Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
raba, que es lo que suele ocurrimos á todos. Ello fué. que, estando durmiendo, sintióse el tacaño morir, y aun creyó que había finado de veras, pues no de otro modo podría ser aquello de verse como se veía, atado de pies y manos por los dogales de sus culpas, ante un tribunal tan imponente como el formado por el señor San Pedro, asiendo las llaves de las puertas del cielo; el Arcángel San Miguel, balanza en mano, con el enemigo por peana, y no menos que el mismísimo Cristo Jesús entre ambos, como Presidente y Juez... Cuando la visión se aclaró, fijándose con resplandecientes rasgos ante los conturbados ojos del viejo verrugo, estaba en el usO de la palabra el propio Satanás, quien, guiñando picaro y complacido, y señalando al Brujo con rápido movimiento de cabeza, decía, encarándose con el glorioso Arcángel: -Me parece que éste es bien mío y que no tratarás de disputármelo. Costal de pecados más grande no se ha visto ni espero que se vea. Casi, casi, no tengo yo por donde cogerlo... Las lágrimas que por él se han derramado forman ríos; la sangre que por él se ha vertido, lagos; el sudor del prójimo que él ha chupado, mares. Sordo fué á la súplica, ciego ante la miseria, mudo para la compasión... Jamás la caridad anidó en su pecho; nunca el bien brotó de sus manos; en toda su vida no tuvo tm punto de conmiseración para nadie; para nadie ni para nada... Es bien mío, lo tomo, me lo llevo... Voy á dorarlo á fuego y después lo trataré por agua regia... Sudor de muerte, frío sudor de angustia horrible invadía el rostro del agonizante, que se veía ya á merced del demonio, quien sería muy capaz de cumplir en él lo prometido: forrarlo de oro; ¡el sueño de toda su vida... ¡Su ambición suprema... ¡El logro de todas sus aspiraciones... Pero... ¡dorado á fuego. horror de horrores, dorado á fuego, como él había oí do decir que se hacía con mármoles y jaspes, acariciado por la rabiosa llama del soplete, y disuelto después en agua regia, sin duda para volver á empezar de nuevo... Acaso una vez bien forradito de oro, le hicieran unos agujeros y lo sumergiesen en agua fuerte, como se hace con las alhajas huecas, y por ellos se precipitaría el ácido corrosivo, royéndolo, devorándolo, dejando de él sólo la cascarilla... comiéndole las carnes primero, las entrañas después, los huesos más tarde... entre bur- bujas verdosas, rodeadas de rojizos vapores pesados... lo mismo que hacía él con las dobhllas falsas... ¡qué horror... Y cuando ya el diablo alargaba hacia él sus garras triunfadoras... en un momento de hondo dolor y de salvadora esperanza, elevó los ojos hasta el Supremo Juez, y exclamó conmovido: -Señor misericordioso: ¡Un instante... Córtasele el aliento... Creyó haber pedido demasiado, sin ofrecer nada, y empujado por la costumbre, por su eterna costumbre de no dar nada gratis, continuó, rectificando: ¡Un instante, Señor. por lo que sea... Y seguro ya, pues lo pagaba, de ser escuchado, añadió: ¡El diablo miente, Señor; el diablo miente! Yo he sentido la compasión una vez en mi vida... No es mucho, ya lo veo, pobre de mí; pero ha sido una vez, y si ha sido una vez, no ha sido nunca, como dice el demonio... Yo he tenido una vez piedad de un pobre ser indefenso... He tenido conmiseración de un gato, señor; de un gatillo... Bien querría yo ahora que se hubiese tratado de un elefante; pero no era más que un gato, esmirriado, feo, á quien iba á arrojar á la calle, y á quien asilé en mi casa... Con él compartí mi comida, Señor, y hasta lo acaricié sobre mi halda... y por las mañanas le ponía agua limpia en una escudilla... i Aquí está él, señor, que no me dejará mentir... Y el gato, cual si lo entendiera, comenzó á runrunear junto al moribundo, dándole topaditas, hasta que éste abrió los ojos, mientras la visión se esfumaba. Y aprovechando un instante- -quizá el instante pedido- -tuvo tiempo, antes de expirar, para descargar sobre su pecho el cerrado puño, murmurando: ¡Pésame, Dios mío... de todo corazón... de haberos ofendido... Y como la Justicia, echando las puertas abajo, halló al Brujo cadáver, y al demonio- -quiero decir al gato- -maullando desesperadamente, colocado sobre el pecho del difunto, con el lomo hecho un arco, erizados los bigotes, brillantes los ojos y con los pelos de punta... pues claro está como el agua clara que era verdad lo de ser el gato el mismísimo demonio... aunque alguno de ustedes, por llevarme la contraria, dé en la flor de decir que, en vez del diablo, era aquel minino Dios sabe qué... ¡Lo menos, lo menos, algún ángel guardián... VICENTE DIEZ DE TEJADA. Dibujo de Méndez Bringa. -3 4 S 6 7 8-