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J J ií: A F I L O S O F Í A BARATA. LA F A M I L I A p N este momento no recordamos con precisión si fué Foustel de Coulanges el que dijo que la familia es el origen de la ciudad, y, por lo tanto, el origen del Estado En esas palabras se echa de ver que el amigo Foustel había vivido poco. Conque, i el origen de la ciudad? En la mayor parte de los casos, la familia no es más que el origen de todos los sablazos y de casi todos los disgustos que los individuos tienen que soportar pacientemente. ¡Ah, la familia! Pero, ante todo, qué es la familia? No vamos á definirla; sólo diremos que el concepto á que aquí nos referimos no puede comprender nunca á los padres, hijos, esposos y hermanos. No somos unos terribles anarquistas, y, por tanto, no podemos negar la real existencia de esos vínculos que la sangre ó el matrimonio establecen entre dos personas... Nos referimos á todos los demás: á esos parientes á quienes el Código llama de segundo grado, y que- -por lo mucho que chinchan en ocasiones- -son lo menos de cuarenta grados y décimas. Si un individuo que no nació rico por su casa tiene la fortuna de llegar á serlo, bien por su trabajo, bien porque le haya tocado la lotería, ó ya porque se haya metido á empresario de operetas, ya puede considerar esa fortuna como una verdadera desgracia. Caerán sobre él todos sus parientes hasta el quinto grado, y se dedicarán á vivir á su costa, como quien ejercita un derecho inalienable. Y es asombroso cómo se multiplican esos parientes cuando llega la ocasión. A lo mejor va usted por la calle del barquillo, discurriendo en su interior sobre el desenlace del último drama de Porto Riche, cuando un manotón en la espalda le trae á la realidad, al mismo tiempo que le hace apearse de la acera. -Adiós, hombre; dichosos los ojos Oué de tu vida? ¿Mi vida... Caballero, usted se ha equivocado... Yo no tengo el gusto de. -Sí, hombre. Pues no has de tener! No le acuerdas de tu tío Camilo? Y uno, que en cuestión de tíos ha procurado llegar á la completa amnesia, mira amoscado á acjucl sujeto, algo picado de viruelas y de ojos febriles. -Camilo... -Sí, hombre: el de Buitrago, el que estuvo casado con tu tía Adelaida... -Bueno, ly qué? Supongamos que me acuerdo. ¿Qué hay con eso? -Que yo soy su hijo. ¿Está usted seguro? -I Hombre, por 13io s! -No se ofenda; quiero decir si no se tratará de otro Camilo... ó de otro Buitrago. ¡Qué bromista! Somos parientes, aunque tú no quieras. La inmediata es entablar un pugilato con aquel sujeto para convencerle de que ningún vínculo GC parentesco nos une á él. Si en la lucha resultamos vencedores, el individuo nos pide perdón por la equivocación, saluda y se marcha; pero si no logramos convencerle de su error acaba pidiéndonos cinco duros ó un destino en las obras de La Electra. En tal caso, nuestro parentesco queda sólidamente establecido, porque no cabe duda que acabamos de hacer el primo. Todos esos parientes sólo sirven para una cosa: para hacer un excelente papel en las esquelas mortuorias: ya es conocido aquello de primos, sobrinos y demás parientes...