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tío añadió á la suma el duro de Mateo, dijérase que, de la fuerza de la alegría, sus mejillas, pálidas y apergaminadas, se tiñeron de rojo. Apagó la luz, porque no convenía despilfarrar y, abrazado al baulillo, se entregó á la dulce ocupación de no vivir sino para su tesoro, bajo la vigilancia de las despiertas estrellas que rutilaban. Mucho de brillante habría de tener la pluma, que se atreviera á describir el idilio del avaro y del dinero, porque es un amor colocado tan más allá de las fuerzas humanas que forzosamente ha de requerir una péñola capaz de bucear con sus áureos puntos en los más hondos repliegues del espíritu. El dinero está mudo, como un ídolo, dejándose adorar. El avaro lo palpa, lo mira, lo adivina resplandeciente en la penumbra, lo vé caer en torno suyo y, derretidas las entrañas por el éxtasis, le dice con el corazón; ¡Olí, tesoro mío! i Oh, moneditas relucientes como pupilas de diosas! Aquí os tengo y nunca os soltaré, aunque me lo exijan puñales, ó me lo pidan dagas, ó me lo ordenen revólveres... ¡Que os suelte! ¡Que c- s gaste! Mientras os poseo paréceme que soy dueño del mundo. ¡Y lo soy! No tengo que hacer más que mostraros, y las gentes caerán ante mi de rodillas... Pero nunca, mientras yo viva, os verán ojos humanos. Su codicia tendría fuerza corrosiva para derretiros, sus manazas se tenderían en la sombra para profanaros... i Moneditas mías, dtdces sois como la decantada miel hiblea! Vuestro tintineo hace desacorde la música de la brisa en los árboles. Vuestro brillo tiene más encantos que las hondas pupilas de mujer, búcaros de ilusiones. ¡Tesoro de mis entrañas! Me pareces perfumado como el vinillo nuevo. La embriaguez salta por mis venas... Don Senén, verdaderamente enloquecido, estrechó el baulillo contra su esternón hasta hacerse daño. Llamaron en la puerta de la calle. ¡Plaf, plaf) La vieja sirviente habló con alguien en la obscuridad, del patio. ¡Señor... -dijo, al fin, tartamtideando con su voz chillona- ¡AJií suben á veros... El doctor alzóse ágil como un jovenzuelo y escondió su tesoro entre dos macetones de geráneos. ¡Adelante, adelante! -clamó, encendiendo la luz, medio escondida entre unos verdes pámpanos. Cesó de crujir la escalera bajo el peso del que subía. Por el corredor avanzó un bulto. Don Señen hizo pantalla de la mano derecha. ¡No me esperaba usted! -dijo una voz dulzonamente formidable- Pues aquí me tiene... -i Mateo! Tú eres Mateo... El médico tuvo un momento de vacilación, durante el cual se c uedó blanco; pero, repuesto, fué de dos brincos por el baulillo, levantólo á duras penas, y con él sobre el vientre, gritó: ¡No te lo doy, Mateo! -Tenía calor entre los cirios- -ciAtinuó Matee sin comprendXn- -y me dije: Resucitemos provisionalmente... ¡Vamos, acerqúese usted! -No te doy el duro... Lo gané honradamente con mi ciencia... ¡Ja, ja, ja! Pues ya ve usted; era un recuerdo de familia, y no va á haber más remedip... V enga esa mano... Como avanzara hacia el médico, éste, violáceo, convulso, con loS ojos fosforescentes de espanto, retrocedió. ¡Nunca, nunca! -gritaba. Viendo que por el corredor no tenía escapatoria, se metió en su despacho. Lo atravesó... I Iateo le seguía, sin dejar de reir. Llegaron a l a alcoba. El resplandor de un vecino farol, f ¡ne entraba por el abierto balcón, permitía ver el lecho y las manchas negras de los cuadros en las blancas paredes. Don Senén revolvía furiosamente los ojos y no despegaba el baulillo de su vientre. Jadeaba. ¡No te acerques, no te acerques! ¡Nunca! ¡Venga pronto esa mano! -añadió Mateo riendo con toda su gaña y avanzando resueltamente hacia el doctor. En aquel instante violo subir al lecho y saltar desde él por el balcón a l a calle... ¡Don Senén, D. Senén! -exclamó Mateo. Apoyado en el férreo barandal, contempló un bulto inmóvil en el arroyo. El silencio infinito del ambiente, cayó sobre su corazón... Por el portal r uería explicar á la vieja criada lo que para él no tenía explicación: -Yo trataba de decirle cómo mi nmerte no había sido más que vm desmayo y... él... ¡Vamos! Si es para volverse locos... Abrieron el, portón y vieron á D. Senén bajo el halo amarillento de un farol. Ya no alentaba. Su cabeza sangraba sobre los guijarros. El baulillo. casi deshecho encima de su esternón, dejaba caer por la faz y por el cuello una lluvia de monedas blancas y doradas... ¡Daba horror acjuel beso de los amantes en la agonía! Los astros seguían sus rutas eternas. La serenidad de los cíelos no se altera porque haya un cadáver más. El infinito es inexorable, es la eterna y sombría esfinge, muda y ciuieta ante los acaecimientos humanos... JOSÉ A. LUENGO. Dibujo de Méndez Bringa. -1 2 3 4 5 6 7 8