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pesadas moles rumorosas y atropellándose en su marcha, invadieron al bergantín... ¡La Virge der Carme no asista! -clamó el viejo lobo en ruda plegaria. La tripulación, creyéndose perdida, tuvo ese gesto heroico que precede á las grandes. luchas y se dispuso á lanzarse al mar. -i ¡Quietos! -rugió el patrón imperativamente. Y con voz ronca, demostrando aplomo, mandó aligerar de la carga al velero. Con la presteza propia de tales casos, la marinería desamarró los bultos y fueron arrojados á las embravecidas aguas. ¡Uno que suba al palo mayor y descuelgue la vela rota! Los marineros miráronse unos á otros sin contestar ni dar, un paso. -i ¡A ver! -volvió á gritar el patrón- ¡Uno que suba! ¡Pero pronto... Juanico, desprendiéndose de la mano del señó Manué que le retenía en silencio, echó á andar, guardando el equilibrio, llegó hasta la escala y encaramóse en lo alto, con la misma imperturbable serenidad con que lo hacía en las horas más bonancibles. Pero cuando disponíase á descender, una nueva montaña de agua turbulenta arrasó al barco... El viejo lobo lanzó un grito de horror: había visto al grumete bambolearse en la altura como un guiñapo a merced del huracán... Un nuevo rayo iluminó intensamente al cielo y á su luz pudo ver el anciano á Juanico que, con la misma imperturbable serenidad con que subiera, descendía parsimonioso. -i Patrón I- -gritó el chico- ¡Un bote s ha dio á pique... Efectivamente, una de las lanchas salvavidas fué arrancada por el terrible golpe de mar. Siguieron unos cuantos minutos de titánica lucha contra el furor del Atlántico... Los relámpagos se sucedían con breves interrupciones, en las que el lúgubre resonar de los truenos, los aullidos del vendaval, el hululante rebullir de las olas y el chapoteo de la lluvia, formaban una dantesca marcha fúnebre... -í La Virge der Carme nos varga! -repetía el señó Manué, sin abandonar su puesto. Y Juanico, sentado á su vera, decíale sin apariencias de gran zozobra: -i Cámara, y que bromita se trae la mu perra! ¡Pos no quería que sambullera d ende too lo arto... De pronto, el barco chocó violentamente contra algo desconocido y á la sacudida cayeron todos sobre la cubierta... Hubo un grito de angustia... Sonó la frase fatal que alguien dijo maquinalmente... Cubrían las olas á la embarcación, que permanecía quieta, como encadenada al fondo... Necesitó el patrón toda su energía para imponerse y, revólver en mano, dispuso el salvamento... El único bote salvavidas que quedaba, á mucho apurar sólo podria contener diez personas; una más lo hundiría. Los marineros, guiados por el instinto de conservación, en su ciego egoísmo de no perecer, fuéronse acomodando rápidamente en el barquichuelo... Sólo quedaban en el barco el señó Mané, Juanico y el patrón. ¡Uno má! -gritaban los del bote- ¡Na má que uno! ¡Ande usté, agüelo! -indicó Juanico, empujando cariñosamente al anciano. ¿Y tú? -interrogó el viejo lobo sin poder reprimir la congoja. -Yo me l arreglaré como puea... ¡Usté no s apure! -No, Juanico, n o yo soy viejo y ná se pierde con que me trague la má... Tú eres joven y pues difrutá de la vía... ¡Déjese usté de sermone, agüelo, y ande usté a por sitio! Impacientábanse los de abajo, temerosos de que el bergantín se hundiese de un momento á otro y les arrastrara en el remolino que, al sumergirse, habría de producir. ¡V amo pronto! -chillaban- ¡E r que sea que baje enseguía! -Anda tú, Juanico... ¡Que no, agüelo! El patrón escuchábales callado, conmovido por la abnegación de aquellas dos almas que se disputaban la muerte. El también hubiese querido que el mozo se salvara, pero hada se atrevía á insinuar comprendiendo que el anciano no resistiría una larga natación, mientras que el chico era sabida su resistencia y, con el auxilio de uno de los cuarteles, podría aguantar la lucha con las aguas hasta que algún barco le recogiera. Pero ante los insistentes requerimientos de los otros, al fin habló: -vamos, señor Manuel, que no es cosa de esperar... ¡Eso! -afirmó Juanico- -Yo me queo... Lo que sea der patrón será de mi... Dudó aún el viejo lobo unos momentos, en los que libraron rudo choque su generosidad y la rebeldía hacia la muerte... La emoción puso un nudo á su garganta no dejándole hablar, Y, con los ojos inundados por el llanto, abrazó fuertemente á Juanico, besándole repetidas veces y, estrechando efusivo las manos del patrón, saltó al bote... Momentos después la pequeña embarcación alejábase al fuerte impulso de los remos, balanceándose sobre las olas, mientras el señó Manué lloraba con amargura y la voz át Juanico les gritaba: -i i Que haiga güeña suerte! Amaneció. Los rayos solares pusieron en el cielo el nimbo dorado de su magnificencia... Había cesado la tempestad, y el Atlántico, como cansado de la infernal algarabía de la noche, sólo tenía ese leve balanceo, rítmico y apacible, de los niños en la cuna. Revoloteaban las gaviotas, describiendo caprichosos arabescos en sus vuelos calmosos, para posarse luego tranquilamente sobre las rizadas ondas del mar... Nadie diría que el Aquilón azotó con saña horas antes la inmensa sábana azul de las costas andaluzas. En la playa, encamado entre las finas arenas, hallábase el bergantín, desmantelado y con enormes averias, viéndose en la popa al patrón y á Juanico que, plácidamente platicaban, saboreando el grisoso humo de sus bien aculotadas pipas. De vez en vez, sus ojos miraban hacia el horizonte, en espera de algo que no llegaba nunca. ¡Lo meno nos creerán ya comió de los tiburone... -decía, riendo, el grumete. Lo propio nos ocurriría á nosotros en su caso. ¡Quién se había de figurar que la marejada nos haría encallar en la playa! Yo al principio creí, como ellos, que habíamos chocado contra el arrecife de Chipiona... ¡Ya me extrañaba á mi no ver el faro... Pocas horas después volvió la tripulación al bergantín contando que, tras no pocas zozobras y fatigas, consiguieron arribar á tierra. Y cuando el señó Manué, loco de júbilo por hallarse de nuevo junto al muchacho, le preguntó: -Pero dime chava: ¿por qué te queaste en er barco? Juanico, guiñando picaramente el ojo izquierdo y con una maliciosa entonación, contestóle sin poder aguantar la risa: -Porque yo me dije, digo: ¡Cuando er patrón se quea, seña de que no haberá muncho peligro! E. ANDICOBERRY RUIZ. Dibujo de Méndez Bringa 1 2 3 4 6 6 7 8-