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PSICOLOGÍA DE LOS JUEGOS- EL TUTE r o es una bagatela, ni un embeleco sin impor tanda. El tute, aunque á simple vista p Urezca una frivolidad y tal vez una cosa chabacana, tiene su historia, su filosofía y no se puede llegar á dominarlo con sólo pretenderlo. Para jugar al tute, hace falta, primeramente, fuera de toda otra condición secundaria, una, esencial, determinante. Hace falta ser bueno, bueno en el entresijo, en la medula. Los hombres perversos jugarán á la brisca, incisiva y pecaminosa; jugarán al monte, á la ruleta, al golfo. El tute, juego de honestidad viril, pertenece á las almas apacibles. No se puede, obrando en justicia, desconfiar de un hombre apasionado por el tute. Y después de ser bueno, hace falta vender madapolán, ser polizonte ó vivir consagrado al arte de la peluquería. Las efemérides de los grandes jugadores de tute, hállanse consagradas á estos hombres humildes y plácidos. Luego, el perfecto jugador de tute, podrá reunir otras condiciones de índole superficial, como tener sucias las manos, recia la voz y formidable el puño. El tute no se puede jugar, no se debe jugar nunca, para no desvirtuarlo, con naipes nuevos, integérrimos. Para jugar al tute los naipes deben estar abarquillados y mugrientos, y si fuera posible, ebrios en puro vino. ¿Ha concebido nadie acusar las cuarenta con un rey y un caballo que no tengan pringue? Por esto se hace forzoso que las gallardas manos del jugador hayan permanecido mucho tiempo sin ver el agua. Las manos de la señora de Mentenón, harían el ridículo arrastrando á copas. El tute no se puede jugar en silencio. No es juego de cautela, de sopor, como el ajedrez. Es un juego sonoro y convincente. Hay que arrojar las cartas con imperio, y hay que decir muy fuerte, sañudo y trágico: ¡Veinte en oros! ¡Arrastro! -Está prohibido cantar en un susurro, y sería vituperable arrastrar con exquisito desmayo, en una guisa versallesca. Por esto no están indicados para este juego las tiples, los asmáticos, los tímidos. El tute, finalmente, hay que jugarlo con estrépito. De vez en vez, conviene dar un gi- an puñetazo sobre la mesa, ya que no sobre los ojos del contrario si tiene infladas las velas de la fortuna. Por eso las damas en estado interesante y los vates modernistas no juegan al tute. Es un juego viril y candoroso, que puebla porterías y trastiendas, que tiene los domingos por la tarde un glorioso reinado, que vivifica el alma y el corazón. Los hay de varias castas: el habanero, el vulgar, el arrastrado. El habanero y el vulgar tienen escasa consistencia, y sólo viven para los aburridos y para los holgazanes. Donde hay que buscar el tute en todo su brío y en toda su grandeza, es en el arrastrado. El tute arrastrado pertenece á las cosas inefables, en las que reconocemos la inteligencia, la perspicacia, el sibaritismo de los hombres. La emoción de recoger las cartas, el placer de reunirías, el instante orgulloso de salir arrastrando, es obra de maravilla. Fallar ases y freses, no tiene precedentes en la historia de la felicidad. Quitar unas veinte, cantarlas, salirse, cobrar unas monedas grasicntas, echar un trago de vino, ir barajando lento, fruido, con delectación... Necesitaríais tener el. alma muy buena, y saber en qué consiste yacer siete días vendiendo madapolán, para columbrar siquiera estos encantos. Es el tute un recio juego español de rancia estirpe. Nuestros abuelos ya lo jugaban. Está loado en la novela clásica y en el risueño y preclaro saínete. Asistió gregüescos. Es amigo del morapio, feliz compañero de la gran risotada jovial. Mientras en el viejo solar español se juegue al tute, habrá puños capaces de ir á la guerra, y habrá, en las tardes lentas, despaciosas y tristes de invierno, unos hogares pobres que rían... LUIS ANTÓN DEL OLMET. Dibttjo de Jaaa Francés.