Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
¡B 4 í LA MIEL DH LA VIDA Sic vos non vobis mcllificatis apcs... En el inquieto enjambre de la colmena humana, la tornadiza abeja, del corazón se afana por ir elaborando la miel do sus panales con perfumes eternos y aromas inmortales. Pero su afán es vano; porque ni en los vergeles de las almas perdura la esencia de las mieles, ni de nuestros amores en el jardín florido resisten las fragancias al soplo del olvido... Todo en una perpetua mudanza se consume; y asi como del cáliz do la rosa el perfumo disípase en las auras, el do los corazones diluyese en el fondo del mar de las pasiones. Y esos perennes cambios son la miel de la vida, que persiguen las almas en la senda escondida por la cual voltejean los espíritus sabios con la duda en los ojos y la ciencia en los labios... La duda es el aroma del corazón, al modo que el perfume es la ciencia de la flor. Y, así, en todo vienen á sei las almas- -libélulas del cicio- -como las mariposas- -espíritus del suelo. Y es el amor la esencia de una flor de inconstancia, cuyas hojas destilan la agridulce fragancia do las bocas perjuras y las manos infieles, en un néctar supremo de ambrosias y hieles... También son mariposas los errantes cantores que caminan en busca del dulzor de las flores, á través de senderos erizados de abrojos, con la duda en los labios y la ciencia en los ojos. Porque, siendo evidentes, el arcano revelan de las almas que en torno de sus númenes vuelan; y, zahorles, descubren lo que hay bajo el camino que atraviesan en alas de su afán peregrino... ¿Quién no siéntese esclavo del alma del poeta, siguiéndole en sus giros de mariposa inquieta; y, así cual ésta liba del cáliz de las flores, no gusta- -con el vate- -la miel de los amores? ¿Quién habrá que no cruce por la mágica senda del jardín de Cupido, si bien lleve la venda del amor en los ojos y acomode su paso vacilante á las sombras de la luz del ocaso? Pero no son volubles nuestras almas. Las mieles, varias, sí- -como varios son también los vergeles- y no es la mariposa, ni es el alma, inconstante, porque en pos de las mieles vaya volando errante. Que, por no haber el mismo sabor todas las flores ni ser igual el gusto de todos los amores, son- -dada esa inñnita variedad de las cosas- -las mariposas, almas; las almas, mariposas... No entornéis, mis amadas, con disgusto los ojos; ni pleguéis vuestros labios en mohines de enojos; ni arruguéis vuestras frentes; ni cerréis los oídos S, estas voces tan hondas, que parecen latidos. i- H. No rindáis vuestras almas á los pechos infieles de los hombres que buscan el dulzor de las mieles; que ellos van, como naves sin timón ni gobierno, por el mar infinito de su afán sempiterno... Sed voltarias, ligeras, impalpables, sutiles, como las mariposas de áureas alas gentiles, y- -en el éter divino del amor- -sed fugaces; ¡que es muy corta la vida de las almas tenaces! No es el orden preciso que gobierna los mundos el que gula las almas; ni en los senos profundos del espíritu humano tan tiranas las leyes, que no sean hoy siervos los que ayer fueron reyes... ¿jlSTo culpéis, por lo tanto, de voluble íxl poeta... Será el viento mudable, pero no la veleta; ni tampoco hay un alma tan inmóvil, tan fija, que no sienta el dominio de un vaivén que la rija. Desengañaos, perjurios, veleidades, traiciones, son la miel de la vida para los corazones; y el Amor- -el dios ciego de la antigua leyenda- -se recata los ojos, de la Fe, con la venda... Son, en fin, de las almas los eternos afanes como las erupciones de los ígneos volcanes; y el amor es el cráter que las cumbres abrasa, que los valles j- icendia, que los llanos arrasa. Pero á la mariposa- -rque conquista el espacio con sus armas de oro, de rubí y de topacio; que domina los aires, que subyuga los cielos- -no la alcanza el estrago de la Tierra en sus vuelos... No gimáis, ¡oh, lectoras! si los hombres infieles voltejean en busca del dulzor de las mieles; sino sed mariposas de Cupid t, y libélulas que su afán melifiquen del panal con las células. Si el acero que á un débil corazón despedaza, sirve á un pecho animoso de pavés y coraza, no temáis que la vida de las almas se trunque porque sufra los golpes del Dolor en el yunque! Mas si en días amargos el Destino os condena- -por virtud de sus leyes- -á variar de colmena, ¡recordad que en jardines, y vergeles, y alcores, viven sólo el ei acio de unas horas las flores! Levantad, como abejas previsoras, el vuelo; despreciad las dulzuras fugitivas del suelo, ¡y ascended á la Gloria por la senda escondida, donde están los panales de la miel de la vida! CARLOS MIRANDA. Dibujo de Regidor