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Apareciósele sonriente el hada, y alzándolo del suelo, tocó con sus manos de luz la frente del niño, y éste quedó curado de su mal. ¡Adiós, hijo mío! -díjole la Señora- Cuando estés enfermo, llámame, que yo vendré á curarte. -j Adiós, Meriam! -contestó el niño gozoso- ¡Bendita tú eres, Salud de los enfermos! Creció el pequeño cautivo, y siéndole cada vez; más dura acjuella vida, concibió el proyecto de: huir de ella, fugándose, atravesando el rriar aun- que fuese á nado, ya que nadar muy bien sabía, confiando en sus mal calculadas fuerzas para poder llegar hasta las costas de España que allá á le lejos veíanse blanquear, cual madre cariñosa que le llamase agitando su pañuelo. Hízose amigo de unos pescadores y con ellos se fué á la pesca un día, mar adentro, mar adentro, en aquel mar pequeñito que no se acababa nunca... Y cuando ya se trataba de regresar á tierra, arrojóse Rafaelito al agua, aprovechando un descuido de sus compañeros, atentos al negocio de las redes, y comenzó á nadar con todas sus fuerzas. ¡Ay, que no se acercaba nunca la dorada costa! Flaqueaba el niño, rendíase ya al cansancio; sus ojos hinchados, cegaban roídos por el agua salobre... Sentía vértigos... iba á ahogarse. Hundíase ya en el abismo; y acordándose una vez más del hada bienhechora, la imploró angustiado: ¡Meriam, Meriam, Espejo! ¡Consuelo de afligidos... Salud de los enfermos! Y nuevamente se le apareció el hada, caminando sobre las ondas. ¡Socorro! -exclamó el niño al verla- ¡Auxilio que perezco -Morito- le dijo la Señora- ¿Cómo huyes de tu tiei- ra y de tu casa? -No soy moro, protectora mía; soy un pobrecito perro cristiano... ¿Y por qué eso de perro? -Porque así me lo han enseñado á decir aquí, Señora. ¿Y no sabes decirle de otro modo? ¡Sí, sí que sé decirlo de otro modo! Como me enseñaron mis padres... ¡Soy cristiano, por la gracia de Dios! -Pues ven, hijo mío; que yo te ayudaré en este trance. Y dejándolo en tierra cristiana, despidióse del niño diciéndole: -Adiós, hijo mío; y cuando te veas en un apu- ro, llámame, que yo vendré á ampararte. -Adiós, Meriam- -contestó el niño agradecido- j Bendita tú eres. Auxilio de los cristianos! Quedó Rafaelito en la playa, dando gracias á Dios por haberle libertado del cautiverio, y vio un grupo numeroso de gentes que se encaminaban hacia una cercana ermita, en procesión solemne. Unióse á ellas el niño y con ellas penetró en el santuario. Grande fué la sorpresa de Rafaelito al ver colocada en un trono rodeado de flores y de luces, al hada que tantas veces le había prestado su protección, y, conmovido, elevó á hasta ella sus miradas diciéndole: ¡Meriam, Meriam, Espejo, Protectora mía! Si esta es tu casa, no me hagas salir de aquí; permíteme estar siempre á tu lado; déjame verte siempre y siempre adorarte, hada bienhechora, más poderosa que todas las hadas de todos los cuentos... -No te apartes tú nunca de mí, hijo mío- -contestó la Señora- que aunque de aquí te alejes, S íú quieres estar junto á mí, siemiDre yo estaré á tu lado. Nunca desoiré tu voz ni me cansará tu ruego. Si sufres, yo te consolaré; que soy Conr suelo de afligidos; si enfermas, yo te sanaré; que soy la Salud de los enfermos; si pecas, ven á llorar, arrepentido, á mi regazo; que soy Refugio de pecadores... y si mueres, llámame; que yo soy la Puerta del Cielo... Hija de Dios; Esposa de Dios; Madre de Dios y Reina de todos los Santos... ¡Ay, Señora! -exclamó Rafaelito, recordando borrosas impresiones de su niñez- ¡Tú, Meriam, Espejo, eres María, la que ruega por nosotros pecadores! ¡Tú eres la Virgen, la Virgencita que yo tenía sobre la cabecera de mi cama! ¡Tú eres Aquella, á quien mi madre llamaba Torre de marfil. Casa de oro, Estrella de la mañana! Hada bienhechora mía: ¡Tú eres la más poderosa de todas las hadas de todos los cuentos! Llenóse la ermita de voces, pues ocurrió- -cosa muy fácil, como podréis ver en nuestros clásicos- -que Rafaelito fué reconocido por dos de los peregrinos que acudieran en procesión al santuario á dar gracias á la Virgen por haberlos libertado de su cautividad. Y estos dos redimidos, que dura esclavitud habían sufrido de los moros, eran ni más ni menos que los padres del niño, á quienes unos Mercenarios, habían rescatado en una de sus piadosas excursiones á tierras argelinas. Con lo cual no hay que decir el júbilo que los embargaría á todos, y los besos y abrazos que padres é hijo cambiarían entre sí, á los pies de Meriam, el Hada todopoderosa. Y colorín, coloreo... Señor director de BLANCO Y NEGRO: Permita usted que pase esta conseja... Y usted insigne Méndez Pringa, artista laureado y exquisito, hónrela con una de sus luminosas ilustraciones; que sea bien bonita, bien bonita... No olviden ustedes que se trata nada menos que de lograr que les guste á mis hijas este cuento; j a que, esta vez, si no es tan bueno como yo quisiera, comienza, al menos, como ellas quieren... ViCEHíE DIEZ DE TEJADA. Dibujo de Méndez Bringa. 1 2 3 4 5 6 7 8-