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LA M E N T I R A yer me propuse no mentir jamás. Desperté muy temprano, con prisa para ir á mis negocios. En la calle me tropecé con un amigo: ¿Te molesto? -Bastante. -Eres muy fino. -Soy muy sincero. Y el amigo se alejó refunfuñando. A los pocos instantes se me acercó un mendigo -Una limosna, por caridad. Y yo le respondí claramente: -No quiero. Podria decirle que no llevo suelto, sencillamente que soy tan pobre como usted. Pero sería mentir. Llevo dinero. Lo que ocurre es que no me da la gana de regalárselo. El pordiosero se quedó estupefacto. Después le vi alzar su garrote. Y para no andar á palos con un perillán, tuve que huir. Y al fin cátame dentro de mi oficina. Y cátame después ante un conflicto enorme. -He resuelto en sentido favorable aquel informe de que hablamos. ¿Qué le parece á usted? La pregunta no puede ser más terminante. ¿Y es mi jefe quien exige respuesta. Y la verdad, yo tengo un pobre concepto inconfesado de mi jefe. Y como he decidido no mentir, exclamo: -Me parece muy mal. Conozco el asunto. Yo hubiera resuelto en contra. El jefe se quita las gafas, consternado. I- -Pero, ¿qué dice usted? ¿Se ha vuelto loco? ¡Atreverse á decirme... Es usted un insolente, por no calificarle peor. Me retiro. En el despacho sostengo con mis colegas varios altercados y me capto bruscas antipatías. Play en mi negociado una especie de zote popular que dice chistes. Y, naturalmente, ha perpetrado uno, y como es lógico me abstuve de reir. Alguien, asombrado, inquirió: -Te has c uedado serio... No te hizo reir la frasecita. -Exagerando mi sinceridad. Horaria. El cretinismo tiene la virtud de hacerme indiferente. Hay en mi negociado un petimetre. Y el curru- taco ha venido esta mañana estrenando corbata y chaleco. Se le dirigen loas. Yo estoy silencioso. Y alguien se aventura á solicitar mi opinión -Parece una mica disfrazada. Hay en mi negociado un seductor. Está contando una gran hazaña que huele, como todas las suyas, á embeleco. Los demás, por no contrariarle, fingen credulidad. Y yo, fríamente, en uso de mi perfecto derecho, movido por un sabio y ejemplar estimulo de justicia, exclamo interrumpiéndole -Todo eso que cuenta usted es un saínete ridiculo. Usted no ha conquistado ni á su portera. Y no será preciso demostrar cómo aquella oficina donde tan buenos amigos tuve, se trocó en cueva de adversarios. Salgo, vuelvo á mi casa y almuerzo. La patrona,