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de niños, seguido de, tómbola, cargado de juguetes, con un muñeco vestido de frac encarnado, una ruleta, un sable, una pelota y vanos sombreros de guardia civil. Los tranvías para San Sebastián no había medio de tomarlos, la gente los asaltaba y temiendo que se hiciera demasiado tarde, el preceptor de Paquito decidió subir al tranvía ascendente hacia Hernani, y donde encontrasen el que se dirigía á San Sebastián transbordar pi o el niño, con el tono autoritario y altivo que le era familiar, giitó: ¡A Portucho! -Ten presente- -observó el sacerdote- -que Portucho es un apeadero, y sería mejor seguir hasta la próxima estación. -He dicho á Portucho- -insistió Paco, y el preceptor repuso dulcemente alargando algunas monedas al cobrador: -E) os á Portucho. A los pocos minutos llegaron al apeadero. un sitio precioso, en medio del campo, rodeado de árboles y flores silvestres. Paquito, encantado de haber conseguido su deseo, por el solo hecho de imponer iu voluntad, dejó los juguetes en el suelo, colocó los sombreros de papel en las zarzas, y corriendo se internó entre unos hermosos maizales. -Ven aquí, no seas loco- -dijo don Juan José- mira que el tranvía vendrá en seguida, y si lo perdemos tendremos que esperar lo menos media hora, se hará de noche y, sobre todo, llegaremos tarde á casa. El chiquillo hizo un gesto que significaba tenemos tiempo desobra, y siguió su camino persiguiendo unos pollitos que huían asustados. No habría transcurrido un cuarto de hora cuando se oyó la bocina anunciando la llegada del tranvía. El preceptor empezó á llamar, dio palmadas, hizo señas con el pañuelo, y cuando Paco se dio cuenta y quiso retroceder vio pasar el coche á toda velocidad sin que sus gritos amenazadores tuvieran fuerza para detenerle. La noche había cerrado por completo, en el firmamento no se veía ni una estrella. Paquito sintió miedo, y en su veloz carrera tropezó con unas zarzas que se le figuraron ser las manos de un hombre cogiéndole por los tobillos. El pobre no se atrevió á pronunciar palabra, y se dejó caer creyendo que había llegado su última hora, Concluirá. -386- LA FRUTA DE CERCADO AJENO CONCLUSIÓN 13. Se para, al oír un ronquido, un espantable bandido. 14. Que con tacto y precaucióii aprovecha la ocasión. 15. Nota que el peso es brutal, pero eso es buena señal. 16. Hace esfuerzos sobréhumanog con los pies y con las manos. 17. En esto se oye un crujido... y... ¡zas! trabajo perdido. 18. Despiértase magullado, por su acción bien castigado. -891-