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mmi ER memn PAGINAS FEMENINAS CRÓNICA DE PARÍS MlERCfUFR ly DE p r n todas partes oímos mil lamentaciones por el encarecimiento de los artículos de primera necesidad; pero nadie se lamenta del precio elevadísimo de las cosas superfluas. ¿P o r qué será? Yo creo poder afirmar que el origen de la transformación operada en el criterio de la mujer m o derna es su propia coquetería. A medida que la vida se hace más difícil y que es preciso reducir gastos en el interior de casa, el lujo exterior aumenta notablemente. Antes, un abrigo de pieles se consideraba como una j o y a duraba muchos años y se modificaba mil veces. Estaba clasificado entre las prendas reservadas á los seres privilegiados por la fortuna, y la que no podía, no aspiraÍDa á poseerlo. H o y sucede todo lo contrario; se cuentan como excepciones las que no tienen por lo menos su gran abrigo de astrakán. Esto representa una fortuna, grande ó peciueña, según la piel; pero siempre algunos miles de francos. Desde el de nutria d Hudson, qnt vale 2.500 francos, al de m a r t a cibelina, cjue representa 40.000, tenemos una nube de modelos tan seductores, que hacen perder la cabeza á las mismas que luego suspiran por el encarecimiento de la vida. Sus formas, minuciosamente estudiadas, favorecen de un modo extraordinario, conservando la silhouette esbelta y flexible. L a gran redingote es la que mayores éxitos ha obtenido para usarla de día; como abrigo de noche, la forma talar sigue siendo la predilecta de las elegantes, porque se adapta perfectamente á todas las estaturas, sean gruesas ó delgadas. El armiño es este año el rey de las pieles, en vez de ser la piel de los reyes. Y á pesar de haberse democratizado de un modo sorprendente, su valor es cada día mayor, lo- que le preserva del título de vulgar, quedando reservado, sino para Vélite de la aristocracia, al menos para l élite de la elegancia. I a mujer moderna siente un atractivo extraordinario hacia el Polo y quiere hacerse la ilusión de que vive entre hielo, á 20 grados bajo cero, y olvidando nuestro clima, relativamente templado, no se contenta con tener manguito, echarpe, toque y abrigo de pieles, y se ha lanzado á la coquetería cíe lo sencillo (así me lo ha dicho una encantadora parisiense) presentándose en el Bois con n taillcur completo de armiño, y en el cuello, solapas, carteras y borde inferior de la falda algunas colas negras, sin duda con objeto de interrumpir la monotonía de una nota excesivamente blanca. El topo, de cuya existencia n o nos preocupábamos lo más mínimo, ha salido de su escondite para figurar entre las pieles de mérito. Algunas señoras prefieren lo original á lo bonito, obtando por los abrigos de tigre ó de pantera. E n t r e ellas podemos contar á la inimitable Madame Sorell, que, abandonando cibelinas y ar- miños, se envuelve en un suntuoso abrigo de tigre. L a toque, adornada con majestuosa aigrette, es el complemento de esta sorprendente toilette, que después de Cleopatra, la fastuosa reina de Driente, nadie se había atrevido á vestir. Qué divertido y hasta interesante resulta el cultivo de las extravagancias; perc como el terreno es resbaladizo, conviene andar muy despacio para poderse detener antes de caer. El que una mujer bonita y llena de encantos se vista de pantera, no me convence; pero, aunque la razón lo rechace, si la moda se empeña en imponernos este nuevo capricho, sucumbiremos. CoNDEs. D ARMONVILLE. LAS FLORES DE TELA I as flores de tela vuelven á estar de moda. H u b o una época de completa decadencia para ellas sin duda, porque sus atractivos n o podían competir con los de las flores naturales. Hoy, gracias á la fabricación de verdaderas maravillas, la opinión se divide en dos b a n d o s uno, en pro de la flor contrahecha, y otro, en favor de la creada por Dios. Negar que las primeras han llegado al máximun d, e la perfección, sería absurdo, y negai su utilidad práctica, lo serí? todavía más. A pocos pasos de distancia se confunden unas con otras, y tienen la ventaja de que no se m a r chitan ni estropean los vestidos, el manguito ó la piel donde se colocan; p e r o por muchos y m u y considerables que sean sus méritos, siempre carecen de vida y de sensibilidad, ciue es precisamente por lo que las cultivani os y cuidamos con tanto amor. Ante una flor de trapo pasamos indiferentes su aroma artificial no despierta recuerdos en nuestro cerebro, ni su contacto acelera los latidos del corazón. En cambio, cuántas veces el perfume de una rosa ha resucitado ima época, un día, un minuto feliz ó triste, y si una lágrima ha caído entre sus pétalos, se han contraído al momento, como queriendo demostrarnos que era capaz de sentir con nosotros y digna de recibir nuestras confidencias. El tratar de compararlas es la más imperdonable de las locuras. La flor artificial es igual á un lazo ó á una porcelana, mientras que la rosa natural es una amiga fiel y verdadera con sus espinas nos demuestra la realidad de la vida, con su belleza lo efímero de los placeres, y con su aroma nos hace adivinar las delicias celestiales. Pero en fin, dejemos estas consideraciones y pasemos á explicar el procedimiento para hacer flores de tela. E n un alambre se ata un poquito de seda con polvos de la esencia que se desee, después se van colocando las hojas, previamente cortadas, hasta completar la flor; luego se pone el cáliz, pegándolo con una gota de goma arábiga, -i r! S 5 6 7 3-