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oídos con que su marido se ha muerto de repente. ¿Sabe usted, ni sé j O, ni sabrá nunca nadie, cómo se elaboran estas muertes repentinas? Acaso el germen de este acabamiento se encontrara, de buscarlo, en algiin microbio aposentado en una célula de su cuerpo, allá, en los remotos tiempos de su lactancia... Nada hace la Naturaleza de un modo repentino. Lo cj ue sucede es c ue nosotros la juzgamos según nuestra pequenez y la empequeñecemos. Enfundó parsimoniosamente las gafas, y la viuda, limpiándose las lágrimas, se dispuso á despedirlo. Entonces D. Scnén tornó á hablarle con aquel su tono campanudo y solemne: Señora, de c uc se incomoda á una persona es para pagarle la incomodidad en moneda contante y sonante... i Vamos! Me parece á mí... -Ya ve usted la desgracia que me ha caído encima. Nadie mejor cpie usted conoce mi angus iosa situación. La cosecha hogaño fué mala. Cayó sobre el trigo la langosta en bandadas que anegaban los campos... -Nada cjuicro saber, señora doña Tomasa, sino que yo vivo de las enfermedades y de las muertes del prójimo, y si en mi exiguo presupuesto suprimo esta fuente de ingresos, me suprimo á mí mismo de sobre la haz de la tierra, puesto que de nadie se supo hasta hoy que viviera sin comer... -Pero de sobra conoce usted... -A pagar he dicho, señora... La pobre acudió con un duro y, al entregárselo, lanzó sobre el, á manera de propina, un diluvio de. improperios. ¡Tío roña! ¡Permita Dios que se lo coma tisted en botica! ¡Permita Dios que una noche le roben hasta la camisa! ¡Ojalá que mi pobre difunto, alzándose de su tumba, le amargue el cueño para sacárselo de las entrañas! A cuyas últimas palabras ya D. Senén traspuso y cerró la puerta. En la calle le rodearon chicos y mujeres. ¿Qué le pasa á Mateo? -preguntaban. -Ya, nada... Es un cadáver... Según caminaba hacia su casa, el médico iba murmurando entre dientes: ¡Tacaño! líay que guardar por si vienen días malos... ¿Quién está seguro del mañana? Y... ¿será bueno el durito? Llegó á una solitaria plazoleta. En aquella casi geórgica quietud, bajo la grata umbría de los copudos y añosos árboles, cuyas hojas comenzaban á ponerse amarillentas, unos pétreos bancos, de forma rudimentaria y primitiva, ofrecían á los cuerpos lánguidos por el calor la dura cama de sus carcomidas y agrisadas losas. Entre banco y banco crecían unos exiguos evónimos y unos altos rosales de enzarzados brazos. Una florecilla solitaria se erguía orgullosamente en lo alto de un cogolludo y, aunciue de pétalos contrahechos y de corola medio corroída, ufanábase porque era la última y porque pensaba que para ella sola lucía el sol, vagaba la brisa, cantaban los pájaros y runruneaban los insectos. La pobrecilla, para pagar las atenciones de tantos seres, no disponía más que de su perfume y lo prodigaba, aromatizando el ambiente. Al fondo de la plazoleta alzábanse los muros de la vieja iglesia parroquial. Era una de esas iglesias rurales que tienen el encanto de las cosas sencillas y buenas. En las vidrieras de las estre- chas ojivas hacían las arañas sus grises y sutiles telas. Como anciana que era, lucía dos ó tres corcovas en su techumbre. En las rendijas de las piedras hacían los pájaros sus muelles nidos. Sobre las tejas, la mano de Dios había puesto numerosas plantas, entre las cuales descollaba el jaramago con sus racimos, de florecillas gualdas. Tenía ante la puerta un pec ueño portal, con dos recios bancos de encina, y en la ventruda muralla, que daba al mediodía, dibujábase apenas un reloj de sol que no servía para nada, por yacer casi siempre sepultado en la sombra ciuc sobre él proyectaba una brava higuera salvaje. En la cima ele su achaparrado campanario, una veleta, en forma de flecha, apuntaba constantemente al Norte, porque la herrumbre rojiza le impedía todo movimiento. ¡Oh, humilde iglesia, más grata á Dios que las basílicas, de mármoles y jaspes construidas! La tapia dei huerto del párroco seguía hasta la calle el trazado de la plazoleta. Don Senén avanzó por ella sin parar mientes en nada de esto. El ver cuotidianamente las cosas hace que pierdan la fuerza de sus hechizos. En cuatro empolvadas y viejas acacias las cigarras arrullaban la siesta de los gorriones. Un verde lagarto dormía al sol sobre un banco de piedra. No hacía viento. Entonces sacó el duro y le hizo botar sobre un pedrusco. Luego lo miró y le clavó los dientes... Era bueno. ¡Que me lo reclame el difunto! Como si fuera mal ganado... En una calle inmediata se presentó el tío Ruto. Era un viejo mendigo que se encargaba de anunciar la muerte de los miembros de cierta cofradía, tañendo por todo el pueblo una campanilla. Tenía el paso vacilante y apoyaba su derrengado corpachón en un cayado amarillo de encorvado puño. Un pardo sombrero le encubría el rostro purpúreo con sus haldudas alas, y sobre su costado izc uierdo se mecía un zurrón de inexcrutables entrañas. El tintineo acompasado de la campanilla obligaba á las vecinas á salir á las puertas. ¿Quién se ha muerto? -le preguntaban. -Mateo García- -contestaba el tío Ruto. -Pero, ¿es posible? Y las manos iban, y venían sobre los rostros, trazando cruces de admiración. Don Senén, en tanto, proseguía su interrumpido camino y repetía, sin dar vagar á sus delgados labios: ¡Que me lo reclame el difunto! ¿Ilabráse visto? II Por la noche D. Senén estaba en un corredor de su casa que caía sobre el patio, encima de un esmeraldino y susurrante emparrado. Llabía cenado ya una exigua ración de sardinas fritas, mojadas en cierta vislumbre de vino blanco, pues no llegó á medio vaso lo que trasegara. De postre tomó una raja de sandía que recordaba el menguante de la luna, cuando en lo alto del cielo muestra su filo brillante y sutil. Había, después, ordenado á su vieja sirvienta que se refocilara con pan moreno y peces. A la sazón, solo, sacó un baulillo y, encima de la mesa, lo abrió, y, sin turbar apenas el silencio, comenzó á contar los dineros que contenía. Cuaa