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saben apreciarlos? Dios mió, ¿por qué no les gustan mis cuentos á mis hijas? -Pues es muy sencillo, papá- me dice la pequeña- tus cuentos no nos gustan, porque tus cuentos, no son cuentos... ¿Qué dice esta menudencia? Porque los verdaderos cuentos, comienzan todos, diciendo: Pues señor; una vez. y los tuyos no empiezan así... ¿Por esto? ¿Nada más que por esto? ¿Debo entristecerme? ¿Debo alegrarme? Pues allá va éste, corazón mío; allá va éste... que no ha comenzado aún ¿eh? que va empezar ahora, ahora... A ver si éste os gusta... Principio: PUES SEÑOR, una vez... y de esto hace ya muchos años; algunos siglos- -era un matrimonio que tenía un hijo, un niño chiquitito que se llamaba Rafael, y, con esto, casi está dicho que era de Córdoba, donde se llama Rafael medio mundo y la mitad del otro medio. Este matrimonio dedicábase al comercio de alhajas, construidas por el esposo, que era un orebde afamado; un platero excelente que con este nombre los conocemos ahora en España, aunque allá, en su tierra, fuese él conocido por todos sus paisanos, por el señor Juan el Orero, marido de la señora María de Luna, que por ferias y mercados vendía las alhajas fabricadas por el señor Juan. Con su industria y su comercio, ganábanse ambos cónyuges muy bien la vida, y aun ics sobraba para ir amasando una pellita de onzas para el día de mañana, para cuando Rafaelito, hecho ya un hombre, y seguramente, un maestro en su arte, quisiera establecerse, abriendo la mejor tienda de joyería de Córdoba, Pues ocurrió que, en cierta ocasión, corriendo mundo, fueron de pueblo en pueblo, padres é hijo, á parar á las costas de Levante, donde tuvieron ocasión de tratar con un orfebre mallorquín, muy hábil y muy diestro en el arte de la filigrana, que es, precisamente, lo que más fama ha dado á los artífices cordobeses. Quisieron los padres de Rafaelito pasar á Mallorca para estudiar de cerca los adelantos de aquella rama de su industria, y aprovechando la oportunidad de zarpar con rumbo á Palma un barco de gran trapío y de mucho andar, embarcáronse en él, poniendo norte á la dorada isla. Toda la tarde y más de media noche llevaban ya de navegación los viajeros, cuando de pronto se alborotó el barco todo. Gritos, carreras, ayes y lamentos oíanse por todas partes y cuando los cordobeses, con su niño en brazos, subieron á cubierta asustados, creyendo que habría fuego á bordo ó que el barco se iba á pique, oyeron una exclamación que los dejó helados de espanto. ¡Los piratas! ¡Que vienen los piratas! -gritaban los marineros; y no acabaron de decirlo, cuando ya el bauprés (ese palo horizontal que se ve en la proa) se les había echado encima, colándose como una espada entre el cordaje de su embarcación, como si quisiera herirla de muerte, atravesándola de parte á parte. Y cabalgando en aquel palo, que parecía un dedo indicando el camino de la conquista, fueron pasando los piratas de la cazadora nave á la sor irendida nao, entre una tormenta de tiros y una lluvia de balas, haciéndose bien pronto dueños de ella y de todo cuanto en su seno encerraba y aun de su gente, si alguna quedó para contarlo. Desaparecieron en la refriega los padres de Rafaelito, y á él lo hallaron los piratas, que eran moros de Berbería, muertecito de miedo, agaza- pado entre un montón de cuerdas al píe del palo mayor. Tomólo para sí el arráez- -que es como si dijéramos el capitán de los corsarios- -y lo hizo su esclavo, llevándoselo á su casa en tierras moghrebinas, donde quedó al servicio del moro y de su mujer: una negra horrorosa, con unos morrazos que metían miedo. Apenas cinco años contaba el niño cuando cayó en cautiverio y ya lo hacían trabajar sin descanso, como si fuera una bestia de carga, en los más duros menesteres caseros y aun en las rudas faenas del campo, sin piedad alguna para sus cortos años ni compasión para su tierna infancia. Figuraos la que sufriría el pobrecito, solo, sin padres, sin aquellos padres que tanto lo amaban, sin sus cuidados, sin sus caricias y sin sus besos... y rodeado de gentes infieles y bárbaras que lo mortificaban sin piedad, que le llamaban perr cristiano, y como si realmente perro fuese, lo tra taban á patadas y á golpes, mal alimentado y des nudo, y con un rincón en el suelo para dormir, en vez de la blanda camita de su casa... Y ocurrió que, un día, un crudo día de invierno, enviaron sus amos á Rafaelito á buscar leña al bosque, cubierto de nieve- -que también nieva en Berbería- y el pobre niño descalzo y mal vestido, recorría el monte recogiendo las ramas secas tronzadas por el viento, con las que poco á poco iba formando un haz grande, grande, que con su peso lo agobiaba. ¡Ay, Dios mío! -decía el chiquitín llorando- i Si estuviéramos ahora en aquellos tiempos en que las hadas buenas se compadecían de los niños, y los protegían, según pasaba en los cuentos que me contaba mi madre para dormirme! ¿No habría de encontrar yo un hada bienhechora que se apiadase de mí? Y al decir esto, vio Rafaelito con el mayor asombro que uno de los secos árboles del monte comenzó á temblar y á cubrirse de ñores, sonrosadas y candidas como las del almendro, mientras se dejaba oír una música suave que parecía bajar de los cielos mismos, y en medio de la florida copa, envuelta en vivo resplandor, apareció una señora herniosísima, toda vestida de blanco, tan resplandeciente, que los ojos cegaban al mirarla. Cayó el niño de rodillas al verla, y el hada des- cendiendo del árbol florido, acercóse á él, lo acarició, secó sus lágrimas, y tomando el haz de leña en sus brazos de luz, acompañó á Rafaelito hasta la puerta de su casa. Adios, hijo mío- -le dijo- Cuando estés triste, llámame; que yo vendré á consolarte. -Y ¿cómo te llamaré. Señora? -preguntó el niño. -Llámame Espejo, que es mi nombre; y si quieres pronunciarlo en mi lengua, llámame Meriam. -Adiós, Meriam- -suspiró el infante- ¡Bendita tú eres, que consuelas á los afligidos! Pasó tiempo y Rafaelito cayó enfermo por los malos tratos sufridos y por el exceso de trabajo. No podía camirar el pobre niño, debilitado por la fiebre; ardían sus sienes y se le iba la vista huyendo de sus ojos; una sed horrible le devoraba, y el haz de leña que abrumaba sus espaldas le hizo rodar por tierra, desfallecido. Allí quedó desvanecido y, creyendo morir, acordóse del hada bienhechora, y la llamó con dolientes voces: ¡Meriam, Meriam, Espejo, Consuelo de los afligidos!