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Uno de sus anugus) mLi. ijjicLauuu el dcseu de lodos los que con él se habían sentado á la mesa, le preguntó: ¿Qué mérito tiene ese alfiler? Desde que te conozco me ha sorprendido que te prendieras la servilleta, y doblemente la reverencia con que miras al alfiler, en verdad nada artístico. -Pues para mí tiene un valor inapreciable- -repuso Robles, y añadió- Te contaré su historia si Alicia no se opone, porque el relato la recuerda el pasado de unos amigos á quienes queremos mucho. La aludida, que era la mujer del banquero, se sonrió bondadosamente é hizo uji signo negativo con la cabeza. Jorge levantó la servilleta, miró el alfiler y habló de esta manera: -Mi amigo se quedó huérfano cuando tenía escasamente seis años, y le recogió una vecina con el propósito de explotarle cuanto pudiese. Antes de amanecer lé enviaba al monte á cortar leña, obHgándole á traer una carga muy superior a sus fuerzas; le encargó del cuidado de las cabras, haciéndole trabajar en los quehaceres de la casa hasta que el infeHz, rendido de fatiga, se tiraba en el suelo falto de fuerza hasta para defenderse de la paliza que le propinaba como recompensa de sus trabajos. Una mañana espléndida de Mayo salió el, chiquillo conduciendo ebrebaño; llegó al prado donde pastaban las cabras y, olvidando su deber, se echó á dormir. Cuando despertó eran más de las doce. Lleno de sobresalto se puso de pié, se restregó los ojos, y empezó á llamar por su nombre á las cabras, las que, acostumbradas á la voz del pastorcillo, acridieron como perros; pero faltaba una. El chico, aterrado, corrió en todas direcciones gritando desesperadamente hasta que se convenció de la inutilidad de sus esfuerzos; entonces pensó en lo que le esperaba al volver al pueblo y decidió escaparse, prefiriendo cazar pájaros y robar manzanas á seguir soportando el mal trato de aquella mujer. A la mañana siguiente llegó á una aldea y, después de descansar á la sombra proyectada por la iglesia, se dirigió á una casa de buen aspecto en cuya puerta encontró á una niña llorando. Pensando que quizá fuese algún ser tan desgraciado como él, se atrevió á preguntar por qué lloraba, y ella le dijo cjue había perdido la aguja con ue debía coser y que si no concluía la tarea impuesta por su madre la castigaría. El pastor, con la satisfacción del que se siente protec 410- UN ATRACO I. -Aniceta, yo sé lo que puede aliviarte y voy en su busca. 2. Veremos si encuentro alguna tienda abierta. 3. ¿Tendría usted la bondad, antes de cerraf de despacharme? 4. -Me voy reconocidísimo, Adiós, y un millón de gracias. 5. -Ahora, escapado á casita, á llevar este consuelo á mi mujer. 6. -Parece cosa de provecho lo que lleva este tío. -415-