Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
j- ÍT 4- LAS SOMBRAS QiJF. Rl ¡3 AS C A L A entarvmaua y ancha úe una aniigim cusa cte pueblo. Muebles viejos de pino y nogal. Un arcan, tina mesa. Sillón de cuero, sofá, sillas. Amplia chimenea de campana. Dos balcones se abren sobre una plazoleta de bancos de piedra y arbolillos entecos. La lámpara de petróleo, que pende del techo, está sin encender. No hay más luz que la gris y confusa del anochecido en una tarde de Octubre. LEANDRO. Ay, señorito! ¡Qué alegría más grande me ha dado usted! ¿Cómo iba á conocerle? Después de tantos años... Un rapaz era usted cuando marchó de aquí. EDMUNDO. -Bien, Leandro, bien... Yo también teng Ojuna alegría viéndote... Te recuerdo, no creas que lio; te recuerdo perfectamente. Sólo que estás ahora un poquillo cambiado... Son veinte años los que han transcurrido. LE. NDRO. -Me encuentra usted muy viejo, ¿verdad? EDMUNDO. -Un poco viejo, ¿cómo no? Los años no pasan en balde... Andarás rondando los sesenta, ¿no es esto? LE. NDR 0. -Dejé de rondarlos va ya para tres años, eñorito. EDMUNDO. -Pero estás saludable, animoso... LEANDRO. -Eso sí; á Dios gracias, no sé lo que es m ahogo, una flojera ni un mal dolor de cabeza. De oble me hicieron, y de roble sigo, hasta que empiece V blandear. (Han cru. zado el zaguán y suben la escalera. Al legar á la puerta de la sala se detienen, y poco iespués penetran. Por el camino pregunta Edmundo EDMUNDO. ¿Y estás contento? ¿Te encuentras satisfecho con estos quehaceres? LEÍ NDRO. ¿Pero qué trabajos son estos, señorito? Guardar la casa, dormir en la casa y comer del amo... No están malos quehaceres... Más de cuatro los quisieran para alivio de los suyos. EDMUNDO. -Podía no ser así, Leandro, y por eso te he preguntado. LE. INDRO. -Dispense que le diga, señorito, que tratándose de esta casa no podía ser de otra manera. LOS amos, que en gloria estén, me querían como usted sabe, y usted... también me aprecia como yo sé y como no me merezco. EDMUNDO. -Como te mereces, Leandro. LEANDRO. -Pues añada usted al aprecio el sosiego de la buena vida y la tranquilidad de saber que no ha de faltarle á uno el pan ni el cobijo, y á ver quién no se cambia conmigo. EDMUNDO. -Amigo Leandro, ¡qué triste me parece todo esto! A medida que visito estas estancias, revive en mi memoria la visión de este lugar en días más felices, cuando mis padres, tus buenos amos, vivían; cuando yo era un chiquillo, y un día salí de aquí para tierras lejanas. Querido Leandro, han pasado veinte años, y al venir al cabo de ellos á dormir una noche en la casa donde he nacido, para scguii mi camino, todo lo encuentro más triste, y como máí viejo, y de todas las almas que la habitaban sólo te encuentro á tí... LEANDRO. -Las cosas de la vida, señorito. Dios lo ha querido así. EDMUNDO. -En esta estancia tuve yo mis juegos de niño, ¿te acuerdas? En este sillón vacío... se sentaba mi padre. LEANDRO. -Sí, señorito... Pero ¿á qué va usted á afligirse? EDMUNDO. -Por las cosas de la vida, Leandro, como tú has dicho. ¿Qué quieres aue haga? No he venido á divertir el ánimo, sino á experimentar el doloroso placer de visitar la casa donde he nacido y mis padres han muerto solos, por si azares de la vida hacen que no pueda volver más. Bien, Leandro... Me encuentro un poco cansado y quisiers dormir... J EANDRO. ¿Pero no va á yantar el señorito? EDMUNDO. -No, no tengo ganas. Has preparadt mi cama, ¿no es cierto? Pues vamos allá. LEANDRO. -Lo que el señorito disponga... Perc eso de acostarse sin probar bocado... Venga usted verá si he preparado á su gusto la cama... En k sala grande la he puesto... Como todavía no hace frío... (Cruzan tres habitaciones destartaladas del viejo caserón y llegan adonde se halla instalada la cama. Es otra estancia grande, de alta techumbre, suela de