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mujer amable y comunicativa, se me acerca sonriendo, y me pregunta como siempre ¿Le ha gustado á usted la comida? -Me ha parecido detestable. Nunca me atreví á decírselo, pero es la verdad. Sencillamente detestable. -Pues largo de mi casa cuando quiera. ¡Habrá grosero! Por no reñir con patrona, criadas y demás furias salgo á la calle. En el tranvía me pisa un ciudadano. Antes, cuando era un redomado embustero, contestaría á su perdone usted con un de nada Pero como soy un hombre franco, replico: -Podía usted mirar donde pisa. No tiene usted ojos en la cara. Y entonces el ciudadano se incomoda y me dice una docena de barbaridades. Entro en una librería, ü n autor a, migo mío se me acerca y me hace una pregunta insolente: ¿Qué le ha parecido á usted mi última novela? -Qué sé yo... Es una imbecilidad, ¿sabe usted? Una imbecilidad inofensiva. Cosas peores se hacen. Por ejemitió, las de su señor padre... Y el autor se ha puesto muy serio y ha exclamado con indignación sincera: -Tenga usted por anunciados mis padrinos. El duelo, á muerte. ¡A pistola! Voy á un café y me dispongo á escribir dos cartas para sendos amigos que habrán de apadrinarme. El camarero me pregunta, solícito: ¿Café? -Dirá usted achicoria... Me traen veneno y recado de escribir. Pero al ir á trazar mi primera carta me detengo perplejo ¿Consentirá mi sinceridad una carta de fórmula, embustera como todas, llena de hipocresía. Y escribo: Señor ageno de alguna consideración y respeto: Entiende usted poca cosa de estas cuestiones, pero como no tengo á nadie mejor de quien echar mano, le ruego se dé la satisfacción de figurar como padrino mío en un lance que Y sigo de tal guisa. Por fin acabo así: Agradézcame usted este nombramiento, por que así verá su nombre en los periódicos. Roza su mano su conocido, que no le besa nada... Llego á casa de mi novia: ¿Me quieres? -Un poco. ¿Un poco nada más? -Nada más. Tienes algunos defectos incorregibles. Mi acento es llano, confidencial. Pero la niña, que tiene de la sinceridad un concepto arbitrario, échase á llorar convulsiva. Su madre acude rencorosa y trágica: ¿Qué ocurre? -Que su hija de usted es una histérica. ¿Una histérica? Y usted un mamarracho. -Y usted un adefesio, señora. Sépalo de una vez. Voy al teatro. Como la obra me parece muy mala, pateo. Acabo en la Comisaría. Y por la noche, cuando al fin me dan suelta y puedo llegar á mi casa, me recojo á meditar, y exclamo convencido: -Es preciso mentir. Acaso la existencia no sea otra cosa sino una humilde y piadosa mentira. Lms ANTÓN DEL OLMET. i! i; hSi. i. ¡TV. rsiífillH