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bufidos, maullidos y demás gorgoritos gatunos. -B u e n o esto es que pretende usted embromarnos... Esto es que deseo proporcionarles u n ratito de distracción; y, acaso, acaso, dejarles materia para meditar otro rato. -P u e s somos todo oídos. Principie usted. -Comienzo. E r a yo muy pequeño cuando vi al demonio. Y lo vi, no una sola vez, auncjue no eran muchas las ocasiones en que él se dejaba echar la vista encima. Lo vi sentado en el menudo alféizar de una alta ventana, provista de fuerte reja de hierro, por cuyos huecos podía él escasamente sacar su redonda cabeza, deslizando tras ella su flexible cuerpo de felino, ondulante, elástico, cartilaginoso... Y como lo miré con gran detención, hija más bien del espanto que de la curiosidad, pude ver entonces, y asegurar hoy, cjue tenía cara de gato, y no sólo cara, sino toda la cabeza, cuello, tronco y extremidades, sin olvidar la caudal, larga, peluda, lustrosa... y negra, como todo su cuerpo. Miraba desde lo alto de su atalaya con aterradora fijeza, y de sus relucientes ojos redondos brotaban como dos puñales dos rayos de luz amarillenta, fosforecente, ciue herían, ciue fascinaban. P o r la noche denunciábanlo en su alto minarete los resplandores rutilantes de ac uellos ojos brujos, y- -esto si ciue lo vi yo, como ahora los estoy viendo á ustedes- -al deslizarse por entre los hierros de la reja, frotando contra ellos su piel lustrosa y fina, su cuerpo todo se incendiaba, y ima aureola de fuegos infernales, un nimbo de hispas envolvía al diabólico animal... Cerrada á piedra y lodo estaba la casa del diai) lo sin más rescjuicio abierto al exterior cjue aquel alto ventanuco enrejado, pues todas sus ventanas y balcones estaban desde tiempo inmemorial enmaderados por dentro, seguramente bien apuntalados con trancas y barrotes, y mostrando por fuera las polvorientas y carcomidas vidrieras, en las que n o ciucdalia un cristal ni para un remedio, hechos añicos por la chiquillería, á puros cantazos, con las piedras que aún dormían sobre el saliente de balcones y antepechos, formando montones, por entre los cuales brotaba la hierba, florecían los rojos dragones de la digital y reptaban las 15I andas y ágiles salamanquesas... Esta casa del diablo, además de serlo del diablo, lo era también de don Roc ue, de quien ignoro el apellido y recuerdo el remoquete: de don Roque el Brujo, más conocido que la ruda y más temido que un pedrisco. El caballo de Atila, á su lado, era la Semeuse, pues si donde aquél ponía el duro casco no volvía á brotar la hierba, donde éste posaba sus garras, no quedaba tierra que á nuevos brotes diera pretexto. Don Roque el Brujo era un avaro, un usurero para quien los dictados de verrugo, tacaño, sórdido, mísero, ruin y demás pimpollos de tan exultante florilegio carecían de significación; pues todos ellos juntos no se acercaban á expresar ni sombra de lo que realmente él era. Yo sé que, además, era alquimista, hermético de artes sobrehumanas, que había logrado emular- -aunque por otros procedimientos- -á L Ull, el inmortal, á quien conocemos por Raimundo Lulio, bonito nombre de armónico dejillo cesáreo. Como el sabio polígrafo mallorquín, don Roque había logrado descubrir la piedra filosofal, llegando á obtener oro puro, oro purísimo- -jy hasta acuñado! -en la cual simple materia transformaba él. con sus diabólicas artes, substancias tan viles como gotas de sudor, r a u d a l o de lágrimas, coágulos de sangre, jirones de honra... y otras bagatelas por el estilo... Decir c ue don Roque era Juan Palomo en lo de guisarse y comerse los escasos condumios de su pitanza, está por d e m á s sobre todo, si antes de ello digo que en su casa no entraba anima viviente fuera de la suya, si no era cierto del todo lo de ser él u n desalmado, según aseguraba la voz del pueblo. E n la casa del diablo no entraban ni las ratas, pues si alguna de ellas, torpe ó poco avisada, se atrevía á hacerlo, presto sucumbía consumida por el hambre, ó sorbida por alguna de las innumerables trampas y ratoneras esparcidas por el inmueble, donde una tras otra fueron cayendo las que, incc. utas, se aventuraron en tan infructuosas incursiones, ignorantes de c ¡ue en toda la casa no hallaría, no digo ya un mur, pero ni una hormiga, con c ué poder preparar un modesto tente en pie en horas de desmayo. Y si allí, como digo, no entraban id las ratas, figúrense ustedes si sería tarea fácil la de penetrar quien ni aun rata fuese en aquel castillo roquero, donde el mismo viento se detenía á la puerta, si no por no poder entrar, por no tener luego por dónde salir. Pues, sin emliargo, el demonio, c uizá para estar siempre cerca de su ya segura presa, encontró medio de penetrar y hasta de permanecer en la casa, para lo cual se transformó en un casi recién nacido gatillo, que enire las ortigas del corral- -cercado de altos muros coronados de vidrios hincados en la argamasa- -aparecióse un día á don Roque el Brujo, maullando lastimeramente. Burla de la chic uillería del pueblo juzgólo el viejo avaro, acostumbrado ya á recibir tal clase de obsequios arrojados desde la calle, y nO paró en ello mientes, como si de un inanimado pedrusco se tratara. Pero el demonio del gato... -E l gato del demonio, ó el gato- demonio, querrá usted decir: hay c ue hablar con propiedad. -Tiene usted razón: el gato- demonio armaba tal algarabía con sus lamentos, cj ue no más cj ac para c ue con ellos no le aguase la noche, determinó el usurero deshacerse de él, devolviendo la pelota, como otras veces, ior donde mismo creía él que había venido. ¡Sí, sí! ¡Bueno es el diablo para desprenderse de bóbilis bóbilis de lo que él ha señalado ya por suyo! Agarróse con sus uñas á la manga del viejo con fuerza tal, cjue preciso sería desgarrar la tela para soltar el gato, ó matar el gato para salvar la tela. Al mismo tiempo, el bichejo comenzó á maullar tan ridiculamente, amusgando, cerrando los rasgados ojillos, enderezando los cerdudos bigotes, que, sorprendido el viejo ante aquella caricatura de tigre de Bengala ó de pantera javanesa que lo miraba arrufando, con aires de perdonavidas, hízolo él con la suya del micho, lo perdonó compadecido, y acariciando al gatillo, lo metió en su casa. Y cátense ya al diablo, al mismísimo diablo, en el casón de don Roque el Brujo, p a r a murmuración de las gentes, espanto de los chiquillos y aspavientos de las viejas, que no pasaban por aquellos lugares sin hacer la señal de la cruz, renegando del malo. P u e s aconteció que, andando el tiempo, á don Roque el ruin llególe su última hora, y aunque ya era hora de que fuese la última, sorprendióle la visita de la Implacable cuando menos lo espe-