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-A reponerse de fondos; ¿eRj dbri Juáñíü? A carenar el barco, ¿eh, tunante... Ya sabe que si algo se le ofrece aquí estoy para servirle... -Gracias. No me haces falta- -contestó Valdés en tono seco, con dignidad de hidalgo antiguo. -Pues yo- -dijo el tahúr- -aquí voy con la rapaza á ver á mi tío Falín, que está algo malucho del hígado y quiere que lo cuide Rosina... El anuncio de la belleza joven, que tantas veces había oído ensalzar á los compañeros de juego, dulcificó un poco la dura exptesión del, semblante de Valdés. -i A h! ¿Vienes con tu hija? ¿Y dónde la has dejado... -Aquí está, en la sala de espera, arrecid- a de frío 13. probitina... Pasaron á la sala de espera. Allá: en un rincón arrebujada en una toquilla blancáy, estaba la flor de la maravilla, una monada de nena, con dos ojos grandes y dormidos de voluptuosidad, dos ojos que parecían estar siempre diciendo ternuras. Ojos nacidor para amar y que no habían encontrado aún objete digno de amor en qué posarse. El viaje pasó soñoliento para Santianes, divertidt para don Juan y entre emocionante y sorprendentt para la niña, que oyó de labios del calavera machucho lisonjas y melosidades jamás escuchadas de lo; galanes vanistorios de la población. Puede decirse que quedaron novios desde aquel día, pues que doi Juan soltóle el pavo á escopetazo limpio, aprovechando un cabeceo del padre, y la muchacha oyóle con agrado, sin poner el semblante compungido. En sucesivos días don Juan frecuentó los aledaños de la calle del Convento, porque hasta ella no osaba escurrirse, de miedo de que le motejasen de vejete, libidinoso las locuaces comadres de la población. Tardó en verla y hablarla cosa de des semanas, ne tanto porque la chica se mostrase reacia á dejarse ver, como porque apenas salía de casa y no podían hacerse los encontradizos. La madre teníala reclusa en la vivienda como en dura cárcel ó en harén donde el a fuese sultana sin dueño conocido. Conviene advertir que si la moza no hacía ascos á don Juan, verdad es que ignoraba ai condición de casado y con ou. igaciones. Y en cuanto á su físico maltrecho, bien fuese porque el amor (ó dígase mejor, la creciente simpatía hacia don Juan) pusiera una venda en sus ojos, bien fuese porque como no había conocido así de cerca otro hombre alguno le faltase medida de comparación, ello es que aquella Rosita galana ponía buena cara á aquel hombre oue le doblaba la edad. Dígase también que don Juan hallábase bien conservado de tipo, aunque su rostro estuviese algo marchito por los excesos y por el noctambulismo. Encontráronse, por fin, una noche, cuando el tiempo iba mejorando, en el Campo de San Benito. Don Juan no solía asistir al paseo público porque desdeñaba aquella forma infantil é inocente de diversión; pero aquella noche acudió animado por la benignidad de la temperatura y presagiendo un feliz encuentro. Su arrogante apostura movíase rítmicamente entre los árboles del paseo. La banda municipal tocaba la Marche indienne, de Selenick, una melodía soñolienta y asiáticamente sensual, que ha arrullado. los ensueños de muchas vírgenes provincianas. Don Juan encontróse con sus sobrinitas, tres loquillas, hijas de su hermano Manolo, que traían sublevado á todo el preparatorio de Leyes. AI punto en que daban la primera vuelta, avistóse con Rosita, á quien no supo á mieles el verlo con aquellos pimpollos, á juzgar por la cara de juez que puso. Don Juan, acostumbrado sólo al trato de mujeres fáciles, creyóse que aquella retrechera muchacha era pan comido como él decía con soez lenguaje de Umiba, y por lo que pudiera tronar, entrevistóse con una vieja berrionda, añeja amiga suya y tercera de sus infames amores antiguos. Vanas fueron las pesquisas de la dueña de largas tocas reverendas (que Mateo Alemán hubiera llamado ministro de Satanás) porque no pudieron vencer la inexpugnable fortaleza de Rosina. En esto cayó enferma la mujer de don Juan Valdés, harto debilitada, más que por los años, por los achaques y disgustos que su marido le proporcionara. La enfermedad cobijóse en organismo tan endeble y empobrecido, que dio cabo cíe él en el término de quince días escasos. Una aureola de mártir circundaba el semblante de la pobre esposa cuando se hallaba en la agonía. Murió una tarde en que el sol reía sobre los pomares en flor de la huerta. Don Juan, que al fin no era hombre de malas entrañas ni criminales instintos, sino solamente descuidado y, frivolo en su vida, lloró de verdad la muerte de su esposa; más consolóse pronto, que achaque es de viejos libertinos tener el corazón tan gastado que en él no haga mella golpe alguno, por recio que sea. La muerte de la pobre mártir, á quien había amenguado la vida y esquilmado la hacienda, favoreció los planes de don Juan Valdés con respecto á Rosina, á quien dejó de ver en tres meses y de c uien se acordaba cada vez con más ahinco. En el interior de su corazón levantó un altar á su esposa, que santo gozo hubiera, mas no creía que el culto le obligase á guardar fidelidad á su memoria. Llegó á oídos de Rosina que su galán había enviudado, y en vez de disminuir acreció su amor con esta noticia, no reparando en el engaño que le había hecho, vencida su alma por el orgullito, innato en toda moza algo pagada de sí misma, de conquistar á aquel hombre corrido y baqueteado, pero que ahora venía humildemente á rendirse á sus pies. Nada enaltece tanto la figura de un hombre, aun á los ojos de la más púdica y recatada doncella, como el saber d e muchas conquistas suyas, averiguadas y difundidas por la fama á todos los puntos del orbe, aunque este orbe sea la demarcación de un partido judicial. Entre los amargos ratos pasados á raíz de la muerte de su esposa, y el continuo desasosiego en que le traía la conquista de Rosina, don Juan apenas tenía tiempo de pensar en su antigua y dominante pasión: el juego. El amor le había apartado del tapete verde. Los tahúres y compañeros de maldad que llamamos jugadores, achacaban la retirada, por cierto bien honrosa, de don Juan á la viudez inesperada y confiaban en verle por allí nuevamente apenas pasados los primeros meses de luto. Mas, grande fué la sorpresa de todos los martirizadores de la oreja de Jorge cuando oyeron una noche, anunciada por el jefe de la timba, le peregrina y estupenda noticia de que don Juan había estado aquella tarde en su casa á pedirle la mano de su hij. a y concertar el casamiento pasados los seis meses primeros de ritual y riguroso luto. Así era en efecto. Don Juan, correctamente enlevitado, más noble y erguido en su traje negro, con un interesante aire de viudo aún en estado de merecer, habíase personado en casa de Ramón Santianes á cumplir una honrosa misión. -IVÍira, Ramón, tu hija y yo nos queremos desde hace tiempo, desde aquel inolvidable viaje á Fabricia, en qué tú cabeceaste con tan oportuna frecuencia... Yo ya no soy un chiquillo loco é inexperto para andar con rodeos y tapujos; yo vengo aquí con el mejor de los fines, y es preciso qué tú me ayudes en la empresa. Tu hija será mi esposa en Diciembre, velis nolis, apenas se hayan cubierto las apariencias con el mundo... Hoy, cuando subas al café, me despides de to- dos mis compañeros de perdición, les convidas á unas botellas de sidra en mi nombre, y haces una postura de veinte duros á un rey... Si las cartas vienen bien dadas, la ganancia se destinará á los gastos del bautizo del primer rorro... Y tú, Rosina, mujer, levanta esos ojos y no te ruborices... ANDRÉS GONZÁLEZ- BLANCO. Dibujo de Méndez Bringau 4 5 678-