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monstruosas con diminutos tricornios. Kl terror del, pobre niño no tuvo límites, cruzó las manos y, cayendo de rodillas, rompió á llorar. Las cabezas monstruosas se movían amenazadoras; dos ojillos redondos y brillantes le miraban con aterradora fijeza, mientras una luz microscópica, pero muy intensa, se acercaba á él describiendo curvas en el suelo. ¡Pobre Paquito cuánto sufría! Pensó en sus padres, á los que no creía volver á ver, y en la suerte del buen sacerdote que con tanta paciencia le cuidaba; sintió un profundo remordimiento, comprendiendo que por- su altiva desobediencia y quizá por salvarle, aquellos seres de cabeza gorda con tricornio, que se balanceaban sin descanso produciendo ruidos siniestros, se le habrían comido, como indudablemente pensaban hacer con él. P ío su arrepentimiento fué tan sincero, que no pudiendo contenerse exclamó: -i Perdón, Dios mío! Vos que todo lo podéis salvad á don Juan José, aunque yo deba perecer aquí. Apena, s pronunciadas estas palabras se separaron unos arbustos y apareció el preceptor sano y salvo, aunque muy emocionado, y levantando al niño, que se echó en sus brazos sollozando, le dijo: ¿Ves, hijito, las consecuencias de tus caprichos? Yo espero que el susto de esta noche te sirva de corrección para dominar los malos impujsos, recordando siempre que los niños no pueden mandar hasta que apruben la asignatura de experiencia. Dígame usted- -preguntó Paco en voz muy baja- ¿de quiénes son esas cabezas, aquellos ojos y la luz que no se está quieta? Ven- -repuso llevándole de la mano- esas cabezas son las zarzas donde dejaste tus sombreros de cartón; aquellos ojos, los del muñeco de frac encarnado, y la lucecita, un gusano de luz muy bonito que nos llevaremos á casa para estudiarle. El foco eléctrico del tranvía, que se detuvo en aquel momento, iluminó la escena, y el niño, convencido de que no existía nada de lo que el miedo y las tinieblas de la noche le habían hecho ver, recogió sus juguetes y volvió á San Sebastián dispuesto á obedecer siempre. Si alguna vez su carácter altivo se sublevaba, bastaba con que el preceptor preguntase: Vamos á Portucho? para que con una dulce sonrisa sob re los labios se sometiese sin replicar. MARÍA DE P E R A L E S 194- DÍAS SOLEMNES 1. El día en que Manslin vino á este mundo ruin. 2. El que su señora, abuela le fué á llevar á la escuela. 3, El que hizo la adquisición de un caballo de cartón. 4. El que pasó el pobrecillo fumando el primer pitillo. m m y B 5. El que siendo un monigote vió le apuntaba el bigote. -399 6. El de una calaverada, con su bronca y bofetada. Concluirá.