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At Jí inaderu. apHetaaas paredes, donde La soledad de aposento deshabitado parece hablar del tiempo muerto y lejano. Nadan en la amplitud de lo habitación un sencillo lecho, un aguamanos y una butaca enfundada de blanco. Edmundo despide á Leandro, tras de haber éste encendido el velón que hay sobre un velador, y se acomoda en la butaca. No tiene sueño, aunque sí al ún cansancio. La fuerte impresión recibida al visitar su casa después de veinte años, le llena el alma de inquietud y recuerdos. La ocasión es evocadora, la soledad dijérase que se puebla de fantasmas... Edmundo deja hablar á su corazón y, como en sueños, dice: EDMUNDO. ¡Qué tristemente me hablas, alma, de este hogar! Al regresar á ti, después de tantos años, creí encontrar algún calor entre estas paredes, y sólo frío encuentro. Creí también que algún eco de alguna voz querida despertaría para hablarme, y todo está en silencio. Ninguna voz responde á mi saludo, ninguna sombra amada resucita á mi paso... Inexorable es la nada, tristes las sombras que cruzan por la vida y en la nada van á dar para no revivir nunca. Soledad, ¡qué amarga eres! (El viajero está respaldado en la butaca y con los ojos medio cerrados. Una sombra blanca y, dulce, la sombra de su madre, surge de la soledad para decirle LA SOMBRA. -No, hijo mío, no estás solo. Si tú no buscas mi recuerdo con frecuencia, yo siempre estoy contigo. Pegada á tu sombra voy, y á todas partesime llevas sin tú saberlo, noche y día; y así lloro cuando tú lloras, y río cuando ríes, y sufro cuando caes y mi mano es impotente para levantarte, sólo ahora que me llamas, me es dado revelar mi presencia; hoy que tienes la caridad de visitar el sitio en que has nacido y buscar mis huellas... Cuando los hijos las llaman siempre responden las madres muertas; cuando no, qué pueden hacer por ellos, si ellos no oyen la. voz que les habla, no ven la sombra que con ellos camina? Hoy que me buscas, en todas partes hallas vestigios de mi paso, toda esta casa está llena de mi recuerdo... Dios te pague la visita que me haces. Ella me dice que tu corazón es bueno, que los placeres del mundo no te halagan más que el propio sentimiento, que un desengaño de mujer te ha dejado triste el alma, y áun- pena te mata. ¡Pobre hijo mío! ¡Querías encontrar lina mujer que te quisiera más que tu madre! ¿Qué saben las mujeres de amor sin interés, de amor de sacrificio, sin vanidad de hermosas ó de heroínas? Las madres son las verdaderas enamoradas. Ellas saben curar heridas que otras mujeres abrieron con su crueldad y egoísmo, ellas saben perdonar, fortalecer, aliviar al hombre en sus quebrantos, consolarle... Sólo ellas tienen olvido para sus culpas, amor para sus flaquezas ó errores... Amar es dar amor sin pedir nada por ello. Descansa, duerme... Sobre la llaga de tu corazón desilusionado mis labios ponen muchos besos... (El viajero tiene cerrados los ojos. Agoniza la lus del velón. Otra sombra, la de su padre, surge también de entre el claro- obscuro, y blandamente dice: LA SOMBRA. -Hijo, ¿qué te ha traído hasta aquí; ¿Qué jornada es esa que haces desorientado, confuso con alma inquieta y como fatigada de vivir? ¿Qué pena es esa que tan escondida llevas bajo máscara de indiferencia y tanto te abruma... Sé fuerte no malgastes el corazón en estériles lamentaciones. Vt adelante en tu camino, firme el paso, confiado el corazón, valiente el espíritu, seguro de encontrar la dicha. Acuérdate de mí para ser más fuerte; que mi re cuerdo estimule tu voluntad. Sé como yo cuando vi vía y cruzarás la vida sin desmayos, sin cansancio con los ojos puestos al fin del camino, en ese punto invisible casi, que más se aleja cuanto más nos acercamos á él, y qué se llama vulgarmente ideal para con una sola palabra denominar todas las ambiciones de! espíritu. No temas, no vaciles nunca, no vuelvas los. ojos atrás, donde quedamos los que fuimos, donde todo es muerte, y tristeza, y nada. Vé siempre hacia el mañana, sin detener el paso, sin pararte á llorar la ingratitud del amigo, el odio del enemigo ó el desdén y la crueldad de la mujer... Sé bueno, y noble, y fuerte sin sentimentalismos femeniles, y serás feliz. Y ahora descansa, alivia las fuerzas perdidas del alma y el cuerpo, duerme... (El viajero, respaldado en la. butaca, está dormido. Rodeante, como en una pesadilla, las dos sombras aparecidas. Con sayal de recuerdos, bajo la forma del amor familiar, besan la frente del viajero los labios consoladores del Ensueño, de este hada tan buena que se aparece á todos los tristes caminantes cuando hacen un alto en el camino para aliviar un poco la fatiga mortal de la jornada inacabable. J. ORTIZ DE P I N E D O Dibujos de Regidor.