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iW íí- i, LA CASA DEL TESORO p r L día, ese día luminoso en que todas las escue las, todas las doctrinas se unieran, fundiéndose en una, y que, de esa unión, por haber agotado cada una de ellas su parte real, se desprendiera la verdad, la verdad, materialmente absoluta, que unos luchan por adquirir, otros creen poseer y todos ansian conocer, podría el hombre vanagloriarse de haber llegado al interior, á la medula de las cosas... Basta decir lo que antecede para comprender que aun lo más absurdo, lo que podría creerse maravilloso, está á cubierto de la risa, por tener algo que se asienta sobre la verdad. El doctor hizo una pausa. Todos los que atentos le escuchaban retrepáronse en los asientos para oír la historia ofrecida. Y el doctor continuó: -Hallábase la noche cercana á su promedio. Todo en la ciudad era calma. Las callejas, débilmente iluminadas por faroles, cuyas llamas temblaban en la sombra, aparecían solitarias, en silencio. Sólo de vez en vez interrumpíase éste por el campaneo desentonado de dos ó tres relojes, al que seguía el cantar enronquecido de los vigilantes nocturnos... Pasaban las horas, lentamente serenas; pero la serenidad de una rompióse en unos estridentes alaridos de una voz añosa. Primero percibíanse sus gritos apagadamente, como un quejido; luego, más claros, más precisos, más sonoros, con esa medrosa sonoridad de lo que cae en el silencio; eran demandadores de auxilio. ¡So... co... rro... ¡Ve... ci... nos! ¡Me... a... lio... g a i i! Daba la sensación de que brutalmente oprimieran su garganta, y que cada sílaba fuera pronunciada en el instante en que el asesino aflojase las manos, ya débiles por el esfuerzo hecho, para aferraría, para aprisionarla mejor. Las calles en calma, trocáronse animadas. Las casas, momentos antes á obscuras y en silencio, fueron iluminadas; por sus habitaciones comenzaron á discurrir los que ansiaban satisfacer su curiosidad ó llevar al ánimo tranquilidad, después del susto que aquellos gritos, en medio de la noche, les había dado. La causante de ellos fué una vieja que habitaba en una vivienda sombría, sita en uno de los extremos de la ciudad. Nadie llegaba á ella porque se la tenía un poco de miedo. Se decía que el espíritu de! marido rondaba la casa, con cuyo fantasma las madres asustaban á los chicos. Algunos ya, grandecitos, recordaban que allí había vivido un hombre de luengas barbas y de nariz afilada, judaica. Tenía una mirada torva, que esquivaba hacerla encontrar con ninguna otra. En su amplia frente, el arado de los años había abierto profundos surcos. Era de corta estatura é inclinaba su cuerpo, desmedrado y ruin, hacia la tierra, hacia esa tierra que le había de guardar. Todo en él era desagradable. Los niños le huían, porque nunca habíanle oído más que murmurar, y sus coetáneos se mostraban recelosos por las condiciones de su carácter irascible. Jamás tuvo un amigo, y pasó su vida miserablemente, aunque ganaba bastante dinero, el cual nadie supo dónde y cómo lo empleaba. Y entre las gentes contábanse ciertas historias, que, si á veces no se creían, siempre dejaban el ánimo suspenso... Así que oyéronse los gritos, las personas que caminaban hacia la casa atraídas por ellos, comenzaron á hacer cálculos sobre lo que hubiera podido ocurrir. En esto vióse que por la ventana, cuya falleba fué abierta con mano convulsa, saltaba la vieja, como si huyera de algo invisible que la perseguía. Convencidos de que no se trataba de un incendio,