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LA HORA DEL ENSUEÑO (IMPRESIÓN DE NOCHEBUENA) al íin mi madre se levantó despacio y nos fué cogiendo las caras y nos fué dando un beso. Eran pasadas las doce, y el yantar de Pascua, y el alegre ruido de los hermanucos, y el discorde run jr de la zambomba y de las panderetas, eran también pasados. Yo estaba en un rincón, cabizbajo, anegado en tristeza, bajo la sensación de una melancolía negra y fúnebre, esas melancolías bárbaras y angustiosas que se tienen á los quince años. Nos fué dando un beso y se marchó con los arrapiezos en vanguardia. Mi padre y yo ncs quedamos solos, callados. Y mi pena, una pena de muerte, fué mayor. La estancia era chiquita, y su luz tenue. Los desperdicios del casero fustín se alborotaban sobre la mesa. En un rincón brillaba con sus colorines y sus figuritas gayas el Naciraiento de ios pequeñuelos. Los cristales iiel balcón chorreaban llorando. Y yo encontraba todo esto muy triste y muy trágico. Quince años, la incipiencia de un bigote rubio, cascabeles en el corazón, sonajas en las manos, un afán loco, insaciable de aventuras. Y allá, en la calle, ruido frenético de plebe que pasaba cantando, riendo, saltando, entregada al instinto de sus almas ebrias de pasión. Y yo encerrado allí, en aquel ambiente familiar y honesto, cárcel de mi espíritu hazañoso. Mi padre había bostezado y se había puesto á leer. Y yo miré la nieve de su pelo, y sentí rabia. Sí, para los viejos y para los niños se celebran estas fiestas de hogar y de ventura casta. ¿Para mí? Para mí lo insaciable, el misterio de las orgías, lo estruendoso. Y hubiera querido, en aquella noche de Nochebuena, sintiendo palpitar á mi corazón con ritmo de violencia, tragarme de una vez, hambriento de ideal, todas las emociones de la vida, lo raro, lo estupendo. ¡Papá! Mi voz era trémula y melancólica. ¡Papá, déjame salir á la calle! ¡Déjame gozar esta noche la risa de las gentes que andan por ahí! Sonrío asintiendo. ¡Vete! Y salí. Y anduve divagando, buscando con avidez hidrópica la ensoñación, el prurito. Y mi tristeza fué creciendo. Y tod o era vulgar en mi torno. Y sentí el desamparo de las grandes urbes, y la soledad horrible de las grandes vías pobladas de gentes extrañas. Y al fin, harto, rendido, volví á casa. ftíi A i Te has divertido? -No. Mi padre se me quedó mirando lentamente, con una mirada que decía tantas cosas... Y yo me cobijé junto á su pecho y estallé en sollozos. Esta fué mi Nochebuena más triste. ¿Las otras? ¡Las otras! Conforme van pasando los años van muriendo en el alma aquellas vivas ansias por lo estupendo y por lo raro. La vida nos deja en el espíritu su huella vaga de quietud. Y vamos descubriendo que la dicha está cerca de la infelicidad, tan cerca que se confunden y se diferencian según nuestro albedrío. Y hasta pensamos que la tristeza tiene sus encantos, y el tedio su gestecillo alegre. Y con una resignación piadosa de nosotros mismos, le hincamos el diente al mazapán... ¿Hoy? Hoy tengo hijos. Y cuando pasen algunos años, y sea Nochebuena, uno, el primogénito, que ya tendrá puntas de bigote y ribetes de galán, se me quedará mirando muy triste, y yo le dejaré salir á Ja calle, y cuando vuelva y llore cobijado en mi pecho, le diré: -Hijo mío. Yo también soñaba y sentía como tú vagas y tremendas quimeras. Yo también, en la hora del ensueño, pretendí llegar á lo imposible. Y ya ves, con un libro que te parece absurdo, soy feliz. Y llenaré unas copas de vino y brindaremos por la desilusión, eterna y despiadada maestra de la vida... Luis A N T Ó N DEL OLMET. Dibujo de Martínez Abades.