner dinero á una carta. Si. y o he k o yo, Ricardo Monreal, el hombre seno, el ordenado en todos sus í; aslo? i, el mib wm mm EXH par tú de lo o eso do los j ugnetes. ¿ch? Yo estoy ociípadisimo esta larde. -Pero, hombre- -le dijo el anciano, fijando en él su mirada absorta por encima de los anteojos- Tí- dejas de una pieza! ¿Vas á fallar á una cosa que me ha. s dicho muchas veces que es lo que más te gusta en el mundo? ¡Que quiere usted! Las circunstancias... Cuando yo no voy, ya puede usted comprender que me es imposible y que me contraría, pero... ¿T e ocurre algo? -dijo el padre sobresaltado. -No- -contestó Ricardo, tratando de disimular una gran contrariedad- No es nada grave es un asunto que... ya le explicaré á usted otro día. -Bueno- -dijo el abtielo- Haré las compr- is yo solo. -Sí, usted lo hará perfectamente. Y cncárgue- V- mo que ha perdido 600 pesetas y al íentir la fiebre del desquite ha ido lomando y perdiendo las que un amigo le ofrecía, y al final de la partida ha quedado debiéndole 4- 000 pesetas? Sí, yo soy ese imbécil; ese, que en aquella horrible calentura no ha pensado en el compromiso en que se metía. Una deuda de juego tiene un plazo perentorio y yo no len o la cantidad. Mi amigo me dijo que hoy por ia mañana saha para una cacería y tardaría dos ó tres días en volver. E s t o es un respiro. Tengo dos días para buscar ese dinero, Pero, ¿dónde y c ó m o?