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-Vaya- -dice el le ctor de buena fe, -por lo menos este pobre señor, al marcharse de este mundo, ha dejado quien le llore. No hay que decir que en la mayor parte de los casos los tales no hacen más que oler lo que ha dejado el difunto al marcharse d e este mundo por no poder soportarlos. Decididamente, era un sabio mucho más sabio que Foustel de Coulang- es- -el que dijo aquello de Parientes y trastos viejos, pocos y lejos. Sí; ya que se tengan- -porque no va uno á comérselos con patatas- -que estén lo más lejos posible. Alejados se íes quiere más, se les respeta, hasta se les llega á echar de menos, como echa de menos la molestia de un flemón, el que ha tenido la desgracia de padecerlo, cuando ya ha desaparecido. -i Pero, hombre! La familia es una institución social- -dirán algunos á modo de reparo. i Oh, sí, indudable! Pero también- son instituciones sociales, y de las más arraigadas, las casas de préstamos, las pulmonías y los orfeones, y á nadie se le ocurre defenderlas. Sería un insensato el que pretendiese destruir la familia ó suprimir las pulmonías; pero sería un mentecato el que, con una ú otras, pretendiese hacer algo más nue soportarlas. Además, ya hemos diclio anees que soio IXUB reienmos á ta fami- gativo, cuando llegamos a uno mipecable. La dueña, amable como un bombero, nos enseñó unas habitaciones que parecían estancias de F ontainebleau en días de desestero; de la cocina emergían brisas de condumio que hacían pensar en Briilat- Savarin y en Botín; la casa toda emanaba un perfume de confort y optimismo que nos dejó encantados. Mi amigo ajustó en nueve pesetas diarias una habitación exterior- con lavabo y todo! digna de un persa. Iba á cerrarse el trato: la hostelera, para remachar el clavo, dijo, esponjándose muy satisfecha -Aquí estará usted como en familia. Vi palidecer á mi amigo; sus ojos giraban como puertas- rulantes; el cabello se sublevó en su frente como un bisoñe que se despega. ¿Cómo ha dicho usted? La patrona- -con esa inconsciencia que es el sello del gremio- -repitió la frase fatal: -Que estará usted como en familia. Nos encontrábamos al lado del balcón... Mi amigo me miró, escrutó el espacio, hizo un gesto de decisión suprema y, abrochándose la chaqueta, se arrojó por el barandal á la calle... Yo iba á seguirle, pero me detuve al ver que pasaba por abajo un tranvía de la Fuentecilla. No era cosa de caer sobre él. Cuando llegué á la calle tuve tiempo de ver cómo mi amigo era conducido al Depósito de cadáveres, j en 1 ff iia de segunda mano; la otra es sagrada, como todo lo que uno se echa encima voluntariamente. Un amigo mío, que había vivido mucho y que tenía una nube de parientes, huyendo de ellos quitó la casa que fenía puesta en Carabanchel y se fué á vivir á una casa de huéspedes. Le acompañé en la ingrata tarea de buscar un hospedaje que llenase sus aspiraciones ya habíamos visitado varios con resultado ne- brazos de tres de sus parientes, que pasaban por allí al acaso! Y también vi cómo uno d e ellos, ¡más infame que los demás! le metía las manos en los bolsillos de la americana, para incautarse abintestato del tabaco de la pobre víctima. Hice un gesto de asco y nie interné en un limpiabotas... TOAQUIN i J Ü I U A Dibujes (le Regridor.