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den cargados con sus paquetes, después de haber pasao o por la cantina á tomar la parva; luego llegaban los ordinarios que llevan los recados á los pueblos; y por fin, allá de semiana en semana, solia aparecer, digno y estirado, con los segundos contadísimos para la salida del tren, el muy noble conocido señor don Juan Valdés Granda, afamado jugador, prez de la ciudad de los Obispos. Popular hasta la saciedad era don Juan Valdés en Ablanedo. Habíase criado en el palacio de Tremielg a, como oriundo de la más linajuda prosapia cantábrica casó con una acaudalada señora de la familia de los Llano- Ponte, y había puesto todo su empeño en dilapidar la inmensa dote que acarreó su esposa al matrimonio. Era serio, correcto y digno, com. o un hijo de la rubia Albión; jamás pronunciaba una palabra más alta que otra; todas las tardes se le veía por el campo de San Benito con su imperturbable semblante Je hombre frío, fumando ávidamente un CabañalCarvajal ó un Vuelta Abajo. El cigarro puro constituía un apéndice de la personalidad de don Juan; ligo adherido ó, más bien, inherente á él. Los anillos, reliquias de la antigua opulencia, refulgían en sus falanges cuando sacudía con su íitdice la recia y blan uecina ceniza del cigarro. Los vecinos de la ciudad mostraban á don Juan Valdés á los forasteros como les mostraban la cateIral, ó el monasterio de San Pelayo, ó el parque del 3o mbé. Verdaderamente don Juan Valdés era un nonumento público. Levantábase tarde, comía con morosa delectación le gastrónomo, generalmente en un hotel del cenro- -allí donde se apiñan los turistas en babeliana onfusión de idiomas- -porque le enojaba la comida asera; y luego de tomar su café con copa de coñac n el café de Méndez Núñez, recorría á grandes pasos el Campo de San Benito de cuatro á cinco, cuando ya en las tardes de invierno tramontaba el sol. Las gentes sensatas le tenían por un libertino; sus compañeros de libertinaje, por un excéntrico. Cuando, con su enorme cigarro y su bastón á la espalda discurría por las avenidas sombrosas del Campo de San Benito, más parecía un antiguo filósofo peripatético, que un moderno epicúreo práctico. En el fondo, don Juan era un redomado egoísta, incapaz (de conm. overse por nada ni por nadie. Procuraba pasar la vida lo más amenamente posible y lo iba consiguiendo, aunque, á última hora, el capital de la esposa, mermado por grandes despilfarres, ya estaba en los estertores d é l a agonía. Los predios rústicos íbanse hipotecando poco á poco; las fincas urbanas vendíanse en el mínimo de 3 u valor; las joyas de la mujer eran agarradas por ávidas manos de usureros. Todo aquel rio de plata iba á fluir sobre la mesa de verde tapete del Casino de Ablanedo. Porque don Juan Valdés era un jugador empedernido, de los que sacrifican al juego mujer, hijos, reputación, hacienda. Las timbas de la ciudad eran pocas y mal avenidas. El que era socio del Casino, no podía jugar en el Círculo de la Unión Mercantil; y el que pertenecía á este círculo vicioso, formado en su mayoría por zafios y grotescos indianos, de foscos bigotes y tez cetrina, no tenía cabida en el ambiguo entresuelo del café de Méndez Núñez, donde se congregaba la hez del libertinaje provinciano. Este era un garito de los ue no frecuentan las personas honorables, un antro infecto, poblado por chulos y ventajistas. Pues don Juan Valdés tenía tan suprema habilidad y tal mundología, que se las arreglaba para entrar en los tres templos, sin que en ninguno de ellos se le mirase mal, sino muy complacidamente. En uno de ellos- -en el café de Méndez Núñez- -trabó especial amistad con el jefe de los croupiers de la sala. Era un hombre de unos cuarenta años, esbelto, moreno, atezado, con unos grandes ojos árabes y una florida barba asiría. Se había jugado varias veces la vida por defender los intereses de la casa, y agradecidos los amos á su espíritu de abnegación, le habían c- nfiado la custodia de los tahúres subalternos, y hasta le habían dado una participación en el negocio. Era bravucón y pendenciero; los ventajistas del Campo de los Coríos, que, en los primeros tiempos de la fundación de la Hmha, acudían allí á levantar muertos, habían acabado por humfllársele y rendirle vasallaje. Su fama de matachín y bravo se había acrecentado á tal punto, que hasta los mozos de las aldeas cercanas hablaban de él con pavura y respeto en las tertulias de los chigres. Ramón Santianes, que así se llamaba el primate de los tahúres de Ablanedo, tenía una hija de diez y ocho abriles, linda como una flor. Ramón hablase casado muy joven- -apenas entrado en quintas- -con una rapaza de Quintueles, aldeanuca bien acomodada, con grandes praderías y campos de maíz por dote. A estos bienes aaquiridos, reunía prendas naturales de las que el Criador otorga; era rubia como las candelas, coloradina y fresca como las manzanas del Paraíso. La hija fundió en sí las cualidades de ambos genitores; pues si era recia y colorada como la madre, tenía los ojos negros y la tez morena del padre, que contribuían á agraciarla. Un leve bozo sobre los labios daba á su belleza un sabor picante, agridulce, que atormentaba y encantaba á la par, como el sabor que tienen las uvas en ayunas. Resina Santianes salía poco de casa; apenas si se la veía por el paseo del Bombé en algunas benignas noches de verano- -jueves y domingos- -cuando tocaba la banda municipal. Pocos eran los mozos solteros de la ciudad que la conocían, y sólo había cundido la fama de su belleza entre algunos estudiantinos de la Universidad que la habían seguido cualquiera de esas estivales noches hasta su casa, en la misérrima y angosta calle del Convento. Iba vestida muy modestamente; la acompañaba siempre su madre. En Ablanedo, las niñas así, que visten con trajes humildes, que no anuncian dote, tienen poco partido sino se dan á la vida de liviandad Las trazas de Rosita no indicaban trapicheo alguno, y de ahí que hubiese llegado á los diez y ocho años sin que su belleza hubiese suscitado tempestades de amoríos y rivalidades. Solamente había asomado la cabeza poi la angosta calle algún tímido pretendiente que, desanimado por el poco aprecio que hacía la chica de sus miradas aviesas, acababa por retirarse á los pocos días. Don Juan Valdés conoció á Rosita una de esas mañanas fatales para él, una de esas mañanas en que tomaba el tren de las seis con dirección á Fa bricia. Los compañeros de libertinaje de don Juai sabían ya de antiguo que esas mañanas en que al salir del Casino no iba á dormir á su casa, sino que se encaminaba á la estación, eran mañanas siniestra; y terribles, mañanas en que había quedado desplumado y sin blanca. La aurora tenía para él en aquellas mañanas un tinte violáceo y sombrío, semejante al paño morado que cubre los altares en la Semana Santa. Una de estas mañanas en que iba á visitar al administrador de sus haciendas de Terina, paseaba á lo largo del andén, como siempre, sombrío, ceñudo, pero impertérrito; correctísimo en su traje estirado de corte inglés, con su enorme habano en la boca, majestuoso y solemne á pesar del semblante marchito y de las ojeras delatoras de la noche en vela. De súbito interrumpió su paseo un manotazo brusco en la espalda, y volviendo atrás la cabeza, encontróse con Ramón Santianes que le saludaba efusivamente con su ruidosa franqueza de aldeano injerto en señorito. ¿Dónde se va, don Juanín? Don Juan apretó el habano entre los dientes. Este era el gesto habitual en él cuando algo le contrariaba. Porque fuera de la sala del crimen, le molestaljar; convivencias y tamiHaridades con estos ruines tipoí de humanidad degradada á un ínfimo nivel moral quí se apellidan tahúres. -Pues voy- -contestó displicente- -á Fabricia para avistarme con mi administrador...