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Ctitese pof eüa ra A, HISTORIA DEL ALFABETO T as primeras tentativas de escritura fueron muy curiosas. Los antiguos pobladores del Perú paira perpetuar el recuerdo de sus guerras y de sus victorias sobre el ene. migo, se valían de pequeñas cuerdas que entrelazaban y anudaban dé modos diversas. Tan Tudiméntaírias formas de escritura; eran, sójo conocidas de los sacerdotes, que las estudiaban celosamente. Ved á continuación una j jágtrníí de esta curiosa léngjUa, escrita con simples nudos que representaba nonibres, lugares, sucesos, etc. etc. yosotros mismos, pequeños lectores, ¡cuántas veces, os habréis valido dé nudos Hechos en el pañuelo para recordar alguna cosa Los egipcios empleaban la escritura jeroglífica, en la cual las letras eran expresadas por figuras de hombres, animales, quimeras, árboles, NOEHE- ARBOLES, TRABAJO- UtRlMAS estrellas, etc. El sol, simbólicamente, indicaba la luz; el ojo, la vista; la oreja, el oído; para esqribir mes se dibujaba la luna ó una estrella; una abeja y un vaso representaban la miel; un vaso de agua, la sed; el cielo y una estrella, la noche. Los hombres empezaron á dibujar antes qué á escribir. Y lo mismo hacéis vosoirds, que antes de conocer el alfabeto, trazáis ingenuas figuras que vienen á representar palabras y cosas. También los babilónicos tenían una escritura figurativa. Reproducimos una muestra de su escritura. Los primeros en inventar las verdaderas letras fueron los fenicios, que las enseñaron á los etruscos y a los griegos y éstos á los romanos. Los asirlos escribían sobre ladrillos caprichosas inscripciones Como aún no existía el papel los pueblos primitivos escribían sobre las piedras, ladrillos ó en la corteza de los árboles, hasta que los egipcios emplearon el papiro, hoja de una planta que crecía á orillas del Nilo. LA LOTE RÍA 1 F fl a A fuerza de oir hablar á los mayores de billetes y décimos de Navidad, los niños de la casa, también jugar quisieron. Se roríipieron las huchas y los fondos que en muchísimo tiempo fué juntando el ahorro de los niños, le dieron ai abuelo. El compraría el décimo y daría, á cada pequeñuelo su participación correspondiente con su firma y su sello, y quedaría de depositario de aquél, hasta el momento del cobro y del reparto equitativo del anhelado preriiio. No hay que decir qué suma de esperanzas y de alegres proyectos, abrigaban las almas de los chicos pensando en el sorteo. Garlitos, compraría un buen caballo de los de carné y hueso, Rosarito tendría su magnífico automóvil eléctrico, Paquito, un tren de veras con sus choques y descarrilamientos... Salió la lista grande y no era el gordo ni ninguno de aquellos que llamamos mayores, ni tampoco estaba en los pequeños, i ni en aproximaciones ni centenas! Todos se entristecieron, y el abuelo les dijo: No afligirse que aun nos falta el reintegro Renacía en sus almas la esperanza de cobrai- su dinero, cuando Carlos gritó: ¡Si acaba en siete y el gordo acaba en cero! y el abuelo repuso: ¿Eso que importa? tomad, aquí lo tengo: no lo jugué y ya yéis, que, no jugando, es seguro el reintegro. CH. -403 406-