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aquella vaguedad de sonámbulo que ni una sola vez dejé de notar en su cara. Antonio Borjas y j o íbamos invitados á cazar en el coto de Pablo Reguera, un compañero de Casino. El coto estaba situado más allá de Villalba, donde empezaban á escasear las piedras enormes y quiméricas. A los tres amigos nos unía un estrecho afecto á pesar de lo opuestas que eran nuestras vidas. Borjas era teniente corone! acaso el teniente coronel HILIS J oven cíe todo el ejército español. Reguera agente de Bolsa; y sin embargo no pasaba día sin que nos viésemos en el Casino ó en la garzonera de Borjas, el vínico soltero de los tres. Borjas era un hombre sombrío. Por debajo de la amable corrección con que atendía á los amigos y conocidos tenía súbitos silencios, inesperadas brusquedades, y sobre todo la mirada, vaga y penetrante á un tiempo mismo. E r a n los suyos unos ojos de inquietud y de misterio, de hombre que ha visto más allá de lo ignorado. E s t o bien podía no ser más que presunciones a v e n t u r a d a s porque, fuera de los súbitos silencios y de la repentina hurañez sombría, Borjas era un hombre normal, con una brava historia de héroe, adciuírida doce años antes en nuestra guerra colonial. Dejamos atrás Pozuelo y su estación, solitaria á aquella hora crepuscular. Recordamos las tardes estivales y las jovencitas y los pollastres ridículos que pasean por el andén jugando al veraneo. El recuerdo nos hizo sonreír. ¡P o b r e s muchachas! Pues, no creas, algunas se casan... -dijo Antonio. Seguí sonriendo. ¿Y tú? Me miró asombrado. ¿Yo? -S í ¿y tú? ¿Cuándo piensas casarte? Ya va siendo hora. L a mirada se entristeció súbitamente. ¡O h! N o sé... ¡Quien sabe! Tal vez el mes que viene... ¡Quizás n u n c a! Cuándo la encuentre. Callamos ambos. A través de las ventanillas vimos indiferentes cómo seguían huyendo kilómetros de llanura bajo el resplandor, cada vez más triunfal, del sol. Antonio Borjas rompió el silencio: -Oye, Juan. ¿Por qué me has preguntado eso? ¡Bah! ¿Qué se yo? Por decir algo... De sobra sé que tú eres de los rebeldes. -S í sí... Se le notaba claramente un vivo deseo de hablar, de abrir en un inexplicable momento de expansión el cofrecillo oculto donde todos guardamos nuestros secretos. Si tú supieras... Le miré sin contestar animándole con los ojos. ¿T ú no sabes, J u a n que estoy enamorado, locamente enamorado? ¿D e quién? -N o lo se. Ignoro su nombre. Ignoro donde está, ni quien es... Estas palabras, que oídas á otro hombre me hubieran hecho reír, en labios de Antonio Borjas causaban cierto malestar de angustia. Algunas veces me he preguntado á mi mismo si fué un sueño, una obsesión, hija del cerebro demasiado débil... Pero n o estoy seguro de que esa mujer existe ó ha existido... ¿Donde está? ¿Cómo se llama? ¿N o s volveremos á ver? No lo sé. ¿T a n desconocida es? -T a n t o V e r á s N o creas que es de ahora, sino de hace años, de cuando estuve á punto de morir allá en Cuba. El i 6 de Julio de 1896 caí gravemente herido... Llevábamos ocho horas de fuego. Los insurrectos se deíendian con aquella rabia, con aquel desprecio de la vida que siempre admiré en ellos. Yo era entonces capitán; tenía veintiocho años, mucha ambición y mucho avnor á España. Tal vez si no hubiese perdido la cabeza en un impulso loco y ciego que estuvo á punto de costarme la vida, no hubiésemos conseguido la victoria que luego me valió el ascenso á comandante y esta obsesión sentimental de amar á una mujer desconocida... Derrotamos al enemigo que dejó tras de sí bastantes muertos. Yo perdí también algunos soldados y cuando j a puse el pie en la hacienda defendida durante ocho horas, recibí dos balazos en la cabeza y uno en el pecho... Perdona estos detalles, pero son necesarios... Asentí con un movimiento de cabeza. Antonio Borjas se inclinaba hacia mí. Gu voz me llegaba apagada y melancólica. Las negras pupilas adquirían un fulgor más penetrante, como si el misterio las azuzara y afilase. Recobré el conocimiento en una casa desconocida. Junte á mi cama vi un hombre de barba blanca, que debía ser el medico, y una señora anciana y de sonrisa triste. Después entró un caballero alto, cetrino, que me miraba en silencio. Por la ventana de la alcoba se asomaba el campo y los rojos crepúsculos cubanos, en cjue siempre se oían cornetas y se veía balancearse suavemente una palmera... A la tarde- guíente vi otra persona más. E r a una muchacha alta y morena, con los ojos muy negros y el habla mimosa. Vagamente como en sueños, recuerdo su solicitud, la imprecisa suavidad de sus manos al mudarme las vendas de la cabeza, y sobre todo su voz, lánguida, dulce, leyéndome libros románticos como la María de Jorge Isaac. Ya convaleciente, la recuerdo en una terraza que dominaba la plantación, donde iban y venían las mujeres negras con faldas de rayas azules y blancas y unos pañuelos rojos anudados en la cabeza de pelo crespo. Plablábamos de cosas irreales, de cosas que luego no supe ni pude recordar, y por las noches, en el desvelo inquieto de la fiebre, pensaba que sería muy grato, muy feliz para mí que aquella