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cadáver del hombre; los médicos estuvieron de acuerpoco á poco fuese restableciendo la calma, y volvió do en la rareza del caso; la muerte se produjo por cada cual á su cuarto, atracando bien sus puertas, estrangulación; sin embargo, no presentaba la más pues la vieja no gozaba de ia menor simpatía en el pequeña señal de violencia. pueblo. Desde entonces está esa casa deshabitada, y corre Un hombre cansado, harapiento, harto de caminar, la leyenda de que el marido de la vieja escondió allí se hallaba tendido sobre un montón de escombros, un tesoro, que su espíritu custodia después de muerto. en un solar, frente á la ventana por donde saltó la vieja. Pasado largo rato, el hombre se levantó decidido como si tomara una súbita resolución debidamente meditada, y entró, por la ventana, en la casa que abandonara la vieja. Iba á robar. La ocasión era propicia para cometer su primer robo, im robo que lamentaba, pero al que le obligaba su situación, el frío que tenía, el hambre que padecía. Una vez dentro, receloso, sin atreverse á dar dos pasos en la obscuridad, permaneció inmóvil, hasta que de una manera maquinal ó cogido por unos brazos invisibles, se encontró otra vez en la calle. Luego, como si hubiera hecho un supremo esfuerzo de voluntad, por reflexión, volvió á entrar de nuevo. Ya procedió resueltamente. Llegó á la cocina; encontró, á tientas, una caja de cerillas, como si supiera dónde la vieja tenía costumbre de tenerlas; encendió una luz y luego buscó qué comer. Satisfecha la imperiosa necesidad, recorrió la casa, y en la colcha de la cama fué colocando las ropas y objetos que le parecieron de algi; p valor. Tiró el bulto por la ventana y saltó detrás; pero, una vez fuera debió de variar de idea, pues echó el bulto adentro delcuarto y entró nuevamente, sentándose en él á reflexionar: Todo aquello, indudoblemeníe, valía muy poco, y llevarlo, sin tener d ó n d e esconderlo, e r a delatarse, y, al fin y al cabo, cometer un robo por tan poca cosa, ¿valía la pena? Por otra parte, allí vivía una vieja. ¿N o tendría, p o r casualidad, dinero escondido en alguna media, en el colchón, en algún tiesto de la cocina... i i- S? Dióse, febril, á removerlo todo, á registrarlo todo. No le quedó cosa r 1 I por revisar. Inútilmente; ni un céntir mo, nada. Estaba en el dormitorio de la vieja y acababa de vaciar dos colchones- vellón por vellón. Abatido, cansado, se dejó caer sobre el montón de lana. La cama era de hierro, de esas anti I guas, de patas muy altas, y el hom JITÍ bre veía perfectamente cuanto había- debajo de ella. De pronto algo le llamó la atención, acercó la luz y vio unas baldosas que parecían arrancadas recientemente por alguien que pretendió escarbar en aquel sitio con un cuchillo de cocina que allí estaba tirado, al lado de un pedazo de vela. Pensó que algo había; pero no bien cogió el cuchillo con intención de seguir la tarea por otro empezada, los vecinos del pueblo fueron nuevamente sorprendidos por el grito: ¡So... co... r r o ¡Me... ma... tan... como lo hizo en vida, y que á todo el que pretende toPero esta vez el espanto fué mayor, fué tan grande, carlo le ahoga. Nadie lo intenta. La gente huye de (pie nadie se movió; el terror los había paralizado La casa á. tesoro... a todos. Hacen bien; ¡hay tantas cosas por encima del diMuy entrado el día, llegó el Juzgado á levantar el nero... y ANGELES V I C E N T E Dibujos de Regidtr.