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í Ay de las pobrecitas moscas, que en ellas tienen su recreo y celebran sus saraos y reuniones! Otros muchos ejemplos pudieran traerse á colación, pero al buen entendedor, pocas palabras bastan y para muestra, basta un botón Es el caso, que la salud, verdadera sal de la vida, está al alcance de las más modestas fortunas. Puede salir uno de su casa agobiado por treinta dolores y pueden todos éstos desaparecer como por ensalmo mediante unas módicas perras más ó menos gordas, de tal manera que, al tornar á casa, todos se queden patidifusos, lo mismo que si vieran á un resucitado. i Ahí es nada... Don Pancracio, el buen don Pancracio, que andaba siempre con las limonadas purgantes, con la magnesia efervescente, y que debía tener los intestinos estucados con el bicarbonato químicamente puro, y que se alimentaba casi, casi de entelequias, ahora es otro hombre, y se come cada plato de ensalada que recuerda al estanque del Retiro como postre de una cena pantagruélica. Su esposa, que lo mira asombrada, murmura dolientemente: -Hombre, tanto exceso en la comida puede serte perjudicial... ¡Quiá! Ni mucho menos. todo Madrid su rostro partido por gala en dos, merced á una serie de flemones completamente refractarios á explotar, y que él abrigaba cariñosamente con un pañuelo negro; don Serafín, que apenas podía masticar el pan blando, ahora llega á su casa radiante de alegría y, ante ía atónita familia, muerde los palos de las escobas y los ganchos de las perchas. -i Que te vas á estropear la dentadura! -grita su suegra. -No, señora; es de hierro... Mire usted... Y para que se convenza le hace presa en un brazo. Todos echan á correr pensando que está loco y él se ríe á mandíbula batiente para demostrar también la bondad del específico. ¡A h í e s nada... Don Fermín iba siempre andando como si quisiera hacer festón- con los pies. En cuanto pisaba una chinita veía las estrellas; en cuanto! e pisaban, no veía gota, por que las lágritnas nublaban sus ojos. Llega á su casa y antes de que cierren la puerta coge á su señora, á pesar de sus 75 kilogramos, y emprende con ella un galop frenético. Su costilla arrebatada por el torbellino, exclama: -i f erminito! ¡Por Dios! ¡Ojo con los ojos... El se quita las botas y los calcetines... Nada, no Y Pancracio, cuchillo en ristre, infiere a l queso una puñalada de pronóstico reservado, muy reservado. Su esposa, musita: ¡Tanto gasto en comer va á traducirse en quitarle unas plumas á mi sombrero... i Ahí es nada... Don Serafín, el simpático don Serafín, que antes estaba siempre echando las muelas divididas en partes infinitesimales y que mostró á tiene nada, salvo unos pelitos cerdinos en el empeine. ¡Loado sea Dios 1- -gritan todos. Y los sellos H- -dice; don Fermín pegándole uno á su cónyuge en mitad de la frente. ¡Oh, Madrid, Madrid d, e mis entretelas! Los que vivimos á la sombre de tu madroño y guardados por tu oso, si nos quejamos, ib hacemos por vicio. Cien panaceas nos acechan en otras tantas esquinas... JOSÉ A. LUENGO, ibujos de bileno.