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-Excelencia, en este país nadie sabe jugar al ajedrez- -Bueno, pues siéntate, que voy á enseñarte. El carcelero siguió tan atentamente la explicación que le hizo el príncipe, que en pocos días se convirtió en un ajedrecista formidable y á su vez fué enseñando á todos los convecinos el nuevo juego, con tal éxito, que en poco tiempo todos los habitantes de Halbertaedt eran unos maestros en el ajedrez. Esta especialidad fué transmitiéndose de padres á hijos, llegando á nuestros días en su mismo y curioso interés. En Halbertaedt no se dice nunca, por ejemplo: ¿Vamos á jugar al tresillo, ó al tute? Jamás. La invitación que se hace á todos cada vez que se trata de entretener las horas ociosas, es siempre la misma: ¿Jugamos una partida de ajedrez? Los mayores, los viejos especialmente, juegan fumando y bebiendo, sin cansarse nunca; los pequeños, claro es que ni fuman ni beben, pero juegan con aspecto tan grave, que no parece sino que están examinándose. En las escuelas de Halbertaedt, después de concluir el curso, se organizan certámenes y concursos de ajedrez. Y los padres cuidan de tal modo de conservar en sus hijos la tradición, que cuando éstos pierden el curso de ajedrez, los amonestan severamente, y en castigo, hasta les privan de las vacaciones estivales. UN PAÍS DE AJEDRECISTAS como en el mundo tienen fama los macarrones A silos jamones de Aviles, Halbertaedt es célebre y de Ñapóles y reputado por ser el país de los mejores jugadores. En la ciudad alemana, la pasión por el juego está, como suele decirse, en la sangre de aquella gente, y se remonta á los más pretéritos tiempos. Según una leyenda, al parecer no del todo inverosímil, en ima época remotísima, un cierto príncipe, llamado Gundulin, estuvo recluido prisionero en una torre del castillo de Halbertaedt. La prisión fué larga y el príncipe es lógico que se aburriera soberanamente, como cumplía á su estirpe real. Entonces recordó que tenía dos grandes elementos de distracción de que poder servirse: un juego de ajedrez y el carcelero. Dispuso el tablero, colocó las piezas é invitó al carcelero á jugar con él. El carcelero rehusó la partida propuesta, porque no sabía jugar al ajedrez. ¿Cómo? -exclamó el príncipe- ¿No conoces el juego? -No, señor, no lo conozco. ¿Y quién podrá entonces? -38 Q 381